martes, marzo 05, 2013

LAS LECCIONES DEL BIBLISTA MISIONERO JOSÉ DE ACOSTA, SECRETARIO DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO. Lección inaugural del Dr. P. Julio Murillo, en la inauguración del curso académico de la Redemptoris Mater, El Callao (Perú)

Les comparto cuatro instantáneas del solemne acto con motivo de la inauguración del curso académico de la Facultad de Teología "Redemptoris Mater" de el Callao. (1. P. Julio Murillo. 2. Mons. José Luis del Palacio-Mons. Lino Panizza, obispo de Carabayllo. 3. P. Antonio César, Rector, entregando los diplomas de bachiller, licenciado y doctor. 4. Público). 

Todo comenzó con la Misa en la Catedral del Callao presidida por el Excmo. Monseñor José Luis del Palacio, obispo del Callao y fundador de la Facultad Redemptoris Mater.

A continuación, tanto la Comunidad Universitaria como las autoridades civiles, militares y religiosas, se trasladó a los locales de la Facultad donde tuvo lugar la inauguración. 

 La Lectio inauguralis corrió a cargo del P. Julio Murillo López, Doctor en Teología y Rector del Seminario "Corazón de Cristo" El Callao, quien defendió precisamente su tesis doctoral el curso pasado sobre  "LA OBRA TEOLÓGICA "De Cristo Revelato" DEL P. JOSÉ DE ACOSTA"


 Acosta, fue uno de los más insignes y preparados intelectuales españoles que arribaron a aquellos territorios en el siglo XVI. Así describe R. Narváez  su figura:

innovador, un hombre en el que se reflejó el papel que cumplió la Compañía de Jesús en la reforma española, papel de respuesta espiritual y cultural a su tiempo. Abierto a los desarrollos científicos del siglo XVI y de espíritu realista, con sus conocimientos de Sagrada Escritura, de patrística, de la Escolástica, con su formación en la Escuela de Salamanca así como su amplia comprensión de los pueblos y tierras de América, realizó una construcción intelectual unitaria.[1].


Se caracteriza por estar profundamente enraizado en la tradición medieval cristiana. En consecuencia, desarrolla temas fundamentales que responden sobre todo a la necesidad de iluminar la situación del Nuevo Mundo.

1 La hermenéutica básica

Acosta tuvo el modo de entrar en contacto con el mundo interno de los indígenas buscando comprender las tradiciones y los principios, valorando todos los criterios desde una óptica que no fuese estrictamente occidental-europea. Este punto de vista «nuevo» le permite examinar con cuidado no tanto el ambiente y el contexto de pertenencia en cuanto tal, sino y sobre todo la particular relación que ello había madurado en la civilización precolombina.

Pero más allá de la compresión «iluminada» de un pueblo, está el significado fundamental de la tesis de Acosta que tiene una motivación pastoral bien definida para comprender de lleno el significado de las cosas, que son individuadas o expresadas en su propio idioma.

Por ello, se acerca a los indígenas comunicándose en su propia lengua; esto permitirá al indígena-converso aceptar y comprender mejor el Evangelio, así como también llevará a conocer las lenguas hasta entonces desconocidas por el natural, incluidos el latín, griego y hebreo[2]. Este criterio fue adoptado por el Tercer concilio Limense (1582-1583).

Lo que ha sostenido Acosta es que la Iglesia para comprender a sus mismos hijos debe emplear la lengua vernacular, para mayor utilidad y beneficio del pueblo[3]; hablar sus propias lenguas, y ofrecer con mayor facilidad la gracia de la conversión, la esperanza de la salvación, de liberación y hacer comprender el pleno significado de Cristo[4].

La evangelización, en su aspecto social no se limitó a la denuncia del pecado de los hombres. Ella suscitó también un amplio debate teológico-jurídico que, con Francisco de Victoria y la escuela de Salamanca, analizó a fondo los aspectos éticos de la conquista y de la colonización. Esto provocó la elaboración de leyes para tutelar los intereses de los indígenas e hizo posible el nacimiento de los principios del derecho internacional de los pueblos.

Acosta estuvo siempre en contacto directo con la población evangelizada pero antes tenía que procurarse e «inventar» métodos de catequesis que no existían, tuvo que crear las «escuelas de doctrinas», instruir niños y catequistas, para superar las barreras de la lengua[5]. Preparó libros de catecismo ilustrados que explicasen la fe, elaboró gramáticas y escribió vocabularios, usó como medios la palabra y el testimonio, las artes, la danza y la música, las representaciones escenográficas de la pasión de Jesucristo.

Esta labor supuso un conocimiento casi «perfecto» de las lenguas indígenas, un conocimiento profundo de su cultura en el campo etnológico e histórico, botánico y geográfico, biológico y astronómico; aptitudes que quedan desarrolladas en su obra  traducida a varios idiomas: «De Natura Novi Orbis».

