domingo, mayo 26, 2013

“EL GRAN EVANGELIZADOR DE AMÉRICA LATINA, SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO. Monseñor José Antonio Eguren

Santo Toribio de Mogrovejo, II Arzobispo de Lima y Patrono del Episcopado Latinoamericano (1538 – 1606).


Sin lugar a dudas, Toribio Alfonso de Mogrovejo, cuyo IV centenario de ingreso a la gloria celestial celebráramos jubilosos el año pasado, es el más grande evangelizador y misionero que ha tenido el Perú y América.

A manera de introducción y para comprender la magnitud de su vida y obra, escuchemos la breve pero contundente descripción que del Santo nos da de manera autorizada el Doctor José Agustín de la Puente Candamo:

"La mejor organización de la vida de la Iglesia, el conocimiento de la realidad del Perú, la permanente preocupación por la evangelización del hombre andino, la enseñanza de su vida ejemplar, son algunos de los planos que nos permiten descubrir el vínculo profundo entre Toribio de Mogrovejo y el Perú. Es el gran educador del hombre de la sociedad peruana...uno de los grandes forjadores de la nacionalidad...uno de los artífices de la nueva sociedad (peruana)...La obra de gobierno de Toribio de Mogrovejo, la afirmación y defensa de sus derechos y obligaciones, su apostolado con los indios y la defensa del hombre nativo como persona humana que es, todo esto es posible, como el esfuerzo singular de las «visitas», por la calidad humana y la santidad de vida del Arzobispo de Lima. Toda su obra muestra y es fruto de su vida y de su virtud. Austero, alegre, sobrio, caritativo, penitente, cumplidor, minucioso del deber, generoso, ganaba el corazón de los hombres y comunicaba el amor a Dios". 9

Toribio nació en Mayorga, España en 1538. Estudió Derecho en las Universidades de Coimbra y Salamanca. El Rey Felipe II lo nombró juez principal de la Inquisición en Granada. Al quedar vacante la Sede Arzobispal de Lima, el Rey decidió enviarlo como Arzobispo a la ciudad de los reyes. El Papa Gregorio XIII lo nombró Arzobispo de Lima como sucesor del Arzobispo Fray Jerónimo de Loayza. Después de recibir las sagradas órdenes, ya que al momento de su elección Toribio era laico, el Santo Arzobispo de Lima parte para el Perú y desembarca en el puerto de Paita al atardecer del 11 de marzo de 1581. Desde ahí comenzó a dar los primeros pasos que lo llevarían en 25 años de episcopado a recorrer un total aproximado de 40,000 kilómetros, llevando la luz y el calor del Evangelio por todo el Perú.

La empresa misionera de Santo Toribio, iba a desarrollarse en una Arquidiócesis de enorme extensión, unos mil por trescientos kilómetros. Abarcaba, en efecto, desde Chiclayo y Trujillo al norte, hasta Ica al sur, más las regiones andinas, desde Cajamarca y Chachapoyas hasta Huancayo y Huancavelica, y aún más al oriente por Moyobamba. A las ciudades ya nombradas se añadían Huaylas, Cinco Villas, Cañete, Carrión, Chancay, Santa, Saña -donde vino a morir-, más otros pueblos y unas 200 reducciones y doctrinas de indios.

Pero además era Lima una Arquidiócesis de suma importancia en lo eclesiástico, pues tenía como diócesis sufragáneas la vecina de Cusco, las de Panamá y Nicaragua, Popayán (Colombia), La Plata o Charcas (Bolivia y Uruguay), Santiago y La Imperial, después trasladada a Concepción (Chile), Río de la Plata o Asunción (Paraguay) y Tucumán (Argentina). Es decir, casi toda Sudamérica y parte de Centroamérica quedaba presidida por este hombre de Dios.

La Arquidiócesis de Lima, era fundamentalmente un territorio misionero. Y muy consciente de ello, Santo Toribio, a diferencia de otros obispos que se quedaban en su sede y dejaban a los religiosos y doctrineros (catequistas) la acción propiamente misional, se dedicó principalmente al apostolado entre los indios, limitando casi sus estancias en Lima a los tiempos en que se celebraron sus tres Concilios o los Sínodos diocesanos.

Santo Toribio recorrió toda su extensa Arquidiócesis. A las visitas pastorales dedicó 14 de sus 25 años de episcopado. La primera visita le tomó 7 años (1584-1590); la segunda 5 años (1593-1597), y la tercera 2 años (1605-1606). Será en ésta última donde el Señor le llamará a su Reino para darle el premio que tiene reservado a sus mejores servidores. Resulta asombroso lo que Santo Toribio pasó recorriendo aquellas inmensas distancias en sus visitas pastorales, sorteando peligros, fatigas, hambre, frío, y muchas otras situaciones de alto riesgo. Como los itinerarios de sus viajes quedaron registrados al detalle en el libro de sus visitas pastorales, puede calcularse con bastante exactitud que recorrió unos 40.000 kilómetros. Este hombre, de buena salud, pero de constitución física no demasiado fuerte, que hasta los 43 años lleva una vida sedentaria y que a esa edad inicia 25 años de vida pastoral intensa, la mayor parte de ella de camino, viviendo en chozas o a la intemperie, alimentándose muchas veces con sólo pan y agua o con lo que los indios le comparten desde su pobreza, soportando la inclemencia del tiempo, es una demostración patente de que el hombre lleno del amor de Dios y con el corazón inflamado de celo por la misión evangelizadora es capaz de todo, "y es que para Dios no hay nada imposible". 10 "No es nuestro el tiempo", "la vida es breve y conviene velar cada uno sobre lo que tiene a su cargo solía repetir, demostrándolo con el ejemplo de una vida de total entrega al anuncio del Evangelio, no conociendo lo que era el descanso y mucho menos las vacaciones.

Apóstol de la Confirmación, administró este sacramento a cerca de 800,000 personas e hizo más de 500,000 de bautismos. Entre aquellos a quienes confirmó estuvieron nada menos que Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.

Él mismo escribe al papa Clemente VIII acerca de sus visitas pastorales: "Después que vine de España a este Arzobispado de los Reyes, por el año de ochenta y uno, he visitado por mi persona y estando legítimamente impedido por mis Visitadores, muchas y diversas veces el Distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir, y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua, y confirmando mucho número de gente…y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos, y ríos, rompiendo por todas las dificultades, y careciendo de todo" 11 
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Sin embargo, Toribio no descuida para nada su vida espiritual, consciente de que el apostolado no es otra cosa sino sobreabundancia de amor y que la oración es el secreto de la fecundidad de un apóstol y misionero. Impresiona leer a los biógrafos del Santo Arzobispo de Lima cuando describen su horario cotidiano de vida espiritual: "Se levantaba a las seis de la mañana, sin que a vestirle y calzarle asistiesen mozos o ministros de cámara porque su honestidad no se sujetó jamás a estilos de palacio, ni circunstancias de grandeza. Decía sus devociones primero, y después en su humilde aposento, rezaba las Horas canónicas. Satisfecha esta obligación, bajaba por camino reservado de la casa arzobispal a la Catedral, donde celebraba la Misa, con tanta devoción y ternura, como pide aquel divino misterio. Acabado el santo sacrificio discurría por todo el templo y sacristía, haciendo de rodillas oración en cada uno de sus altares (…) Hechas estas piadosas visitas se volvía alegre a su palacio, sin permitir que ningún ministro de la Iglesia le acompañase, y entrando en su oratorio, puesto de rodillas, empleaba dos horas en oración mental (…) En anocheciendo, se recogía a su oratorio, donde hasta las ocho, se suspendía en contemplaciones celestiales de la divina bondad. Después salía fuera, y junto con sus capellanes rezaba con atenta y devota pausa y reverencia, a coros, los Maitines. En acabando el oficio se iba a cenar, y abreviando su cena con una ligera colación de pan y agua, volvía a su cuarto, en el cual, decía el oficio parvo de Nuestra Señora, el de los Difuntos y otras devociones particulares".12

Para la evangelización de los indios impulsó el conocimiento de las lenguas nativas por parte de los misioneros. El mismo Santo Toribio, estudió el quechua y a poco de llegar al Perú, lo usaba para predicar a los indios y tratar con ellos. Siendo tantas las lenguas y dialectos existentes, solía llevar intérpretes para hacerse entender en sus innumerables visitas. Con todo, en su proceso de beatificación se dio testimonio que en algunos casos tuvo el don de lenguas en forma milagrosa.

