viernes, julio 25, 2014

Siervo de Dios, Fray Luis López de Solís (Salamanca, 1534; Quito, 1606)

Siervo de Dios, Fray Luis López de Solís (Salamanca, 1534, Quito1606)

Luis López Solís

Personaje insigne

"Fray Luis López de Solís es una de las grandes figuras de la Iglesia quiteña, [que comprendía el Ecuador actual], así como uno de los miembros más insignes de la Orden Agustiniana en su siglo", escribía este servidor al estudiar la Acción Pastoral de este prelado. Lo corroboro para añadir que se distinguió por su sabiduría en la cátedra de Teología, por su prudencia y acierto en el gobierno de la Orden en Perú y en la organización pastoral del extenso obispado de Quito. Es por añadidura, siervo de Dios, cuyo proceso de beatificación y canonización se halla en Roma.

Nacimiento. Ingreso en la Orden

Nació este ejemplar personaje en la ciudad de Salamanca el año 1534, en el hogar formado por Francisco de los Ríos y María López de Solís. Optó por usar los apellidos maternos, como era frecuente en la época. Tuvo más hermanos, pues una sobrina carnal residió en Quito, casada con un secretario de nombre Cristóbal Macedo. En la célebre universidad de su ciudad natal siguió los estudios de Artes y a los 18 años entró en el noviciado del convento de San Agustín, donde emitió sus votos religiosos el 9 de mayo de 1553. En este cenobio, lleno de recuerdos de hombres santos, entre otros, San Juan de Sahagún, Santo Tomás de Villanueva, en aquellos momentos arzobispo de Valencia, San Alonso de Orozco, a quien debió conocer de paso por allí, además de leer algunos de sus escritos de espiritualidad. Aquí siguió los estudios teológicos dictados por algunos de aquellos grandes maestros agustinos de la época, entre los cuales debió de conocer al joven fray Luis de León.

Misionero voluntario para el Perú

Ordenado de diácono, se alistó para ir de misionero al Perú. Según los biógrafos, los superiores y maestros sintieron su decisión porque "tenían todos puestos los ojos en él y esperaban de sus virtudes, ingenio y gran juicio, efectos admirables". Ganó la Iglesia y la Orden en los nuevos reinos de Perú y Quito. Se embarcó en la llamada segunda barcada, de acuerdo a los cronistas, bajo la responsabilidad del P. Pedro de Cepeda, el 6 de febrero de 1558. Se cuenta una anécdota que tuvo lugar en Cádiz, mientras se dirigía al puerto. Un astrólogo le pronosticó que llegaría a Papa si se decidía a ir a Roma y si, por obediencia debía de ir a Indias, alcanzaría allí la suprema jerarquía. No tiene otro valor que el de la anécdota, que el interesado río con ganas, sin embargo, poco ante de morir fue presentado para arzobispo de Lima, sede primada del continente suramericano.

Tarea misionera, teológica y de gobierno

En Lima recibió la ordenación sacerdotal y pasó dos años de misionero en el Alto Perú (actual Bolivia) entre las tribus de los Uros, situados en las cercanías del lago Titicaca, provincia de Paria. Aprendió el difícil idioma de la indígenas, como primera medida para mejor evangelizarlos, promovió el desarrollo cultural de los indígenas, creó el pueblo de Challacollo, como centro misional, desde donde irradiaba la acción misionera y formación humana. Los superiores le destinan a la formación de los jóvenes profesos, mediante su docencia de Teología. En 1563, con solo 29 años ya fue nombrado definidor o consejero provincial, cargo que desempeñó en cinco períodos. Fue dos veces prior del convento de Chuquisaca ( actual Sucre), cuatro veces prior del convento de Lima y provincial en dos cuatrienios, la primera cuando sólo tenía 35 años.

A sus grandes dotes de gobierno dentro su Orden, reconocidas por todos, unió su preparación teológica, como lector, maestro y doctor en Teología, materia que explicó en la cátedra de vísperas de la Universidad de San Marcos de Lima, obtenida por oposición. Su autoridad teológica le valió ser escogido por Santo Toribio de Mogrovejo para asistir como asesor suyo en el célebre III Concilio Provincia de Lima de 1583. A otros dos concilios provinciales posteriores asistirá en calidad de prelado. Siendo Provincial, envió a Quito a los PP. Luis Álvarez de Toledo y Gabriel de Saona, dos puntales de primer orden, para fundar la Provincia de San Miguel de Quito donde los agustinos llevaban ya varios años ejerciendo su labor pastoral.