El principio de la traducción a las lenguas nativas está en consonancia con el ideal ignaciano: La lengua es distinta, pero somos todos hombres libres e iguales, solo que «ellos» todavía no han tenido el don de la fe, por lo cual es necesario trabajar para darles a conocer[6].

Por lo tanto la lengua es un obstáculo que se puede superar codificándola, elaborando diccionarios, con la finalidad de continuar con el santo propósito de la evangelización y de la promoción humana de los indígenas.

La relación indios-misioneros permanece una relación biunívoca, no unívoca; es decir, no es sólo el misionero quien tiene que aprender el idioma indígena para comprenderlos sino que también el nativo debe hacer un intercambio cultural para tener la posibilidad de progresar no solo en la fe y en la moral sino también en la cultura y en la técnica.

Los indígenas a la llegada de los primeros misioneros se presentaron «salvajes» porque no sabían leer y escribir y por lo tanto no podían defenderse de los occidentales «invasores», pero pudieron integrarse con ellos poco a poco gracias a la riqueza espiritual y cultural que se transmitía.

 

Acosta buscó enseñar a esta gente a hablar la lengua nacional para poder defenderse con las palabras los hechos y las leyes, y no con la violencia.

Enseñando la doctrina cristiana, los misioneros jesuitas desarrollaron una importante obra de humanización y evangelización.

Es característico de los jesuitas de Ultramar que se considerasen misioneros sin excepción alguna; el aprendizaje de las lenguas indígenas era considerado como instrumento obligatorio de evangelización y de servicio apostólico:

 

Así, el aprendizaje de las lenguas quechua y aymara se convierten en instrumentos indispensables para la evangelización de los indígenas y medida del ímpetu misionero de la provincia y del fervor en el cumplimiento de la meta propia del instituto ignaciano[7].

1.1  La racionalidad en el pensamiento acostiano

Las obras que escribe Acosta están dirigidas para un público heterogéneo, mixto, es decir eclesiástico y laico.

La racionalidad se opone a la sensualidad, es decir al instinto que naturalmente llevaría lejos de la recta vía.

Este modo de pensar está en coherencia con el pensamiento de Ignacio de Loyola. En los ejercicios espirituales San Ignacio aconseja un drástico modo para dominar las pasiones, vale decir las «penitencias externas»[8], como la renuncia a las comidas superfluas, a la «superficialidad de cosas refinadas y recato en el dormir», y castigar la carne provocándole dolores sensibles, el cual significaba ponerse cilicio, cuerdas o cadenas sobre los miembros flagelándose o hiriéndole con diversos instrumentos.

 

La antropología de Acosta supera a la de los demás misioneros por la ventaja de haber vivido en el Nuevo Mundo, se considera «siervo de indios»[9].

Consciente de las limitaciones intelectuales de los indígenas, motivo de la dificultad para comprender la doctrina cristiana, sostiene que no se puede dar marcha atrás ni acobardarse con la evangelización, e insiste en la necesaria perseverancia. Lo importante es adoctrinarles «como conviene», así «se mostrarán obedientes y dispuestos a creer»[10]. Los indígenas tienen una facultad natural para aceptar la fe, por ello las nociones de la doctrina cristiana son acogidas. Para hacerlas eficaces en el tiempo, las catequesis deben ser de suma intensidad[11].

Advierte una cierta utilidad de la predicación fundada sobre el «miedo» de las catástrofes y del futuro inmediato[12]; mas era también verdad que el temor de Dios no debía ser el componente primario, porque de este modo no se habría desarrollado la fe en la gratuidad de la salvación.

La obra de Acosta está basada no sólo en la Sagrada Escritura y en los Padres de la Iglesia, sino también necesariamente en su propia experiencia[13].

Considera que la predicación kerigmática es el primer momento de la evangelización, esa es la misión de la Iglesia[14]. Para el evangelizador es importante conocer a quienes está dirigida esta palabra de salvación[15].

Para Acosta, los Apóstoles han sido los que han marcado el camino a seguir en el anuncio del kerigma, actualizando el A.T. en el N.T:

Se debe seguir el modelo apostólico; vivir y mostrar una coherencia de vida en ambas partes, es decir del que evangeliza y del que es evangelizado; en cuanto al segundo cuando es generado por el primero; asumiendo y afrontando los diferentes obstáculos:

Acosta encuentra analogías y diferencias entre las empresas apostólicas y aquellas de los misioneros en América. Le toca re-proponer la esperanza en Dios «qui dat verbum evangelizantibus virtute multa» (Sal 67,12). La «palabra», es el instrumento de comunicación por excelencia adecuado a la «predicación de choque», es decir, al encuentro de dos civilizaciones muy diferenciadas. Esta es una actividad distinta de la especulación teológica al que se pone a su servicio.