Al arribar al Perú, descubre que la acción evangelizadora de la Iglesia atravesaba un momento de seria crisis. La disposiciones de su predecesor el Arzobispo Jerónimo Loayza y de los dos Concilios de Lima no eran tomadas en cuenta. Asimismo la catequesis y la doctrina necesitaban adecuarse mejor a una pastoral indígena más sólida. Por ello y con la ayuda del Padre José de Acosta, organiza el III Concilio Limense (1582-1583) obra maestra de legislación eclesial de Santo Toribio, aunque realiza en total trece sínodos arquidiocesanos y tres concilios provinciales. El III Concilio Limense, establece las bases de la evangelización de América Latina.
"Fue la asamblea eclesiástica más importante que vio el Nuevo Mundo hasta el siglo de la Independencia latinoamericana, y uno de los esfuerzos de mayor aliento realizados por la jerarquía de la Iglesia y la Corona española para enderezar por cauces de humanidad y justicia los destinos de los pueblos de América, como exigencia intrínseca de su evangelización". 13

 El III Concilio Limense, fue la aplicación del gran Concilio de Trento (1545-1563) a la realidad de América Latina. El Concilio dividió su cuerpo canónico en cinco partes o acciones.
Entre sus disposiciones y frutos más notables están los siguientes:

1. La defensa y el cuidado de los indios, para protegerlos de cualquier abuso o explotación y promoverlos humanamente. Este cuidado incluía además una labor de educación social: "que los indios sean instruidos en vivir políticamente", es decir "dejadas las costumbres bárbaras y salvajes, se hagan a vivir con orden y costumbres políticas". Para ello el III Concilio Limense planteó el establecimiento de las doctrinas-parroquias. En cuanto a los sacerdotes que tenían el cuidado de los indios se les recuerda que "son pastores y no carniceros, y que como hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana".

2. La obligación del uso de la lengua indígena en la catequesis y la predicación.

3. El Catecismo trilingüe (en castellano, quechua y aymara), conocido como el Catecismo de Santo Toribio, con el cual se logró unificar el adoctrinamiento de los indios en casi toda América Latina. El Concilio ordena a todos los sacerdotes "so pena de excomunión, que tengan y usen este catecismo, dejados todos los demás". Sin lugar a dudas el Catecismo es el fruto más valioso de este Concilio.

4. Las Visitas Pastorales. Estas son urgidas con gran firmeza como deber canónico, con el fin de que Pastor conozca a sus ovejas y éste sea conocido por ellas (ver Jn 10, 14).

5. La Dignificación del Clero, su adecuada formación doctrinal y pastoral para una conveniente evangelización y vida de santidad sacerdotal.

6. La Liturgia, que ha de celebrarse con gran esplendor y ceremonia, pues "esta nación de indios se atraen y provocan sobremanera al conocimiento y veneración del Sumo Dios con las ceremonias exteriores y aparato del culto divino". Por tanto ha de ponerse gran cuidado y procurar que haya "escuela y capilla de cantores y juntamente música de flautas y chirimías y otros instrumentos acomodados en las iglesias".

7. Los Seminarios. El Concilio impulsa la creación de Seminarios siguiendo las disposiciones de Trento, cuidando la elección y la formación de los candidatos al sacerdocio. Teniendo presente esta disposición, Santo Toribio funda el Seminario de Lima, que hoy lleva su nombre, uno de los primeros de América en aplicar el modelo de Trento.

8. El Número de Sacerdotes. El II Concilio Limense había denunciado el hecho que muchas veces un sacerdote tiene a su cargo a innumerables indios y establece que debe haber un sacerdote por cada 1,300 almas de confesión. En una de sus cartas al Rey, Santo Toribio le informa "como negocio de mucha consideración y digno de ser llorado con lágrimas de sangre", el caso de una parroquia de 5,000 almas de confesión, con cuatro anexos que está a cargo de un solo sacerdote. De esta manera el III Concilio Limense acuerda poner un sacerdote por cada mil o cada setecientas almas de confesión. Para lograr esta meta, el Santo Arzobispo promueve el clero indígena y criollo, es decir el clero nativo. Para ello se debe prescindir de toda discriminación racial, no excluir de las Órdenes a grupo alguno de los naturales, sino admitirlos a todos por igual en principio: criollos, mestizos e indios.

Mucho más podríamos hablar de Santo Toribio, que por todo lo dicho y mucho más fue declarado con justicia, patrono del Episcopado Latinoamericano por S.S. Juan Pablo II, el 10 de mayo de 1983. Quien sabe nos falte tan sólo agregar el gran amor de hijos que los indios le tenían y por ello no saben llamarle más que "Padre santo" y cuando después de bendecirlos se despedía de ellos para ir a otro pueblo, los indios lloraban como si se les ausentase su verdadero padre. Y es que realmente lo era: "porque maestros en la fe cristiana podréis tenerlos a millares, pero padres, no; he sido yo quien os he engendrado para la fe". 14 De otro lado era un hombre de una gran caridad. De su propio peculio financió escuelas, hospitales, templos y nuevas doctrinas. Todo lo regalaba y vivía en gran austeridad y pobreza.

A los 68 años Santo Toribio cayó enfermo en Pacasmayo (norte de Lima). Murió en Zaña el 23 de marzo de 1606. Y luego de recibir la Unción de los enfermos, en Jueves Santo, día de su muerte, pide al prior agustino que tañese el arpa y rezó: "A ti, Señor, me acojo…En tus manos encomiendo mi espíritu". El "protector de los indígenas", fue un infatigable misionero y organizador de la Iglesia en nuestras tierras. Santo Toribio fue beatificado por el Papa Inocencio IX en 1679 y canonizado por Benedicto XIII en 1726.

Que Santo Toribio de Mogrovejo sea nuestro modelo en nuestro trabajo evangelizador y misionero según la propia vocación y misión, y nuestro intercesor ante Dios para que podamos estar siempre a la altura de lo que Dios espera de nosotros y de lo que la Iglesia necesita.