Obispo de Quito

El 1 de octubre de 1591 es preconizado Obispo de Asunción (Paraguay). No pudo tomar posesión porque, mientras esperaba las Bulas del Papa para ser consagrado, fue nombrado Obispo de Quito. Entre tanto, ….llegaban las citadas bulas pontificias, el Virrey le encomendó hacer la visita a la Audiencia de Charcas, cometido que realizó con el mayor fruto social y religioso. Consagrado obispo por Santo Toribio de Mogrovejo en Trujillo, siguió camino a Quito. Entre las primeras providencias pastorales, fundó el Seminario San Luis para la formación de sacerdotes, uno de los primeros y modelo, dotado de un selecto grupo de profesores de la Compañía de Jesús, a quien se lo encomendó. Poco después, adosado a éste, fundó otro colegio-seminario para indígenas con la idea conseguir sacerdotes celosos y evangelizadores, que supieran llegar al indígena y su cultura. Creó una serie de becas para aplicarlas con preferencia a los más pobres. Con el empeño de tener un clero bien capacitado, pidió con insistencia la creación de la Universidad, que conseguiría el agustino P. Gabriel Saona para el convento de San Agustín (Universidad de San Fulgencio).

El Prelado Solís se impuso a sí mismo la obligación de conocer todo su extenso obispado, que comprendía el actual territorio del Ecuador y alguna zona más. Para eso organizó una serena visita pastoral. Según los datos de la historia, llegó a todos los rincones, ya fuera de la dura montaña, del cálido clima de la costa o del oriente y proveía a las necesidades humanas y espirituales. Denuncia los males e injusticias, que encuentra y pone remedio. Al mismo tiempo comenzó la organización de su diócesis creando nuevas parroquias a fin de satisfacer las necesidades pastorales las ciudades, de los barrios y de los campos. Fomentó y proveyó de la atención a los santuarios, como centros de evangelización: El de Nuestra Señora Quinche, ante el cual el pueblo erigió más tarde una estatua en su memoria, el de la Virgen del Cisne, nuestra Señora de Guápulo y otros.

Una de las obras de mayor fruto para el gobierno de la parcela eclesial que le tocó cuidar fue la celebración de dos Sínodos diocesanos, en Quito en 1594 y en Loja, 1596. Sobre todo el primero de estos constituyó la base de la legislación de Ecuador en un largo periodo de su emancipación en gran parte del siglo XIX. Tanto en las actas de estos sínodos como en sus actitudes ordinarias, López de Solís se distinguió por la promoción humana de los naturales y defensa de los derechos humanos, que se dice hoy.

Como síntesis de la obra pastoral de Solís, podemos resumir su programa en dos de sus grandes opciones, la verdad y la justicia. La primera le lleva a organizar todo en torno al anuncio íntegro y fiel de la revelación y de la evangelización. La segunda a dar la cara por la defensa de los indígenas, de los pobres y los derechos de todos, incluidos los de la Iglesia frente a los abusos del poder civil.

Promovido al arzobispado de nueva creación de Charcas o La Plata (actual Sucre), de paso para ir a tomar posesión, muere en el convento de San Agustín de Lima, rodeado de fama de santidad en todo el Reino de Quito y en Lima, el 6 de junio de 1606.

Mensaje para el mundo de hoy

Dado que el proceso de beatificación de nuestro siervo de Dios está ya en Roma,podemos señalar alguno aspectos del mensaje que pude darnos para el mundo de hoy. En primer lugar es su generosidad al llamamiento de Dios, su humildad y servicio a los demás desde su puesto de pastor. Se distinguió en su vida por una opción clara por la verdad y la justicia, la defensa de los derechos humanos y su amor a Cristo presente en el culto y en cada uno de los hombres, sobre todo los más necesitados.