La fuente teórica de la predicación kerigmática puede ser individuada en la teología del kerigma[16], que pone en consideración il ministerium verbi y sobre todo su primer momento -el anuncio- a la luz de la revelación[17]. Así Acosta manifiesta que Cristo es la revelación plena de Dios en la historia de la salvación:

Esta rama de la teología busca sobre todo en la Sagrada Escritura los elementos vitales que le permiten saborear y clarificar la naturaleza, la propiedad, la función de la predicación del Evangelio en la economía de la salvación.

El evento Cristo engloba de esta manera las expectativas antropológicas en todos los continentes[18]; los agentes evangelizadores son precedidos en su tarea[19].CEAM/APARECIDA.

1.2  Pedagogía de la fe

Desde sus inicios, la Iglesia en su misión evangelizadora[20], procuró que la fe cristiana eleve todas las dimensiones de la vida en quienes aceptaban el Evangelio de Jesucristo[21].

Anunciar el evangelio era para Acosta un bien que esperaban conocer los nativos, y la naturaleza de la Iglesia es precisamente dar a conocer a Jesucristo, suprema y única meta de enseñanza de la Iglesia:

Todas las acciones evangelizadoras que se realizaron en el Nuevo Mundo[22] estuvieron destinadas a conducir a los nativos a acogerse a la caridad de Cristo que libra al hombre de todo mal:

A través de la dignificación del indígena, la evangelización de la cultura, las obras de misericordia y la promoción social, la Iglesia fundante proclamó el Reino de Dios y lo implantó entre los indígenas[23].

En obediencia y fidelidad a la Bula Sublimis Deus del Papa Pablo III, quien declaró a los indios como nuevos y verdaderos destinatarios de la revelación, la Compañía de Jesús y todos sus integrantes procedieron con esta tarea: teniendo en cuenta además que la implantación de este precepto resultaría difícil en la América recién descubierta, por la enorme diferencia geográfica, cultural, lingüística, etc. con respecto a la europea: « […] pese al criterio adverso basado en las diferencias de nivel y de grado entre la civilización y cultura cristianas y las de los países recientemente descubiertos»[24].

 

Acosta consideraba que era posible la transformación de la situación en Indias sirviéndose de la doctrina de Cristo, siempre y cuando ésta sea seguida auténticamente y con el ánimo de incorporar al mundo cristiano a los naturales[25].

El eje de su trabajo misionero se fundamenta en la comprensión eclesiológica con respecto a la universalidad de la salvación:

Pensamiento desarrollado en el libro quinto DPIS,: «todos los hombres están obligados por precepto a conocer los misterios que contiene el Credo»[26].

Estableció una pedagogía integral humanizante prevalentemente cristocéntrica: «en estos tres misterios de Cristo, de la Trinidad y de la Iglesia se contiene la suma de la fe cristiana»[27].

El conocimiento de Cristo y su mensaje es la mayor gloria de Dios para todos los hombres y la enseñanza consistirá por lo tanto en una instrucción seria en toda la doctrina cristiana[28].

 

El Papa Benedicto XVI también reafirma esta enseñanza:

El primer encargo es el de predicar: dar a los hombres la luz de la palabra, el mensaje de Jesús. Los Apóstoles son ante todo evangelistas: al igual que Jesús, anuncian el Reino de Dios y reúnen así a los hombres en la nueva familia de Dios. Pero el anuncio del Reino de Dios nunca es mera palabra, mera enseñanza. Es acontecimiento, del mismo modo que también Jesús es acontecimiento, Palabra de Dios en persona. Anunciándolo, llevan al encuentro con Él[29].

1.3  Humanismo teológico de Acosta

El humanismo cristiano ha sido una gran novedad absoluta, por su defensa de la dignidad intangible de cada persona humana.

Aunque los griegos introdujeron el tema de la dignidad del ciudadano, se las negaron a las mujeres, a los niños y a los extranjeros, y legitimaron la esclavitud. Los estoicos a pesar de haber reconocido la igualdad de todos los hombres, disminuyeron la dignidad del hombre porque no reconocieron la diferencia cualitativa respecto a los seres inferiores, negándole la libertad y la espiritualidad.

El cristianismo le ha conferido una dignidad y un valor inviolable e intangible a cada hombre, mujer, niño; ya que cada hombre es un ser individualmente querido por Dios y porque es imagen y semejanza de Dios, y está destinado a la comunión con Él[30].

Por eso históricamente solo la Iglesia ha introducido un verdadero humanismo[31], que tiene y conoce una antropología revelada en Cristo: «Dios verdadero, hombre verdadero»[32], por esta única razón tiene una cultura de promoción y respeto por cada hombre como valor único e irrenunciable. En las otras culturas existía la solidaridad familiar, tribal, nacionalista; pero la solidaridad hacia el otro no era universal. Sólo en el cristianismo se da una comunión entre los hombre fundada en la resurrección de Jesucristo[33].