"EL GRAN EVANGELIZADOR DE AMÉRICA LATINA, SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO" PDF Imprimir E-Mail
 03 de noviembre (Oficina de prensa).- Con el lema "La Eucaristía nos hace evangelizadores y catequistas en la construcción del Reino de Dios" se realizó en Sullana del 25 al 29 de octubre, la V Semana Teológica y de Formación Cristiana, organizada por la Oficina de Educación Católica ODEC de esa localidad.
Una de las ponencias centrales estuvo a cargo de Monseñor José Antonio Eguren, S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura con el tema "El gran Evangelizador de América Latina, Santo Toribio de Mogrovejo".
Luego de una completa introducción sobre la vida y obra del más grande evangelizador y misionero que ha tenido el Perú y América, Monseñor Eguren expuso importantes elementos que deben caracterizar la misión de la Iglesia en nuestro continente ante un mundo en crisis y en constante cambio.
 "La Nueva Evangelización tiene que ser una Evangelización para la santidad. Debe infundir en los peruanos un profundo deseo de santidad, conscientes que la santidad es la plenitud de la humanidad y que no hay mejor evangelizador que el santo y que la santidad es la vocación de todo bautizado", señaló Monseñor Eguren.
Nuestro Pastor indicó además que la Nueva Evangelización tiene que ser "una evangelización para la unidad en la fidelidad. Es decir, hay que construir la unidad eclesial, unir en este esfuerzo a los sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, a las asociaciones laicales y a las hermandades y cofradías, etc. En medio de un mundo dividido y a veces enfrentado, la Iglesia debe resplandecer como 'casa y escuela de comunión' que ayude a sanar rupturas y unir corazones".
 "También será necesario – agregó Monseñor Eguren –ser maestros valientes de la verdad, amando al que yerra, pero sin dejar de combatir el error. Es decir, ser fieles a la Fe de la Iglesia. Para ello el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y su versión más breve, el Compendio, se hace necesario. Hay que intensificar la catequesis y la formación en la fe".
Nuestro Arzobispo resaltó la importancia de incluir en la Nueva Evangelización la dignidad de la persona. "Debemos ser defensores y promotores de la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo, el Reconciliador. Desde la doctrina social de la Iglesia, iluminar los problemas del mundo desde la luz de la razón natural, de la fe y de la moral de la Iglesia con el fin siempre de salvar al ser humano en su dignidad integral".
 Finalmente, Monseñor Eguren explicó que la Nueva Evangelización debe estar en constante sintonía con la Sede Apostólica."Los primeros misioneros supieron construir la cercanía espiritual y la adhesión afectiva y efectiva con los Sucesores de San Pedro, los Papas. Junto con la Eucaristía, la piedad filial a Santa María, la devoción a los santos, el amor a Cristo sufriente en el pobre, el amor al Santo Padre, constituye uno de los elementos principales de la religiosidad de nuestros pueblos".
La V Semana Teológica de Sullana también contó con la participación del Pbro. José Guillermo Uhen con la ponencia "Eucaristía, misterio que se ha de anunciar"; el Pbro. Luis Arrasco y el tema "Los grandes evangelizadores en América Latina"; el Pbro. Gilmer Peña y su ponencia "El profesor como Discípulo y Misionero en la Escuela"; y el Pbro. Eduardo Palacios quien abordó el tema "Las imágenes religiosas como instrumentos de Evangelización".

sábado, mayo 25, 2013

Misa Santo Toribio en MADRID - 1 de junio - 18 horas - La Latina



Hola a todos,
 
       Como cada año por estas fechas os invito a la misa en honor a Santo Toribio de Mogrovejo que tendrá lugar el sábado 1 de junio a las 18:00 en la iglesia de las MM. Concepcionistas Franciscanas de la Latina, calle Toledo, 52 de Madrid. Os adjunto el programa con un pequeño texto.
   
       Besos y abrazos.

                        Antonio



viernes, mayo 17, 2013

Exposición itinerante: Toribio Alfonso de Mogrovejo (1538-1606): identidad y multiculturalidad en América latina

Exposición itinerante:

Toribio Alfonso de Mogrovejo (1538-1606):

identidad y multiculturalidad en América latina

 

 

Extraordinaria muestra sobre Santo Toribio preparada para el Meeting de Rímini del 2006 y que tenemos disponible en el INSTITUTO DE ESTUDIOS TORIBIANOS para exponerla gratis por colegios y parroquias. Pueden verla en el enlace

http://www.ucss.edu.pe/pastoral_universitaria/santo_toribio.html

 

 

 

Escriban a mi   correo: joseantoniobenito1@gmail.com para solicitarla

 

 

Presentación

«Vino Jesús. Y no perdió sus años en gemir e interpelar la maldad de la época. Él zanjó la cuestión. De manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo. El salvó. No incriminó al mundo. Lo salvó» (Charles Peguy).

Estas palabras convienen a la figura extraordinaria de Toribio Alfonso de Mogrovejo (Mayorga, España, 1538 – Zaña, Perú, 1606) segundo arzobispo de Lima, Patrono de los Obispos de América Latina. Graduado en Derecho, era Juez principal del Tribunal de la Inquisición de Granada, cuando, en 1579, fue propuesto por Felipe II como sucesor del primer arzobispo de Lima, Jerónimo de Loayza.

Ordenado diácono, sacerdote y obispo en pocos meses, parte hacia Perú, donde desde el 1581 empieza una aventura inmensa y fascinante, ser pastor de la diócesis más grande del mundo, cuyo territorio se extendía del Océano Pacifico a la selva de la Amazonía y a los valles inaccesibles de los Andes, en un mundo en transformación y lleno de contradicciones. El Imperio de los Incas –Tahuantinsuyo- había sido conquistado hacía cincuenta años, sufriendo una metamorfosis con la presencia española que puso las bases de la nueva sociedad mestiza de la peruanidad.

Toribio "no perdió su tiempo": se puso manos a la obra construyendo la Iglesia, que él denominaba "la nueva cristiandad de las Indias". Trece sínodos diocesanos, tres concilios provinciales –especialmente el tercero de 1582- con sus instrumentos catequéticos como el Catecismo trilingüe ( en castellano, quechua y aymara) –primer libro publicado en América del Sur-, las Visitas pastorales, en las que llegó a cada pueblo de su dilatada diócesis recorriendo más de cuarenta mil kilómetros, son los pilares de una civilización cristiana donde las distancias entre las culturas y las tradiciones fueron encontrando en la profundización de la fe el camino de la unidad y de la identidad. Como Pablo en la primitiva Iglesia; Benito, Cirilo y Metodio en la Europa medieval; Francisco de Sales, Carlos Borromeo y Francisco Javier en la Reforma Católica, o Juan de Zumárraga y Tata Vasco en América este gran misionero indica que en un mundo multicultural y multiétnico la fe cristiana induce al encuentro y al diálogo, a la pasión para que la verdad de Cristo sea conocida como respuesta a la exigencia de infinito que constituye el corazón de cada hombre. Como otro Cristo, se hizo servidor de todos apostando por un mundo de verdad, libertad y hermandad. Su vida de contemplativo en la acción fructificó en santos como Rosa de Lima, Martín de Porres, instituciones como el Seminario o el Convento de Santa Clara, organizaciones como nuevas cofradías, parroquias, poblados, leyes y costumbres del nuevo Perú.

 

Primera sección: el Ambiente histórico. Una época de grandes cambios

  1. El Siglo XVI en Europa. Renovación y desarticulación
  2. España en el siglo de oro Unidad nacional y proyección universal. Figuras y obras de un momento espléndido
  3. España y el Nuevo Mundo en el Siglo de oro Conquista de América; evangelización; una nueva síntesis cultural
  4.  

Segunda sección: las raíces

  1. Los años de la formación. Estudiante, licenciado, jurista. Mayorga, Valladolid, Salamanca, Coimbra, Compostela
  2. Inquisidor en Granada. Alcanzado por un destino grande. Ordenación sacerdote en Sevilla, consagrado obispo en Granada. Vida hasta su partida. Travesía fascinante por el Pacífico

 

Tercera sección: Obispo de Lima

  1. Una geografía impresionante. Perú: geografía e historia. 20.000 años de historia
  2. Pasión por el acontecimiento de Cristo. La construcción de un pueblo. "haciendo" el cristianismo"
  3. Tercer Concilio Limense: Trento en América. La "implantatio eclesial" en el Nuevo Mundo. Situación del virreinato

 

Cuarta sección: Pasión por comunicar la verdad: actividad

  1.  Obispo y misionero. Las visitas pastorales. 17 años de camino
  2. Los itinerarios de las visitas. 40.000 kilómetros por amor al hombre. Llevando la certeza de Cristo
  3.  Con sacrificios y tanta alegría. En pos de "algunos indios cimarrones y delincuentes". Testimonios de las visitas.
  4. Sin temor posponiendo dificultades. Donde nadie se atreve. Testimonios de las visitas- 2
  5.  Estudio de las lenguas. "Es más conforme a la razón". Valoración y conocimiento de la cultura.
  6.  Acomodar a la capacidad de los oyentes. El Catecismo trilingüe. El sol, la luna y las estrellas no son Dios.
  7.  Una estructura para la sociedad. La fundación de las instituciones. Hospitales, Parroquias, Cofradías, Colegios.
  8.  La vida cristiana supone lo humano. La urgencia de la educación. Una verdadera formación del pueblo.
  9. Si no es criando la juventud de estas partes. Proveer de obreros idóneos a esta gran mies de indios. El Seminario de Santo Toribio
  10. La contemplación de la belleza. Función pedagógica del arte. A mayor gloria de Dios y ayuda espiritual en las almas.
  11. Su muerte y su heredad. Un cultura de santidad. Toribio y la santidad en el Perú y de los concilios (general)
  12. Pasión por la verdad, pasión por toda persona. Un santo, un hombre. El legado de Toribio.