Félix Carmona Moreno, OSA

miércoles, julio 23, 2014

SOR MARÍA COCO Mogrovejo, Santo Toribio y el Monasterio de San Pedro Mártir de Mayorga

SOR MARÍA COCO Mogrovejo, Santo Toribio  y el Monasterio de San Pedro Mártir de Mayorga

La villa de Mayorga, a partir del siglo XVII, podría llamarse Mayorga de Santo Toribio de Mogrovejo. La compenetración espiritual del pueblo con su santo reviste caracteres tan entrañables que aquél parece mirarse en los ojos de éste. Ningún otro personaje mayorgano, por célebre que haya sido en las letras, la política o incluso el gobierno de la Iglesia, se halla tan cerca y tan dentro del corazón de los hijos de esta tierra. Admirado y venerado, es ejemplo de vida y título de gloria. Apropiándose una expresión bíblica que la liturgia aplica a María, cada mayorgano, a su modo, va diciendo a Santo Toribio: «eres el orgullo de nuestra raza».

Pero no corresponde a este libro detenerse en hacer memoria directa y laudatoria de la vida, heroísmo, dones y virtudes del santo, ni siquiera de su presencia devocional en la iglesia, hogares, instituciones y corazones mayorganos.

El objetivo de esta obra limita el campo a la reseña de algunos rasgos de su persona y santidad en cuanto que lo relacionan con otras vidas y figuras, más modestas ciertamente que la suya, pero grandes también en el amor, vinculadas al claustro de San Pedro Mártir; y esta reseña cabe hacerla bien por referencia al santo Toribio que hace el itinerario hacia la santidad (siglo XVI-XVII), bien por consideración al santo ya glorificado que mueve a su pueblo y al monasterio a realizar gestos de veneración y gratitud a Dios, acogiendo, por ejemplo, con gran amor sus reliquias (siglo XVII-XVIII).

1. TORIBIO Y MARÍA DE MOGROVEJO EN EL CAMINO DEL MÉRITO

En el archivo del convento se guarda sólo una carpeta con media docena de folios que son documentos relativos a la devoción y exaltación de santo Toribio, tras su muerte y beatificación. Se refieren concretamente al proceso de traslado de una valiosa reliquia del santo varón y obispo desde Lima al convento de San Pedro Mártir de Mayorga. Su fecha corresponde a finales del siglo XVII, es decir, a los años en que la Iglesia ya había reconocido el heroísmo de su vida y lo había presentado a la veneración de los fieles.

Esos documentos forman parte obligada de esta historia del monasterio. Pero reproducirlos escuetamente, sin reflejar el contexto familiar y espiritual previo, a partir del cual se producen, es privarles de todo su encanto. Por eso apetecerá al lector que se le traiga a la memoria brevemente un puñado de ideas y actitudes que, afectando principalmente al sacerdote y obispo, Toribio, y a su hermana, María Coco, religiosa dominica, centren adecuadamente su atención.

1.1.  María Coco y Toribio de Mogrovejo

Fueron los padres de Toribio, don Luis Mogrovejo (1504-1569), bachiller en Derecho y regidor perpetuo de la Villa desde 1550 a 1568 y doña Ana de Robledo y Morán (1508-1592), de ilustre familia de Villaquejida, provincia de León y diócesis de Oviedo, a 25 kms. de Mayorga. Se casaron en Villaquejida en 1534. Tuvieron 5 hijos: Luis, el mayor y el del mayorazgo (1535-1571),  Lupercio (1536-1587), Toribio -nacido el 16 de noviembre de 1538-, María Coco (1542-1618) religiosa dominica en el Convento "San Pedro Mártir" de Mayorga, Grimanesa (1545-1634) quien le acompañará a Perú con su esposo F. de Quiñones (1540-1605). Parece que tuvieron una hija más, Eufrosia, nacida en enero de 1547 y que falleció a los pocos días. Los restos de la familia Mogrovejo fueron enterrados en el convento de San Francisco, que estaba ubicado donde se encuentran actualmente las Escuelas, construidas desde el 27 de enero de 1930.

Son dos hermanos mayorganos que consumieron las mejores energías de su vida en la segunda mitad del siglo XVI.

Nació primero Toribio, en 1538; después su hermana, en torno a los años 1545-1550. Ambos eran de salud robusta y alcanzaron una edad admirable para el promedio habitual que se lograba en aquel tiempo. Él, fatigado del duro bregar misionero, apenas llegó a estrenar el siglo XVII, pues murió en 1606; en cambio ella dispuso al menos de 17 años para plenificar su entrega, ya que vivió por lo menos hasta el año 1617.