Para el humanismo teológico del jesuita Acosta[34], el hombre era el sujeto principal en el proceso de salvación querida por Dios[35]:

El plan misional acostiano -expresa J.I. Saranyana- tenía ribetes humanistas, que conviene señalar. Partía de que la "rudeza de los bárbaros nacía no tanto de la naturaleza, cuanto de la falta de educación y de las malas costumbres" (DPIS, 1, 8). Por consiguiente, aunque "las costumbres de los indios –se refería evidentemente a los pobladores del Incario- fuesen desvergonzadas por dejarse llevar de la gula y de la lujuria sin control alguno y por la práctica, con increíble tenacidad, de la superstición" (DPIS, 1, 7.3), también para ellos había salvación si se les educaba[36].

Así, el nudo central de la confrontación, es transformar toda la colectividad que era un todo e impersonal, en una multitud de personas, con sus propias responsabilidades, un conjunto de personas que tienen derecho a la salvación.

El canon IV del concilio de Trento lo afirmaba claramente:

"Si alguno dijere que el libre albedrio del hombre, movido exitato por Dios, no coopera en nada asintiendo a Dios que le exita y llama para que se disponga y prepare para obtener la gracia de la justificación, y que no puede disentir, si quiere, sino que, como un ser inanime, nada absolutamente hace y se comporta de modo meramente pasivo, sea anatema"[37].

El primer paso a dar es el conocimiento de sí mismos, tomar conciencia de la propia libertad y responsabilidad. Por ello:

Acosta, al trasladar las ideas humanistas reformistas al plano de la problemática americana [...] sigue una línea de simpatía hacia el indígena americano y su cultura. Es convicción fundamental suya, que la americana es una sociedad con valores propios que no deben ser destruidos[38].

La toma de esta conciencia es típica de la mens jesuita[39], y es parte integrante del camino de la salvación, dimensión histórica de la economía de la salvación; esto por el hecho de que el Hijo de Dios, entrando en la historia del mundo, la asume y lo recapitula todo[40].

En otras palabras, la revelación cristiana no es a-temporal; el depositum fidei no es un «cofre cerrado» que contiene la verdad revelada para ser transmitido fielmente de una generación a otra y nada más[41].

La encarnación continúa y se cumple en la historia del mundo, a través de todas las épocas de la humanidad, a través de todas las culturas y las civilizaciones. Como se ha cumplido ya en la Escritura: «Quia quod testamentum vetus de Incarnatione nostri Redemptoris coepit prophetando promittere, hoc testamentum novum perfecte narrat expletum»[42].

En esto consiste la actualidad del pensamiento acostiano y creo que anticipa la Constitución Dogmática Lumen Gentium[43]. Parecería leer pues en ello la reciente constitución apostólica, cuando Acosta propone la necesidad de superar el «occidentalismo» en la Iglesia y de abrirse a la «inculturación»[44] para transformar el hombre y las culturas a la luz del Evangelio.

De aquí viene la necesidad del método del diálogo, del respeto de la libertad de conciencia y de la «buena fe» personal, sea respecto a las religiones no cristianas, como también a los no creyentes.

No existen dos historias distintas, una profana y la otra sagrada; existe una sola historia humana-divina, a la cual pertenece la salvación cristiana.

Para comprender este concepto es absolutamente necesario profundizar en el conocimiento[45] de las Sagradas Escrituras; ellas vienen a ser necesarias e indispensables para creer en sentido pleno. Es la consecuencia inmediata e imperativa expresada por el magisterio de la Iglesia, única autoridad en la interpretación auténtica de la Palabra divina[46]. Este conocimiento sirve también para reconocer algunas analogías entre los incas y los europeos como las que menciona la mitología inca acerca del diluvio[47] y la manifiesta en su libro Historia natural y moral de las Indias[48].

In questa provincia non si parla che del diluvio, senza che ci si possa definire se si tratti del diluvio universale di cui narrano le Sacre Scritture o di qualche inondazione particolare della regione abitata dagli Indiani. Per quanto mi riguarda", acebera Acosta,"sono del parere di coloro che pensano che i resti e le tracce di questo diluvio non sono quelli del diluvio di Noè, ma di un altro, come quello di cui parla Platone o ancora quello cantato dai poeti di Deucalione[49].

Acosta conoce bien el concepto de animismo impersonal de los indios, una especie de alma latente que lleva a estas poblaciones a no valorar la vida, típica de las poblaciones europeas, y como consecuencia ni siquiera tener el miedo a la muerte; que al contrario es visto, como un simple «desinterés» de cualquier «contenido».

Para los indios la «salvación» podría consistir en no ser más consciente de sí mismo, en la indiferencia de sí contra los fines universales; Acosta busca hacer comprender -al contrario- que de esta manera se construye el ego personal, aquel faber fortunae suae difícil de integrar en un contexto animista y universalista como el indígena[50].