 

jueves, mayo 16, 2013

Toribio Alfonso de Mogrovejo. Un santo pastor

Toribio Alfonso de Mogrovejo. Un santo pastor

 

Meditación dada a los seminaristas en la Capilla del Seminario de Santo Toribio (19/04/2013).

 

1. El horizonte de la santidad.

Queridos seminaristas, este 27 de abril vamos a celebrar la solemnidad de Santo Toribio de Mogrovejo. Nosotros podemos decir con alegría que formamos parte de un Seminario fundado por un Santo. Esto no lo pueden afirmar otras personas. Nuestro Seminario que fue fundado el 7 de diciembre de 1590 debe encomendarse siempre a su santo fundador, por eso, es conveniente que esta meditación la dediquemos a Toribio Alfonso de Mogrovejo.   

Santo Toribio nació el año 1538 en España en Mayorga (Valladolid). Y un primer dato que nosotros podríamos  meditar es que Toribio fue un hombre que no perdió el horizonte de la santidad. Esa es, en definitiva, la vocación de todo bautizado.

En el Concilio Vaticano II se dijo con claridad: "Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG n. 40). Quizás en este momento de oración, delante del Señor podríamos preguntarnos si el horizonte de la santidad está presente en nuestra vida. En cada momento, ¿me cuestiono si estoy luchando por ser santo? Si venimos al seminario es para ser santos, es el acto primero, el acto segundo es ser sacerdotes. 

Nunca perdamos de vista que la santidad tiene que ser nuestra meta, nuestro horizonte. Santo Toribio siendo laico, y lo fue por 39 años, era consciente que tenía que ser santo. Nos dice uno de los amigos de Santo Toribio que "desde sus tiernos años, consagró a Dios su virginidad, la misma que defendió con energía, cuando fue puesta a prueba por unos estudiantes. Que en su largo tiempo de universitario, continúo en él la costumbre de dar limosna que ya tenía desde niño" (Testimonio de Don Diego de Zúñiga).

 

2. Un pastor entregado a Cristo.

¿Cómo ser santo? Cuántas veces se nos ha dicho "seamos santos". Parece incluso ya una indicación repetitiva que ha perdido fuerza, y que la escuchamos sin tomar la atención debida. Para ser santos, no lo olvidemos, lo primero es "quererlo".

Si queremos ser santos, nos hemos puesto en camino de la santidad. Se cuenta que un joven le dice a un sacerdote, "¿cómo debo querer ser santo? El sacerdote llevó al joven a un rio, hizo que se metiera un poco, tomó al joven y metió su cabeza en el agua, y cuando ya la cabeza estaba morada por la falta de respiración, lo sacó y le dice: "Debes querer santo, con la misma vehemencia con que querías sacar tu cabeza para respirar".

Santo Toribio de Mogrovejo quería ser santo con "santa vehemencia". Sabía muy bien, que la santidad consiste en dejar obrar a Dios en nuestra vida, por eso, junto con el verbo "querer", está el verbo "entregar". Quien quiere ser santo se entrega a Dios, se abandona en Dios, lo deja todo en las manos de Dios. Esa entrega, ese abandono implica toda la persona. El adverbio de la santidad es "todo". Es bueno que nos preguntemos sobre nuestra entrega al Señor.  O es total, es todo, o no es entrega, aquí los porcentajes no sirven, podemos darle al Señor el 99 % pero por ese 1% que falta ya no nos hemos entregado.

Cuando nombran a Toribio Alfonso de Mogrovejo, Arzobispo de Lima, hace un acto de entrega. Escribe al Papa Gregorio XIII diciéndole: "Si bien es un peso que supera mis fuerzas, temible aún para los ángeles, y a pesar de verme indigno de tan alto cargo, no he diferido más al aceptarlo, confiado en el Señor y arrojando en él todas mis inquietudes". Entreguémonos a Cristo, como lo hizo Toribio Alfonso de Mogrovejo. 

 

 

3. Un pastor entregado a los demás.

Quien se entrega a Dios, quien se ha abandonado en el Señor, es una persona que sirve de verdad. La santidad no es otra cosa que una configuración con Cristo, el siervo, pobre y humilde. Imitar a Cristo, eso es lo  importante. El santo es quien hace de su vida lo que San Pablo dice en Flp 2, 5: "Tengan los mismo sentimientos de Cristo Jesús". 

Santo Toribio de Mogrovejo fue un Pastor entregado a Cristo, por eso, entregado a los demás. Un verdadero servidor de sus hermanos. Nuestro mayor elogio debe ser escuchar que somos buenos servidores, que estamos siempre dispuestos más a dar que a recibir.

"Habiendo llegado el prelado muy temprano a un pueblo, después de un fatigoso y penoso viaje, como siempre se dirigió a la Iglesia a hacer oración, después predicó a los indios en la Misa y estuvo confirmando hasta las dos de la tarde. Cuando se sentó a comer eran ya las tres, y se le ocurrió preguntar al padre doctrinero si faltaba alguno por confirmar. Tras algunas evasivas, el Arzobispo exigió la verdad, y el padre le dijo que faltaba un indio que estaba enfermo y que vivía algo lejos del poblado. El arzobispo se levantó de la mesa y fue donde el indio a quien animó y confirmó con toda solemnidad como si hubiese un millón de personas"

Santo Toribio de Mogrovejo sabía muy bien que el sacerdote es el "hombre para los demás", "el primer servidor".  Todos debemos de examinarnos sobre nuestro servicio, tengamos siempre los ojos abiertos para servir, no para la burla, no para la crítica, sino para dar una mano al otro.

Pidamos al Señor que nos libere de esa tendencia que todos tenemos y que es el egocentrismo.  Un ególatra solo piensa en sí mismo, y lo recibido para los demás, el ministerio sacerdotal, lo usa para su propio provecho. Decía el Papa Francisco a los sacerdotes en la Misa Crismal: "la unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismo, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite, y amargo el corazón" (Papa Francisco, Misa Crismal, 2013)

 

4. Un pastor preocupado por sus ovejas.

Un sacerdote entregado, un sacerdote que es servidor, vive la caridad en grado heroico. Santo Toribio de Mogrovejo era un pastor que se preocupaba por sus ovejas, "el buen pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn 10, 11).

Esa defensa de las ovejas sobre todo consistía para Santo Toribio en evitar cualquier maltrato sobre ellas. Por eso defendió los derechos de los nativos. Los indígenas le llamaban "nuestro padre santo". Condenó el hecho que muchos tributos que se cobraban a los indios no se invertían en ellos, por eso, se ganó la enemistad de las autoridades civiles.

Fue un Pastor cercano a sus ovejas más desfavorecidas. "En su casa vio infinitas veces pobres que entraban y salían, y todos con remedio. No sabía que era poseer dinero, ni lo manejaba porque todo lo tenían su hermana y su cuñado, por cuya mano se daban limosnas y toda la renta daba y gastaba en los pobres".

Esto ¿cómo podemos aplicarlo en nuestra vida? ¿A mí no me dice nada? Es importante que ya desde seminaristas se den cuenta que no podemos ser indiferentes a las necesidades de los demás. Un peligro grande es el "aburguesarse", que consiste en "acomodarse" dado que se nos da todo. Pensemos en tanta gente que la pasa mal, y no sólo lo pensemos sino busquemos ayudar en la medida de nuestras necesidades.

Pero, Santo Toribio no era sólo un defensor de los derechos en el ámbito social, sino sobre todo, quería que las personas se encontraran con Cristo. Eso era lo fundamental para Él: llevar a las personas a Cristo. Por eso, recorrió en 25 años, aproximadamente 40,000 kilómetros. Un historiador ha llamado a Santo Toribio, "obispo doctrinero, obispo con vocación de párroco". Él quería que los nativos conocieran a Cristo, aceptaran la verdadera  fe y se incorporaran a la Iglesia. En el trato con los demás siempre tenía una visión sobrenatural.