A ambos, como jornaleros de la Viña, se dedica este párrafo; no en forma de narración prolija de aconteceres que salpican la vida de cinco décadas sino más bien sorprendiéndolos en plena juventud, cuando se juegan el futuro en servicio a la iglesa y a la sociedad.

Nuestra mirada se detiene intencionadamente en un año clave y simbólico que afecta a los dos y los descubre en momentos cruciales. Es el año de 1578. En esa fecha suceden dos cosas:

        María Coco comienza a actuar, según los documentos de que disponemos, en pleno ejercicio de su responsabilidad como profesa solemne en el convento de San Pedro Mártir;

        y su hermano, el clérigo que sólo ha recibido Órdenes menores con vistas al futuro sacerdocio, es elegido y preconizado arzobispo para la ciudad y comunidad cristiana de Lima. Año crucial y feliz.

Un día, el 13 de junio de 1578, don Toribio, Inquisidor de Granada, recibe la noticia que cambiará el rumbo de su existencia: ha sido elegido para el episcopado, y se le ruega que acepte ser presentado al Santo Padre en orden a su confirmación-consagración. Don Toribio, sorprendido, acepta, y con ello da principio a un largo proceso que implicará sucesivamente varias cosas: periodo de confirmación, renuncia al servicio de Inquisidor, preparación personal y canónica para recibir gradualmente las sagradas Órdenes, hasta alcanzar el grado máximo, el episcopal. Este último acontecimiento sobrevendrá dos años más tarde, en 1580.

En lenguaje teológico debe decirse que don Toribio y Sor María alcanzan la plenitud de su consagración en torno al año 1578: ella en el silencio claustral, con dedicación al Amor hasta la muerte, y sin testigos externos de su obrar; él desplegando sus mejores dones para la causa del Reino de Dios a ojos vistas, desde la presidencia de una iglesia, la limeña.

No sabemos quién se adelantó al otro hermano, en 1578, para comunicar la noticia: pudo Ser Sor María quien anunció a Toribio, al ritmo de anteriores efusiones espirituales y fraternas, el gozo de su profesión solemne, sin retorno; y pudo ser también don Toribio quien manifestó, con temblor reverencial, su elección para presidir la iglesia de Lima.

Lo cierto es que, habiendo logrado cada uno la cumbre de su entrega, en vi- va experiencia de fe, cada cual esbozaba su peculiar sendero, sendero nuevo y distante. Hasta esa fecha, los caminos surcados por ambos fueron paralelos y en cercanía. Después de ella, las rutas aparecerán dispares y remotas, tanto que sólo la unidad de espíritu les mantendrá en íntima dependencia.

Como era previsible, ningún escrito de archivo pone ante nuestros ojos algo que la tradición afirma: el frecuente y profundo intercambio humano-espiritual entre Toribio y María, siendo él mayor y casi maestro, y ella más bien discípula. Pero cae de su peso la común vivencia de un cúmulo de hechos y verdades que los vinculan entre sí y con su madre.

Los dos, en efecto,

      compartieron infancia y juventud, yendo siempre por delante el herma no;

      los dos asumieron preocupaciones comunes en su juventud o primera madurez, dada la evolución de su hogar y la viudedad de su madre, do ña Ana Morán de Robledo, desde 1568;

        ambos compartieron ideales y sentimientos que hablaban de seguimiento de Cristo por vía de consagración sacerdotal o religiosa;

        y ambos gustaron sin duda el beneficio inestimable que supuso en su infancia-juventud la palabra y consejo de un gran maestro, su tío carnal, el doctor don Juan Alfonso († 1566).

Si consideramos la primera etapa de su andadura, infantil-juvenil, por el siglo XVI, nos es bien conocido el riguroso y selecto proceso de formación del clérigo y licenciado don Toribio; en cambio nos queda en total penumbra la formación recibida por Sor María, y es inútil gastar el tiempo en párrafos improvisados. A juzgar por las evidencias de la época, tenderíamos a pensar que la hermana recibió cultura sólo elemental, aunque suficiente. Una senda llevaba al magisterio, otra al discipulado.

Si seguimos avanzando en la segunda etapa del camino, cuando una y otro se sitúan en perspectiva humana y eclesial distinta, al estudioso le azuzan interrogantes de curiosidad humana y de valoración en fe, pues desearía conocer cómo se las hubieron los hermanos a la hora de pergeñar su futuro.