Para los indios, al contrario, el «yo» se disocia de la armonía cósmica natural y por tanto conduce a verdaderos desastres cuando no viene considerado como el centro de la vida del universo. Todavía el «yo» es necesario para la vida cotidiana, puesto que de otro modo yo no podría ni siquiera hablar con otro si no tuviera conocimiento de mi cuerpo y de mi persona.

La propuesta mediadora de Acosta es no derruir el concepto de armonía cósmica, que también puede coincidir con la naturaleza creada por Dios; poniendo al Señor a la cabeza y dar mayor fuerza al hombre inserto en un contexto natural.

Por lo tanto, este punto es un logro para la comprensión del yo, más no un aniquilamiento del yo. Esto significa que el «yo» debe existir pero al mismo tiempo debe ser «relativizado».

La conversión parte por lo tanto de la persona que se conoce a sí misma.

Un estado de permanente conversión es la que propone Acosta: sea como tarea del misionero, que como un deber de todo hombre[51]. El instrumento indispensable será la Sagrada Escritura.

La sintonía de Acosta con aquella visión moral y concreta de la profecía antimilenarista, desarrollada en su libro "De temporibus novissimis", es completa. Él se muestra muy escéptico con quienes sostienen casi terminada la tarea de la difusión del Evangelio y ven en ella la inminente segunda venida de Cristo.

Porque de una parte todavía es desconocida la exacta extensión del Nuevo Mundo descubierto en el extenso océano que separa América de Asia, y la consistencia numérica de las poblaciones indígenas.

Por otra parte porque no basta el simple anuncio del Evangelio, sino es necesaria la interiorización y su enraizamiento y los frutos. Por lo tanto el problema no corresponde solo a la extensión territorial, cuanto a la profundidad del corazón del hombre.

El descubrimiento del Nuevo Mundo no debe llevar a la angustia y las precipitaciones misioneras con afanes triunfalistas poniendo en riesgo la persona como sujeto, sino debe resaltar la importancia antropológica como destino de la evangelización y la profundidad del corazón humano.

Ante esta enorme tarea y a la necesidad del trabajo práctico, toda especulación, todo cálculo visionario, están destinados a pasar a un segundo plano.

Conclusión.

 

La obra «De Christo Revelato» sirve esencialmente para catequizar acerca del concepto de salvación, y de su universalidad.

Base para todo este trabajo es fundamentalmente el conocimiento de la Sagrada Escritura[52]. Con ella se llega no sólo a conocer a Cristo Salvador sino también a aceptarlo.

Acosta parte reconociendo el estado de "ignorancia" en la que se encuentran los indígenas acerca de Jesucristo y en consecuencia de su propia salvación. Reconoce y aboga que los indios son capaces de conocerlo y aceptarlo como su Salvador.

Al estilo paulino indica por lo tanto la necesidad de evangelizar en todo momento. Comprendió que la difusión del Evangelio para las sociedades como la de los indígenas debería ser capaz de ser comprendida desde el «interior».

Por el anuncio del Evangelio el indio podía progresar y ser liberado de sus errores religiosos, de sus retrasos sociales y de sus insuficiencias políticas; salir del retraso cultural, ser promovido y reconocer su dignidad.

 

- El método principal que utilizó fue el diálogo, el contacto directo con la personas, con la población. Acosta empleaba la palabra y el testimonio, la predicación y la enseñanza universitaria; el arte, la danza la música, con las que hacía emerger la religiosidad innata para hacerla más profunda y se transforme en fe madura y en adhesión personal y comunitaria al Dios de Jesucristo. Es decir utilizaba una metodología unitaria que valoraba todo los aspectos del indígena sus tradiciones y costumbres.

 Utilizó según el P. Mario Grignani el "método afectivo" una especie de "Affici aliqua re" aquel acto inmediato de la inteligencia que se apega al objeto conocido.

En aquella época no tenemos en América el racionalismo implantado en Europa. Se podría decir por ello que se tiene una visión antropológica unitaria una armonía entre la razón, y la fe (cf. Fides et Ratio).

Con este método no se buscaba las adhesiones "sentimentalistas" afectivas de un momento, sabiendo que el Evangelio no es un intelectualismo o sentimentalismo.

El afecto es lo que inmediatamente con la inteligencia se apega al objeto conocido. Es la adhesión de un Pedro a Jesús. No existe un dualismo en el conocimiento, hay distinciones, es un acto único. Este acto es obra de la sabiduría del Espíritu Santo.

Si hubiese faltado este aspecto en esta metodología, Acosta hubiera sido acusado de naturalista. Es decir, la fe quedaría como un resultado de la acción humana más no como un don.