 

5. Un pastor de oración.

Meditemos todo lo hecho por Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo: sus 40 000 kms recorridos, los cientos de miles de bautizados y confirmados, los concilios y sínodos convocados, el Catecismo elaborado en su periodo, la enorme cantidad de personas que él atendió, la formación del Seminario, el acompañamiento que hizo con su clero, etc. Todo esto fue posible porque era un hombre de mucha oración. La piedad era el motor de su vida activa.

Leemos en una crónica: "Se levantaba a las seis de la mañana, sin que a vestirle y calzarle asistiesen mozos o ministros de cámara, porque su honestidad no se sujetó jamás a estilos de palacio, ni circunstancias de grandeza… Decía sus devociones primero, y después en su humilde aposento. Rezaba las Horas canónicas. Satisfecha esta obligación, bajaba por camino reservado de la casa arzobispal a la Catedral donde celebraba la Misa, con tanta devoción y ternura como pide aquel divino misterio…. Al anochecer, se recogía en su oratorio, donde hasta las ocho, se suspendía en contemplaciones celestiales de la divina bondad".

Nosotros como Santo Toribio pongamos siempre énfasis en la vida espiritual. Los santos nos enseñan que sin la oración no podemos configurarnos con Cristo.  A más oración, más fuerza para hacer el bien y ser como Cristo, "que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el Diablo" (Hch 10, 38).  Los grandes benefactores de la humanidad han sido los santos. Ellos han hecho siempre obras en favor de los demás, porque eran hombres y mujeres de oración. ¡Queridos seminaristas forjemos en estos años de Seminario, el hábito de la oración! Sin la oración personal, sin ese trato amoroso con Jesús a través de la oración, no podemos alcanzar la santidad.

 

6. Un pastor, hijo de María

Santo Toribio de Mogrovejo fue, como todos los sacerdotes santos, muy mariano. Un verdadero hijo de Santa María. Aprendió en la escuela de María a decir siempre sí al Señor (cf. Lc 1, 38). En su vida se relata que velaba para que todos fuesen muy devotos de Nuestra Señora del Rosario. ¡Qué importante es la devoción a María, no sólo para un sacerdote, sino para todo cristiano!  

Santo Toribio redactó unas letanías que son unas verdaderas joyas del amor a María, las cantaba con alegría, como un auténtico devoto de la Santísima Virgen: "… Virgen fiel, Más dulce que la miel…, Virgen linda…, Altar del incienso…, Hermosa sin igual, Luz del medio día, Flor de virginidad, Lirio de castidad, Rosa de la pureza, Venero de santidad, Cedro oloroso, Mirra de incorrupción, Bálsamo siempre manante, Terebinto de la gloria, Palma vigorosa de gracia, Vara florida, Piedra refulgente, Olivo plateado, Paloma preciosa, Vida fructífera, Nave cargada de riquezas, Madre del Redentor, Huerto cerrado, Zarza que no se consume, Gloria del mundo, Nodriza de los Pobres…". Son expresiones que brotan del corazón sacerdotal de Santo Toribio de Mogrovejo.  Aprendamos de él a tener una profunda devoción a la Madre de Dios.

Vamos a pedir en este momento, la intercesión del Santo Arzobispo de Lima, para que nos ayude a ser como él, pastores entregados y no burgueses, fieles y cercanos a las personas, y marianos de verdad. Que así sea.

 

P. Carlos Rosell De Almeida

Rector del Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo

lunes, mayo 13, 2013

Camino, Catecismo y Campana En el cuarto centenario del fallecimiento de Santo Toribio de Mogrovejo

Camino, Catecismo y Campana En el cuarto centenario del fallecimiento de Santo Toribio de Mogrovejo

por Sebastián Sánchez

Un Santo que es paradigma de lo que fué el espíritu, los métodos y las personas que evangelizaron América

Albores de la evangelización de América

Suele dividirse la evangelización del Nuevo Mundo [1] en dos etapas claramente definidas: la de la fundación o kerigmática y la de la consolidación o catequética. Son, rigurosamente hablando, dos momentos de un mismo esfuerzo evangélico y un solo fervor llevado a cabo por la doble potestad de la Iglesia y la Corona de España, con el insoslayable auxilio de la Divina Providencia.

Y si es posible separar y distinguir cada una de estas etapas evangelizadoras es por un acontecimiento eclesiológico - doctrinal esencialísimo: el III Concilio Limense, que representó nada más ni nada menos que la concreta vigencia del Concilio Tridentino en el mundo indiano. Y el gran señor y patrono de este venerable Concilio fue Santo Toribio de Mogrovejo, cuyo fallecimiento conmemoramos hoy con este sencillo escrito.

Mas, antes de emprender nuestra sucinta descripción de la santa obra de Toribio, es menester señalar los grandes rasgos de la evangelización fundante, es decir, anterior al III Concilio de Lima.

En efecto, durante el período anterior a Trento se realizaron en América las asambleas o juntas mexicanas, congregadas entre 1524 y 1546 y los dos primeros concilios provinciales y americanos, celebrados en Lima, en 1551-1552, y en México, en 1555. Esta etapa de la legislación eclesiástica estuvo fuertemente influenciada por el Concilio de Sevilla de 1512, presidido por el arzobispo de la ciudad homónima, Don Diego de Deza. Sus disposiciones conciliares se explayaron especialmente sobre el tema del comportamiento de los eclesiásticos, que fueron especialmente exhortados a "ser más ejemplares en el cumplimiento de su ministerio y a corregir con más fortaleza a los feligreses que no vivían su fe. [2]

Las juntas eclesiásticas celebradas en América durante la evangelización fundante dejaron señaladas las cuestiones más urgentes de la realidad indiana. Así, en época tan temprana como 1524, se celebró la Junta Apostólica de México [3] - a la que asistió Hernán Cortés – centrada especialmente en la cuestión sacramental y en la enseñanza doctrinal. Del mismo modo, allí se trataron temas tan esenciales como la conversión de los naturales, la catequesis prebautismal, la petición de nuevos misioneros a la Corona o la impresión de doctrina y cartillas para la enseñanza de la fe[4].

Sin embargo, y a pesar de la importancia que debe adjudicársele a las reuniones eclesiásticas mencionadas, la consolidación de la legislación evangelizadora comenzó estrictamente con los Concilios Provinciales celebrados en Lima y en México.

Los dos primeros concilios provinciales de Lima fueron inspirados por uno de los arquetipos de la historia eclesiástica indiana: el arzobispo Jerónimo de Loayza [5], quien comprendió que una de las primeras obligaciones de los Obispos era evangelizar a los indígenas, tal como lo estipulaban las reales cédulas oportunamente emitidas por los reyes de España. Para facilitar su tarea, a los Obispos les eran concedidos ciertos privilegios. Aun así, Loayza vio que todavía no había un plan de trabajo conjunto en tierras americanas y que las iniciativas individuales corrían el peligro de tornarse infecundas y quedar comprometidas por el individualismo anárquico y disperso que por entonces había. Cada uno hacía lo que creía más conveniente – siempre en pos de la propagación de la Fe –, pero no había un trabajo en conjunto.

Era, pues, necesario sentar las bases de la Iglesia en el Perú, y para ello convocó Loayza al Primer Concilio Limense, que se extendió desde el 4 de octubre de 1551 hasta fines de febrero de 1552. El gran tema de este Concilio local fue la catequesis de los indígenas. Se insistió en que la doctrina debía enseñarse de manera uniforme: había que adaptarse a la forma de pensar de los indígenas y ser particularmente cuidadosos en la transmisión de la fe. Para poder cumplir este objetivo, se estableció un sumario de los principales artículos de la fe, se ordenó redactar una cartilla con la explicación correspondiente en quechua, y se dio autorización para que los indígenas recibieran los sacramentos del bautismo, la penitencia y el matrimonio, debiendo haber una enseñanza previa. A nadie se le obligaba a recibir un sacramento por la fuerza. También se les admitía a la eucaristía, pero con mayores reservas. Igualmente, se dieron normas metodológicas bastante detalladas sobre la manera de enseñar el catecismo. Con el fin de fomentar la labor evangelizadora por parte del clero, se prescribió que ningún clérigo podría regresar a España sino después de haber realizado por lo menos cuatro años de trabajo pastoral con los indígenas.