Los interrogantes al respecto pueden ser muchos, pero entre todos hay uno clave: ¿cuáles fueron los pensamientos que cruzaron la mente del clérigo que va para obispo, don Toribio de Mogrovejo, y la mente de la profesa solemne Sor María Coco, a medida que se acercaba la consagración episcopal de aquél, sabiendo que su carisma ministerial le proyectaba allende el mar?

Es bueno recordar algunos aspectos que son, al mismo tiempo, humanizadores de las personas y amoroso triunfo de la gracia. Don Toribio, antes que obispo, era hombre bueno y humilde, y hombre de familia. Designado para tan alta dignidad religiosa y social, sobre todo en su época, pensó en los suyos y acudió a su hogar y villa natal como hijo, hermano y amigo. Cuántas veces lo hizo no lo sabemos, pero sí nos consta que lo hacía sin ocultar quién era y colmado de gratitud y afecto.

Sólo después de consagrado obispo, y visitando la villa y familia en plan de despedida, parece que trató de ocultar su dignidad en mesones y pueblos, no en Mayorga, para evitar agasajos en el itinerario de Granada a Mayorga y de Mayorga a Madrid y Sevilla.

1.2. Don Toribio quiere tener consigo a su familia

Como hombre y obispo, don Toribio pensó, al menos en los años 1578- 1580, Y posteriormente entre 1581 y 1585, en no romper los lazos familiares sino mantenerlos con delicadeza.

Expresión de esa voluntad es un hecho fehaciente: quiso llevar a Lima consigo a sus familiares. ¿A cuántos? No lo sabemos.

          Su deseo fue secundado por la familia que formaron su hermana Grimanesa y don Francisco de Quiñones, e hijos; y también por algún sobrino proveniente de la rama de don Gonzalo de Mogrovejo. Pero eso no satisfacía plenamente las apetencias del nuevo obispo.

          Trató de que marchara también con él su madre. Esa es la fundada opinión del biógrafo del santo, don Vicente Rodríguez, que compartimos totalmente. Pero su madre no aceptó la oferta y prefirió permanecer en Mayorga donde contaba con tres amores muy estimados: el sepulcro de su marido, su casa-hacienda y su hija Sor María a la que dedicaba especial cuidado afectivo y económico.

          De lo que no teníamos noticia, hasta que descubrió la verdad el benemérito don Vicente Rodríguez'", es que pensara incluso en tener muy cerca de sí a Sor María Coco, la religiosa de San Pedro Mártir.

¿Cómo era posible esto en la mente de un obispo tridentino? Dos matices conviene subrayar para entender bien las cosas:

1.a Santo Toribio, al estilo de los grandes misioneros que se despedían de la tierra madre y de su familia, sin intención de retorno a ellas, pensaba que sólo podría tratarles con calor de familia a quienes se sumaran a su obra evangelizadora.

2.a En la Iglesia cabe muy bien mantener una fidelidad consagrada-religiosa, como la de Sor María Coco, incorporándose a comunidades contemplativas distintas de aquéllas en las que se emitieron los votos.

No es, por tanto, ninguna maravilla que don Toribio quisiera tener cerca de sí a su hermana monja, ni lo es el que gestionara la incorporación de ésta a algún monasterio de Lima, pues en esta ciudad ya había tres: el de Canónigas de San Agustín, el de la Concepción o el de Bernardas.

Lo importante históricamente es haber descubierto que don Toribio puso en ello notable empeño, desde 1578 a 1585 por lo menos. Así lo advierte don Vicente Rodríguez:

«La noticia referente a doña María Coco, monja, está en una carta del arzobispo don Toribio al Padre General de la Compañía, P. Aquaviva, de 3 de abril de 1585, por la que se desprende venía haciendo gestiones desde un principio. Había solicitado, en efecto, de la Santa Sede indulto para llevarse a Lima a su hermana, cambiando de convento y de Orden, pues los conventos de Lima no eran sino tres ...