Este método por lo tanto es un método de conocimiento y tiene que ver con la fe y es imprescindible con cualquier hombre; en este caso "acomodado" al indígena que no estuvo influenciado además por ideologías de moda, llámese filosóficas y teológicas como en Europa, ni sufrió las consecuencias de las guerras religiosas entre cristianos. "Acomodado" ciertamente al indígena que tiene una naturalidad y una religiosidad que tiene que ser educada.

Benedicto XVI con ocasión del balance de la visita a Aparecida, corrobora esta visión. Al hablar de la relación entre fe y cultura, en sintonía con Pablo VI y Juan Pablo II, nos dice: "He querido retomarlo confirmando a la Iglesia que está en América Latina y el Caribe en el camino de una fe que se ha hecho y se hace historia vivida, piedad popular, arte, en diálogo con las ricas tradiciones precolombinas además de con las múltiples influencias europeas y de otros continentes"[53].

Continúa diciendo en la misma ocasión anunciando que "el Evangelio en el continente se ha transformado de este modo en el elemento clave de una síntesis dinámica que, con matices diversos según las naciones, expresa de todas formas la identidad de los pueblos latinoamericanos. Hoy, en la época de la globalización, esta identidad católica sigue presentándose como la respuesta más adecuada, a condición de que esté animada por una seria formación espiritual y por los principios de la doctrina social de la Iglesia"[54].

Se trata de evitar una visión antropológica dualista;  es decir, concebir que mientras que en Europa prevalece la razón y la lógica en América prevalece el "sentimentalismo" y el "afectivismo".

La fusión deseada entre el Evangelio y las culturas de los pueblos recién evangelizados suponía una gradualidad, un proceso, un catecumenado al modo de la Iglesia primitiva.

El sucesor de Pedro alienta a los demás sucesores de los apóstoles a "proseguir y reforzar el compromiso de la Nueva Evangelización, recuperar por doquier el estilo de la primitiva comunidad cristiana, descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles: asidua en la catequesis, en la vida sacramental y en la caridad operante"[55].

 



[1] R. Narváez Tosi, «El padre José de Acosta y los inicios de la evangelización en el Perú», 49-50.

[2] DCR, 2, 10: «Itaque ad sacram scripturam non minus sermonū quā rerum peritia adhibenda est . Pręcipiunt igitur sancti Patres earum linguarum, in quibus sancti libri nobis proditi sunt, nōtitiam plurimi fieri, quód ad exactam scientiam scripturarū conducat plurimum». Cf. DCR 2, 11. 14. 20.

[3] «Los intentos realizados para atender pastoralmente a los indígenas en sus lenguas, deben considerarse como muestras del cuidado que tuvo en la predicación, catequesis y preparación para la recepción de los sacramentos». J. Villegas, Aplicación del Concilio de Trento en Hispanoamérica, 88.

[4] SC 36; OGMR 12.

[5] Cf. M.M. Marzal, «Las catequesis en las misiones jesuíticas de la América colonial española», 113-149.

 

[6] Const. Ignacianas 304, tomado de J.M. García Lomas, Las Constituciones de la Compañía de Jesús: introducción y notas para su lectura, 167.

[7] Dada la importancia de los idiomas, Aquaviva juzga "que no conviene ocupar en gobierno, sino con urgente necesidad, a los que son buenas en lenguas y buenos operarios de indios" (MP III, 384). El centro principal para el aprendizaje del quechua y aymara fue la doctrina de Juli. Cf. F. Armas Medina, «Evolución histórica de las doctrinas de indios», 101-129.

[8] "Se hacen sobre todo por tres fines: el primero para reparar los pecados del pasado; el segundo para vencerse así mismo, o sea para que la sensualidad obedezca a la razón y todas las partes inferiores se sometan a las partes superiores; el tercero para buscar y obtener cualquier gracia o don que se quiere o se desea", Cf. P. Cebollada, Diccionario de espiritualidad Ignaciana, II, 1558.

[9] Cf. DPIS 2, 8.

[10] DPIS 3, 2.

[11] Cf. B. Fernández Herrero, «El indigenismo de José de Acosta», 7-24.

[12] Este tipo de predicación puede estar fundado en el texto de Lc 21. DCR, 1, 16.

[13] «Verum quanta sit scripturae divinae obscuritas, quam difficiles passim aditus habeat, quam impenetrabiles intus recessus, nullus melior est testis, quam cuiusque experientia», DCR 2, 2.

[14] «La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad», DI, 1.

[15] R. Spiazzi, L'evangelizzazione, 152: «A questo scopo potranno servire [...] la sociologia e la statistica, che danno una conoscenza scientifica della situazione socio-religiosa [...]. Sarà dunque necessario un continuo aggiornamento culturale, sarà necessaria una esatta conoscenza della situazione reale delle popolazioni cui ci si rivolge».

[16] Cf. B. Mortara Garavelli, Manuale di retorica, 9ss.