El II Concilio Limense fue convocado por Loayza para el 1º de febrero de 1567 en la Ciudad de los Reyes, con el fin de adaptar las normas del Concilio de Trento (1545-1563) a la realidad del Nuevo Mundo. Ya en octubre de 1565 el arzobispo había hecho publicar solemnemente en Lima los documentos del Concilio Tridentino.

Contando con una numerosa participación de Obispos y prelados, el II Concilio Limense inició sus sesiones el 1º de marzo de 1567. A lo largo de las diversas reuniones, se leyó en común el texto íntegro del Concilio de Trento, hecho lo cual se emitió una profesión de fe católica y una abjuración de todas las herejías, en particular la luterana. Esto último, más allá de la catequesis a los indígenas, estaba especialmente destinado a preservar la pureza de la fe de los españoles residentes en el Nuevo Mundo. No obstante, la evangelización de los indios estuvo presente y es donde encontramos los puntos de mayor interés. En efecto, allí se expresó una mayor apertura en la administración de los sacramentos y un más profundo empeño en la difusión de la fe cristiana. Los sacerdotes y agentes de pastoral debían instruir a los indios en sus lenguas aborígenes; por lo tanto, estaban obligados a aprenderlas bien. Asimismo, se enfatizó la necesaria extirpación de todas las prácticas de idolatría y hechicería que aún subsistían entre los indios y que desvirtuaban la vivencia de una auténtica fe cristiana. Y, junto con esta esencial y evangélica normativa que apuntaba directamente a la transmisión auténtica de la fe, encontramos otras que tienen como objeto la promoción humana y la preocupación por la dignidad personal de los aborígenes: enseñar el aseo corporal, a no dormir en el suelo, a comer sobre una mesa, desterrar el uso de la coca, la deformación de las cabezas de los niños, las borracheras que tanto daño causaban a los pueblos indígenas y, por sobre todo, el enseñarles a vivir en policía, es decir, en comunidad.

Pero nada resultaba sencillo en esta tierra de albores y promesas. A causa de las luchas civiles entre los conquistadores, le tocó al arzobispo Loayza gobernar una arquidiócesis en tiempos difíciles. Sin embargo, no obstante los peligros y el riesgo de rebeliones contra su autoridad pastoral, no dudó este gran obispo en combatir las codicias y los abusos de muchos españoles, a la vez que buscaba el cese de hostilidades y la reconciliación entre aquellos que eran hermanos en una misma fe. Hacía esto sin desconocer lo difícil de la situación, como escribió en una carta al Consejo de Indias: "Existen en el país tres mil ociosos pobres, que están siempre listos a tomar parte en las revueltas".

Fueron muchas las obras que se deben a la dedicación que puso en su trabajo pastoral: iglesias, conventos, escuelas, hospitales. Donó grandes cantidades de dinero para la construcción de la Catedral y del Seminario. Creó parroquias como las de San Sebastián, Santa Ana y San Marcelo. Inició las fundaciones del monasterio de la Encarnación, San Agustín, la Concepción, San Pedro. Pero su obra principal fue la del Hospital de Santa Ana, cuyas obras se terminaron en 1553. La construcción fue realizada con fondos obtenidos por el arzobispo mediante la venta de alhajas, limosnas y un subsidio especial otorgado por el rey de España, Felipe II. El hospital estaba destinado principalmente a alojar a los indios enfermos, pues muchos de ellos, por falta de atención médica y de alimentación adecuada, morían en sus ranchos. Luego de una infatigable obra apostólica, Fray Jerónimo de Loayza partió a la Casa del Padre el 25 de octubre de 1575.

La llegada de un santo: Toribio de Mogrovejo en Indias

Nada sencilla la tarea de reemplazar a un Obispo de la talla de Loayza. Sin embargo, y provisto sin duda de una providencial inspiración, eligió el Rey a Toribio de Mogrovejo, a la sazón inquisidor en Granada y aún candidato a las órdenes sagradas. Era, en efecto, un laico al servicio de la Iglesia en el ministerio inquisitorial, un fiel seguidor del magisterio que comenzára en su día el memorable San Raimundo de Peñafort, primer Inquisidor de las Españas.

Por cierto que Roma aceptó la sugerencia del nombramiento de Toribio y pronto fue designado arzobispo de la Ciudad de los Reyes, el 16 de marzo de 1579 [6]. Había nacido nuestro santo en Mayorga, pueblito de León, allá por 1538, y realizado estudios de jurisprudencia en las universidades de Coimbra y Santiago de Compostela, graduándose en esta última universidad.

Una vez consagrado obispo en la catedral de Sevilla, se embarcó para el Nuevo Mundo. Llegó a Paita en marzo de 1581, desde continuó por tierra su viaje a Lima, atravesando interminables desiertos de arena, preferentemente de noche para evitar el intenso y agotador calor del día. Entró solemnemente en Lima el 1 de mayo de 1581

Durante la mayor parte de su gobierno pastoral, dedicóse Toribio a viajar a lo largo y ancho de su diócesis, con el fin de conocer personalmente a los fieles cristianos que le estaban confiados y evangelizar a los que aún desconocían la fe. A tal punto fue ésta una de sus preocupaciones, que de los 25 años de su gobierno, sólo 8 estuvo en Lima, por lo que no faltaron los advenedizos que le criticaron - injustamente, por cierto - el abandono en que supuestamente había dejado la ciudad. El mismo Santo Toribio relata de manera resumida sus propias experiencias, en una carta al Papa Clemente VIII, fechada en 1598: "He visitado por su persona cuando todavía habría de recorrer muchísima leguas no incluidas en este recuento [...] muchas y diversas veces el distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua y confirmando mucho número de gente [...] y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos y ríos, rompiendo por todas las dificultades y careciendo a veces yo y mi familia de cama y comida; entrando a partes remotas de indios cristianos que, de ordinario, traían guerras con los infieles, adonde ningún Prelado o Visitador había llegado [7]".

Ésta es entonces la primera nota del ministerio de nuestro Santo: la de andar los caminos de la tierra americana enseñando el Camino sinuoso y siempre estrecho que lleva al Reino. Por eso, Santo Toribio es el gran peregrino de América, el caminador del Señor.

Toribio y el III Concilio Limense

Sin embargo, la obra magna por la que se recuerda a Santo Toribio de Mogrovejo es el III Concilio Limense (en adelante IIICL). Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos e iniciativas de fray Jerónimo de Loayza en torno a los dos anteriores concilios limenses, todavía no se habían podido penetrar adecuadamente las costumbres gentiles de los indígenas, y la labor evangelizadora presentaba aún mucha desorganización, descuido e improvisación. El Rey de España, conocedor de estos problemas, emitió unas Reales Cédulas de convocatoria para un tercer concilio (en Bajadoz, 19 de septiembre de 1580), con el fin de "poner en orden las cosas tocantes al buen gobierno espiritual de las almas de esos naturales, su doctrina, conversión y buen enseñamiento, y otras cosas muy convenientes y necesarias a la propagación del Evangelio y bien de la religión. [8]"

El P. Cayetano Bruno distingue en la realización del IIICL dos grandes etapas. Llama contenciosa a la primera por los problemas suscitados en torno a la figura de Santo Toribio de Mogrovejo que, como todo gran santo, generó grandes amores pero también celos y odios. La segunda etapa, de mayor tranquilidad y labor, es denominada por Bruno como período definitivo. En éste se dieron la mayor parte de los decretos y disposiciones conciliares que providencialmente impidieron el fracaso de la reunión [9].