[17] «La proclamación del kerigma cristiano comprende la secuencia narrativa de la vida, de la muerte y de la resurrección de Jesucristo», PCB, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 15.

[18] "Las ciencias humanas, por tanto, en particular la sociología, la antropología y la psicología, pueden contribuir a una mejor comprensión de algunos aspectos de los textos bíblicos", PCB, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 55.

[19] Los agentes evangelizadores tienen en «La Sagrada Escritura, 'Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo', que es, con la Tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora. 'Porque desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo'... Hemos de fundamentar nuestro compromiso y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios», Celam, Aparecida. Documento final, n° 247; cf. DV 9; San Jerónimo, Com. in Is. pról.: PL 24,17.

[20] Ya la Ley es la pedagoga del Evangelio: «La Ley antigua es una preparación para el Evangelio. "La ley es profecía y pedagogía de las realidades venideras" (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1). Profetiza y presagia la obra de liberación del pecado que se realizará con Cristo; suministra al Nuevo Testamento las imágenes, los "tipos", los símbolos para expresar la vida según el Espíritu. La Ley se completa mediante la enseñanza de los libros sapienciales y de los profetas, que la orientan hacia la Nueva Alianza y el Reino de los Cielos», CEC 1964.

[21] La Biblia define la fe como "la garantía de lo que se espera (en el futuro), la certeza de lo que no se ve (en el presente)" (Heb 11,1). La fe es un acto espiritual (1 Cor 2,5; 12,9; 2 Cor 4,13). El cristiano cree con el corazón, no con la mente (Rom 10,9; Dan 12,10). La fe es un acto sobrenatural realizado por gracia divina. Es el "acto del asentimiento intelectual a una verdad divina debido al ejercicio de la voluntad, el cual es motivado por la gracia de Dios" (Santo Tomás, II-II, q. IV, a.2). Y así como la luz de la fe es un regalo concedido sobrenaturalmente sobre el entendimiento, así también esta gracia divina moviendo la voluntad es, como su nombre lo implica, un regalo igualmente sobrenatural y absolutamente gratuito. La fe "es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone", (CEC 1814). Por la fe "el hombre se entrega entera y libremente a Dios" (DV 5), y se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios: "El justo vive de la fe" (Rom 1,17); La fe se manifiesta en obras: la fe viva 'actúa por la caridad' (Gal 5,6), mientras que 'la fe sin obras está muerta' (Stg 2,26), aunque el don de la fe permanece en el que no ha pecado directamente contra ella (cf. Concilio de Trento, dec. De Iustificatione 16: DH 1545).

[22] «La reflexión sobre la evangelización hace tomar una conciencia cada vez más viva de ello en la medida misma del progreso que realiza la humanidad en el conocimiento que puede tener de sí misma. La evangelización no alcanza su objetivo más que cuando el hombre, a la vez como persona única y como miembro de una comunidad que lo marca en profundidad, acepta recibir la Palabra de Dios y hacerla fructificar en su vida», CTI, Temas selectos de Eclesiología, cap. 4.1.

[23] J. del Río Alba, La evangelización del Perú en tiempos de Santo Toribio de Mogrovejo, 416.

[24] C. Seco, «De la Bula "Sublimis Deus"», 1827. Cf. M.L. Rivara de Tuesta, José de Acosta. Un humanista reformista, 40.

[25] Cf. M.L. Rivara de Tuesta, «Ideas pedagógicas del P. José de Acosta», I, 179. Acosta es el precursor de una pedagogía indigenista: sus ideas pedagógicas están dirigidas principalmente hacia la formación intelectual del indio y hacia la orientación de sus costumbres.

[26] DPIS, 5, 5.

[27] DPIS, 5, 5.

[28] Cf. M.L. Rivara de Tuesta, «Ideas pedagógicas del P. José de Acosta», I, 178-199. «La reflexión teológica está llamada a confirmar de nuevo la fe de la Iglesia y a dar razón de su esperanza en modo convincente y eficaz», DI, 23.

[29] Benedicto XVI, Jesús de Nazareth, 115; cf. DI, 2.

[30] Cf. DCR, 4, 6, 6; CEC 68; 2258; 2270; 2273. «El Antiguo Testamento contiene ya los principios y los valores que guían un actuar plenamente conforme a la dignidad de la persona humana, creada "a la imagen de Dios" (Gn 1,27). El Nuevo Testamento ilumina esos principios y valores por la revelación del amor de Dios en Cristo», PCB, La Interpretación  de la Biblia en la Iglesia, 98.