En este concilio prácticamente estuvo representada toda la Iglesia en América del Sur y América Central presente en dominios españoles, puesto que se contó con la asistencia no sólo de los Obispos del Cuzco, Santiago de Chile, La Imperial, Paraguay, Quito, Charcas y Tucumán, sino que también hubo delegados de La Plata, Nicaragua y de las órdenes religiosas, que además enviaron a sus teólogos más insignes para que tomaran parte en las sesiones conciliares. Entre ellos cabe destacar al jesuita José de Acosta, acaso el teólogo más trascendente de la historia americana.

Se extendió el Concilio desde el ó desde el 15 de agosto de 1582 hasta el 28 de octubre de 1583 y dos fueron los grandes temas de la reunión conciliar: la promoción religiosa y social de los indígenas y la reforma del clero. Los Obispos tomaron posición a favor de la defensa de los indios frente a las injusticias que pudieran haberse cometido contra ellos: "Doliéndose gravemente este santo sínodo que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy procuran hacer lo mismo; ruega por Jesucristo y amonesta a todas justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios, y enfrenen la insolencia de sus ministros cuando es menester, y que traten a estos indios, no como esclavos, sino como hombres libres y vasallos de la majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su Iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos mandan muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana" [10].

La enseñanza de la doctrina cristiana impartida a los indígenas debía ser lo más clara posible [11], motivo por el cual se decidió elaborar un catecismo [12] único en castellano, quechua y aymará. El mentado P. José de Acosta, basándose en el catecismo tridentino elaborado por encargo del Papa San Pío V, redactó el texto en castellano, que fue traducido luego a las lenguas de los indios por los eminentes lingüistas Juan de Balboa y Blas Valera. Ya para los años de 1584 y 1585 estaban listas las ediciones de los catecismos, que fueron los primeros libros impresos en América del Sur. Este catecismo sería la preciosa fuente doctrinal en la que beberían los católicos americanos hasta los albores del siglo XX.

No obstante, el Concilio no se dedicó exclusivamente a la enseñanza de la fe a los indígenas, sino que consideró importante también dar indicaciones claras y precisas sobre la promoción humana [13] de los indios, basándose en la idea - siempre presente en la doctrina cristiana - de que no se puede construir una sólida vida espiritual si no existen previamente unas condiciones mínimas indispensables para una existencia humana y digna [14]. "La vida cristiana y celestial enseña que la fe evangélica pide y presupone tal modo de vivir, que no sea contraria a la razón natural e indigna de hombres, y, conforme al Apóstol, primero es lo corporal y animal que lo espiritual e interior". Por eso mismo, no solamente se debía prestar la asistencia adecuada a los indios, sino también ofrecerles una educación que los llevara a vivir en condiciones dignas, lo cual incluía normas de conducta y urbanidad, orientadas más que nada al respeto propio y del prójimo. Pero a la vez que se mandaba esto, se buscaba que se llevara a cabo evitando todo actitud impositiva y autoritaria hacia los indígenas: "todo lo cual no se ha de ejecutar haciendo molestia y fuerza a los indios, sino con buen modo y con un cuidado y autoridad paternal".

Para lograr estos objetivos, una de las condiciones ineluctables era que los clérigos testimoniaran una vida ejemplar y una dedicación sacrificada a la labor evangelizadora [15]. Lamentablemente, no siempre ocurrió así. Hubo clérigos seculares dedicados a actividades impropias de su estado de vida, como, por dar sólo brindar algunos ejemplos, el juego y negocios lucrativos rayanos con la usura. No faltaron tampoco los que, faltando gravemente a su estado, tuvieron trato íntimo con mujeres y aún – en el peor de los males – los que se plegaron a las múltiples recidivas idolátricas o brujeriles, cuando no decididamente heréticas. Hubo de eso en la América del amanecer de la fe -¿por qué negarlo? – pero en proporciones tan ínfimas y poco representativas que cualquier generalización escaparía a la mera confusión y se situaría en la más completa mala intención. No otra cosa han realizado las tan llevadas y traídas leyendas negras.

Lo cierto es que, con el fin de cortar estos males de raíz, el Concilio prohibió a los sacerdotes y agentes pastorales dedicarse al comercio, la explotación industrial y todo aquello que implicara negociación lucrativa. Además, dado que debían saber las lenguas de los indígenas para poder evangelizarlos, se facultó a los visitadores eclesiásticos para reemplazar a los curas que no las supiesen.

Párrafo aparte merecen los muchos y muy útiles instrumentos pastorales que el IIICL proveyó a los misioneros y curas de almas. Bajo la inspiración de Acosta y la guía pastoral de Toribio, este Concilio se propuso un ambicioso proyecto evangelizador que concluyó en "la elaboración de tres catecismos relativamente cortos preparados para la instrucción inmediata de los indígenas (Doctrina cristiana, Catecismo breve para los rudos y ocupados y Catecismo mayor para los que son más capaces); un extenso Tercer Catecismo o Catecismo por sermones, redactado para facilitar la actividad pastoral de los misioneros; y un Confesionario para los curas de indios (...) todo ello se tradujo al quechua y al aymará" [16]. De todos éstos, el Tercero Catecismo fue el instrumento pastoral más importante [17]. A propósito del IIICL y de sus instrumentos pastorales, y partiendo de conceptos propios de la historia del derecho, Antonio García señala que la vigencia, recepción y uso del mismo se extendió mucho más allá del ámbito peruano llegando incluso al Ecuador, el Reino de Nueva Granada y Venezuela además de los más cercanos Chile y Río de la Plata [18]. Y esto aún teniendo en cuenta las varias desavenencias de algunos obispos con Santo Toribio de Mogrovejo.

Cieza de León, recogiendo las realidades contrapuestas dadas por la evangelización y el antitestimonio, concluye su Crónica del Perú en los siguientes términos: "Y los indios se convierten y van poco a poco olvidando sus ritos y malas costumbres, y si se han tardado, ha sido por nuestro descuido más que por la malicia de ellos; porque el verdadero convertir los indios ha de ser amonestando y obrando bien, para que los nuevamente convertidos tomen ejemplo. [19]"

El Concilio de Santo Toribio entonces. La gran inauguración de su celo evangelizador y el inicio de su camino catequético. La segunda nota de su santo carácter: la del evangelizador armado con el Catecismo, para terror de los hechiceros, apóstatas y herejes, y gloria de la Iglesia de Cristo para la salvación de los hombres.

Colofón

No es tema menor el aniversario que nos mueve a ensayar este humilde homenaje y mucho mal haríamos en verlo y vivirlo como mera efeméride sin más trascendencia que su ubicación en el calendario. Porque el verdadero sentido de todo aniversario no puede ser más que la recordación de los arquetipos para su debida imitación. Todo lo demás es caricatura.

La Hispanoamérica de hoy, igual que la de Santo Toribio, exige obra evangelizadora. Nada nuevo ni original decimos, pues es lo que nos enseña el Magisterio Auténtico de los últimos cuarenta años, especialmente a través del entrañable testimonio de Juan Pablo II, que le dio a nuestra tierra un nuevo nombre propio: el Continente de la Esperanza.

Impele entonces la nueva evangelización que destierre y reduzca al olvido los males que hacen palidecer el panorama que los misioneros de otrora encontraron en estos lares. O, ¿acaso la idolatría de hoy no es mas inicua que la de antaño? ¿No son sus ídolos mil veces más perniciosos? Y, ¿no son los contemporáneos sacrificios humanos – homicidio, infanticidio, aberración abortista perversísima e ideológicamente legitimada - la mayor de las tragedias que azotan a nuestro Continente y al mundo entero? ¿Y qué decir de la perversidad de las costumbres? Mil veces más dañina que las de nuestros antepasados, cuanto más aceptadas y convalidadas son. Y ni que hablar de nuestro antitestimonio y de la falsía farisaica de quienes por deber de estado y por vocación deberían estar anunciando a Cristo y – muy por el contrario – lo niegan con su tibio proceder y su indecible difusión de la ponzoña ideológica.