[31] Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazareth, 122 expresa en referencia al humanismo religioso contenido en las parábolas de Jesús: «J. Jeremías comenta con razón al respecto: "Las parábolas anuncian un verdadero humanismo religioso; nada queda de su ímpetu escatológico. Inadvertidamente Jesús se convierte en el 'apóstol del progreso' (Jülicher, II 483), en sabio maestro que expone máximas éticas y una teología simplificada con imágenes e historias fáciles de retener. ¡Pero Jesús no era así!" (Interpretación de las parábolas, 13). C.W.F. Smith lo expresa de un modo más drástico: "Nadie crucificaría a un maestro que relata historias amenas para reforzar la inteligencia moral" (Interpretación de las parábolas, 15)"».

[32] Cf. Concilio de Calcedonia, Sesión V, 22 octubre 451; cf. DH 300-303.

[33] «La fe cristiana entiende la resurrección de Jesucristo como un acto salvífico y creativo de Dios sobre Jesús de Nazareth muerto; por dicho acto la resurrección universal y definitiva de los muertos se da ya ahora en ese hombre concreto, certificando que era el Mesías y el Hijo de Dios y abriendo en principio a cada hombre, individual y total, la posibilidad de una comunión definitiva con Dios», L. Ullrich, «Resurrección de Jesús», 609.

[34] Téngase en cuenta que las concepciones humanistas de Acosta fueron concebidas en la universidad Complutense, bajo la dirección del cardenal Cisneros, quien instauró una reforma educativa basada en el humanismo cristiano de Erasmo.

[35] Con respecto al descubrimiento de América, Acosta fundamenta que no es un descubrimiento geográfico, sino un descubrimiento antropológico, de inspiración teológica, cf. M. Sievernich, «La visión teológica del "Nuevo Mundo" en la obra de José de Acosta», 187.

[36] J.I. Saranyana, Teología en América Latina, I, 157.

[37] Cf. Concilio de Trento, Sesión VI, 1545-1563, en DH, 237.

[38] M.L. Rivara de Tuesta, José de Acosta, un humanista reformista, 146.

[39] Cf. J.W. O'Malley – A. Schena, I primi gesuiti, 122-125.

[40] Cf. DCR, 1, 22.

[41] «La revelación ha encontrado su cumplimiento en la vida, la enseñanza y sobre todo la muerte y resurrección de Jesús, fuente de perdón y de vida eterna», Pontificia Comisión Bíblica, La Interpretación  de la Biblia en la Iglesia, 86. «La revelación atestiguada en la Sagrada Escritura tiene lugar por palabras y hechos en la historia de Dios con los hombres. El Antiguo Testamento es un proceso de una interpretación constantemente nueva y de una constante relectura; sólo en Jesucristo encuentra su interpretación escatológicamente definitiva. Pues la revelación, preparada en el Antiguo Testamento, encuentra, en la plenitud de los tiempos, su cumplimiento en Jesucristo (Hb 1,1-3; cf. Gál 4, 4; Ef 1,10; Mc 1,15). Como Palabra de Dios hecha hombre, Jesús es el intérprete del Padre (Jn 1,14.18), la Verdad en persona (Jn 14,6). En toda su existencia, por palabras y signos, ante todo por su muerte, resurrección y exaltación, y por el envío del Espíritu de la Verdad (Jn 14,17), Él es la plenitud de gracia y verdad (Jn 1,14)», CTI, «Tradición e interpretación en la Escritura», en La interpretación de los dogmas, 1.

[42] DCR, 1, 10.       

[43] Cf. LG 64ss.

[44] Benedicto XVI: "Cada pueblo debe hacer que penetre en la propia cultura el mensaje revelado y expresar la verdad salvífica con su propio lenguaje", 17 junio 2009.

[45] "Se hace necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Cristo vivo, camino de auténtica conversión, renovada comunión y solidaridad", Celam, Documento de Aparecida, 248.

[46] Cf. CEC 85, 100, 103, 119, 189, 182, 2030.

[47] El diluvio es una leyenda incaica que narra el transporte de piedras gigantescas que sirvieron en la construcción del Tiahuanaco.

[48] Esta obra de Acosta La Historia Natural y Moral de las Indias, nace con la finalidad de remover y objetar las expectativas mesiánico-apocalípticas que algún jesuita había cogido directamente en la construcción doctrinal y en la acción del dominico Francisco de la Cruz, en cuyo proceso de inquisición tomó parte en calidad de calificador. Cf. HNMI, 1, 16.

[49] HNMI, 1, 17.

[50] Cf. A. Prosperi, Tribunali della coscienza. Inquisitori, confessori, missionari, 240; ver también A. Pastore, «Inquisitori, confessori, missionari», 55.

[51] «La conversión no tiene lugar nunca una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida...Benedicto XVI, Catequesis por la Cuaresma, 21 Febrero 2007.

[52] "Se hace necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Cristo vivo, camino de auténtica conversión, renovada comunión y solidaridad", Celam, Documento de Aparecida, 248.

[53] Benedicto XVI, Audiencia General (24 Mayo 2007).

[54] Idem.

[55] Idem

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