Nueva evangelización, nuevos testimonios, nuevos mártires. Y todo a través del prisma arquetípico, el ejemplo impertérrito de los héroes y santos de ayer y de siempre. Por eso – antes que nada y por sobre todo – urge el rescate de las figuras que, a imitación de Cristo, anuncian la Venida de su Reino. Figuras paradigmáticas que nos convocan al Redil haciendo tañir las Campanas, al amanecer, antes de cada entrevero.

He aquí la Campana que hemos de hacer repicar para que nuestros contemporáneos, sedientos de Verdad y Esperanza, despierten y se pongan en marcha. La Campana que nos lega Santo Toribio, no para que la releguemos al desván polvoriento de nuestra memoria, no para homenajearlo deslucidamente, sino para encarnar nosotros – la Iglesia que hoy peregrina – el ideal de santidad y de heroísmo que es menester conservar para hacer frente este Buen Combate que el Siglo Oscuro nos impone.

Camino, catecismo y campana. La triple vocación de nuestro Apóstol. Y nuestra inaplazable misión.

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Sebastián Sánchez

Bibliografía

Carlos BACIERO: "Acosta y el Catecismo Limense. Una nueva pedagogía", en: AAVV: Inculturación, Universidad Pontifica de Salamanca, 1988.

José Antonio BENITO RODRIGUEZ: Toribio Alfonso Mogrovejo, Lima, Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2001.

Cayetano BRUNO: Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Don Bosco, 1966.

Pedro de CIEZA DE LEÓN: La Crónica del Perú, Madrid, Espasa Calpe, 1962.

Juan Guillermo DURÁN: "EL 'Tercero Catecismo' como medio de inculturación de la fe", en: AAVV: Inculturación del Indio, Salamanca, Pontifica Universidad de Salamanca, 1988.

Genaro GARCIA: El clero en México durante la dominación española, según el archivo inédito Archiepiscopal Metropolitano, en: Ídem: Documentos inéditos y muy raros para la historia de México, México, Porrúa, 1974.

Antonio GARCIA y GARCIA: "Vigencia, recepción y uso del Concilio Tercero de Lima en los Concilios y Sínodos de Indias", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992.

Ángel SANTOS: "Promoción humana y formación profesional del indio", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992.

SARANYANA et. Al. : Teología en América, Desde los orígenes a la Guerra de Sucesión (1493-1715), Madrid, Iberoamericana, 1999.

Josep Ignasi SARANYANA: "Alcance cultural de la primera evangelización americana. Visión general", en: V Encuentro de Centros de Cultura, Puebla, 2001.



[1].- Más allá de cualquier hermenéutica ideologizada, tomamos la expresión Nuevo Mundo para caracterizar a una América que, a partir de 1492, no es estrictamente española pero tampoco indígena. Es realmente un "mundo nuevo", doblemente fecundado por la sangre castellana y la Semilla del Verbo, una empresa tan enteramente original que no encuentra parangón en la historia.

[2] SARANYANA et. al.: Teología en América. Desde los orígenes a la Guerra de Sucesión (1493-1715), Madrid, Iberoamericana, 1999, p. 91.

[3].- Ídem., p.94.

[4].- Ídem., p.97. Fruto de estas primeras expresiones de la legislación eclesiástica indiana fueron las bulas indianas de Paulo III, la Sublimis Deus y la Altitudo Divini consilii, particularmente influidas por la actuación de dos importantes misioneros y teólogos de Indias: Fray Julián Garcés y Bernardino de Minaya.

[5].- La primera diócesis del Perú, la del Cuzco, cuyo obispo fue fray Vicente Valverde, abarcaba prácticamente todos los territorios conquistados conocidos en aquella época. Por ello, con el fin de facilitar la labor evangelizadora, Francisco Pizarro y el mismo obispo Valverde solicitaron a Carlos V que se procediese a la división de la diócesis cuzqueña en tres obispados. El Rey se lo pidió al Papa, de acuerdo al régimen del Patronato. De este modo, Pablo III creó el 4 de mayo de 1541 las diócesis de Los Reyes (Lima) y Quito, reduciéndose considerablemente el territorio de la diócesis del Cuzco. Loayza, quien había nacido en Trujillo de Extremadura (España) en 1498, entró en Lima el 25 de julio de 1543.

[6].- Cf. José Antonio BENITO RODRIGUEZ: Toribio Alfonso Mogrovejo, Lima, Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2001, p.9.

[7].- Citado por RODRIGUEZ: Op. Cit., p.22.

[8].- Ídem., p.23.

[9].- Cf. Cayetano BRUNO: Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Don Bosco, 1966, pp. 400-421. Véase también Vicente SIERRA: El sentido misional de la Conquista de América", Buenos Aires, Dictio, 1980, pp. 297-305.

[10].- III Concilio Limense, citado por BENITO RODRIGUEZ: Op. Cit., p.32.

[11].- Señala Durán que el Catecismo emanado del Concilio Limense daba a los misioneros diversas reglas prácticas para la catequesis de los neófitos entre las cuales se hallaban: la adaptación al auditorio, la enseñanza de lo 'esencial', la frecuente repetición, discurrir siempre a modo de plática y mediante razones símiles y afectos. Vid. Juan Guillermo DURÁN: "EL 'Tercero Catecismo' como medio de inculturación de la fe", en: AAVV: Inculturación del Indio, Salamanca, Pontifica Universidad de Salamanca, 1988, pp.136-137.

[12].- Cf. Carlos BACIERO: "Acosta y el Catecismo Limense. Una nueva pedagogía", en: AAVV: Inculturación, Universidad Pontifica de Salamanca, 1988, pp.201-262. Asimismo vid. Juan Guillermo DURAN: "El Tercero Catecismo", en: Ídem., pp. 83-189. Señala asimismo Saranyana que "el planteamiento humanista de los catecismos es innegable (...) Los catecismos del XVI y XVII constituyen un testimonio inequívoco de la alta estima que el cristianismo siempre ha tenido por todos los hombres, redimidos por Jesucristo, sin distinción de razas, lenguas y culturas. Desde el punto de vista teológico, el influjo de Tomás de Aquino es notable. La consideración tomasiana de la condición humana, difundida por toda América por la Escuela de Salamanca, origen de las primeras denuncias profética antillanas de 1511, fecunda una pastoral supone que la naturaleza no es destruida por la gracia, sino supuesta y sanada. Por eso, a los evangelizadores nada de los indígenas les era ajeno, como tampoco a la Iglesia, si ello suponía un auténtico logro de la cultura humana. Cf. Josep Ignasi SARANYANA: "Alcance cultural de la primera evangelización americana. Visión general", en: V Encuentro de Centros de Cultura, Puebla, 2001, p.21.<

[13].- Cf. Ángel SANTOS: "Promoción humana y formación profesional del indio", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992, pp.155-199.

[14].- SARANYANA: Teología en América, p. 173.

[15].- Ídem., p. 174.

[16].- Ibíd.

[17].- El título del proemio de este Catecismo nos brinda una idea de las materias que trata: "Del modo que se ha de enseñar y predicar a los indios". El Catecismo está compuesto por treinta y nueve sermones que se reparten de la siguiente forma: nueve sobre la fe y algunos artículos que hay que creer; ocho sobre los sacramentos; diez sobre los mandamientos; dos sobre el Padrenuestro; y dos sobre los novísimos o postrimerías. Cf. SARANYANA: Teología, pp. 176-177. Asimismo véase DURÁN: Op. Cit., pp. 136-138 y Luis RESINES: "El Catecismo Limense", en: AAVV: Inculturación, pp. 191-200.

[18].- Cf. Antonio GARCIA y GARCIA: "Vigencia, recepción y uso del Concilio Tercero de Lima en los Concilios y Sínodos de Indias", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1989, pp.11-40.

[19].- Pedro de CIEZA DE LEÓN: La Crónica del Perú, Madrid, Espasa Calpe, 1962, p.292.

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