Había interesado en ello al cardenal protector de la Orden dominicana, y tenía encomendado e! asunto, como todos los demás suyos cerca de la Santa Sede, a los Padres Jesuitas de la Curia General, y personalmente, al General, P. Aquaviva. En esta carta de 1585, de tan piadosa gratitud al Padre General por tantos buenos oficios en Roma, le agradece la merced de la última visita ad Limina realizada en su nombre y con poder suyo, y esta otra:

«Beso a Vuestra Paternidad muchas veces las manos por ello, y por la que V.P. me ha hecho en la solicitud de mi hermana la monja para poderla traer a estas partes, y de que se hará cerca de ello las diligencias posibles con el Emmo. Cardenal protector de la Orden» (A.R.S.I., Epp. Ext. 1, f. 142).

Leyendo el párrafo último entrecomillado, que corresponde al año 1585, cuando el obispo ya está en plena visita y organización de la archidiócesis, uno no sabe con exactitud a qué atenerse.

      ¿Fue el obispo quien forzó un tanto las cosas para tener cerca de sí a Sor María Coco, su hermana, y quien hizo todas las gestiones legales ante Roma para presionada amorosamente, sin contar para ello con su beneplácito ni el de la comunidad?

      ¿O sucedió más bien que ambos hermanos, previo acuerdo, solicitaron de Roma para Sor María el tránsito de Mayorga a Lima y su cambio de dominica a canóniga agustina, por ejemplo?

El texto es confuso, pues habla de «solicitud de mi hermana la monja para poderla traer a estas partes». No hay documentos complementarios que maticen la cuestión. La tradición conventual más verosímil carga las tintas diciendo que las gestiones comenzaron como obra directa del obispo, y que éste trató de facilitar el camino legal para que, posteriormente, informada la monja del placet romano, no tuviera argumentos canónicos en que apoyar su negativa. Pero en realidad todo son conjeturas.

Los hechos más claros son estos:

1)     Ni la madre de don Toribio ni su hermana Sor María salieron de Mayorga para Lima.

2)     Doña Ana de Robledo vivió muy cerca de su hija (a la que cuidó con su apoyo económico) y del convento de San Pedro Mártir, hasta su muerte acaecida en la casa solariega de Mayorga el año 1591.

3)     Sor María sólamente accedió a cambios y colaboraciones fuera de su convento cuando doña Ana ya descansaba en el Señor.

4)     Da la impresión de que Sor María Coco compartía dos afectos profundos: el de su madre y el de su hermano, pero dando primacía en intensidad al de su madre. Esta madre, aunque los documentos escritos no hablen demasiado, parece haber dotado a su hija con bienes copiosos.

5)     En la apreciación comunitaria se percibe cierto aroma de veneración a Sor María por ese gesto de permanencia en Mayorga, entendiéndolo como signo de fidelidad a sus compromisos de consagración como dominica. Y tal vez desde esa apreciación comenzó a tejerse la aureola de admiración y de santidad con que tradicionalmente se le honra.

1.3. Prestigio de Sor Maria Coco

Sor María Coco, a no dudado, es una personalidad de gran relieve en el monasterio y une a sus cualidades naturales, que le dan autoridad, rasgos de notable virtud. Cabe señalar cinco aspectos o manifestaciones de la misma:

1.° Mantiene espiritual conexión con su hermano y contribuye a la creación de cierto espíritu misionero en comunidad. Fruto de ese espíritu es la consiguiente veneración comunitaria al santo y a sus reliquias.

2.° Vive en disponibilidad, y cuando la muerte de su madre se lo permite, acepta colaboraciones con otros monasterios, como es el caso de la fundación del monasterio de Nuestra Señora de La Laura, en el año 1600, asumiendo un estatuto de vida austera, penitencial, de soledad, que dista mucho de la tradición dominicana contemplativa.

3.° Cuando el ensayo de vida casi ermitaña en La Laura parece poner en cuestión su identidad dominicana tradicional, opta por volver a su monasterio de Mayorga, previo acuerdo con sus superiores, en 1603.

4.° Su presencia en el monasterio de San Pedro Mártir es punto de referencia para numerosas vocaciones de jóvenes, que a veces llevan sus mismos apellidos, sobre todo en el siglo XVII.

5.° Su actuación como priora, a partir de 1603, no sabemos si por uno o por varios trienios, imprime un extraordinario dinamismo a la vida de la comunidad, tanto en su aspecto organizativo y espiritual como económico.

Es, por tanto, singular honor para el monasterio haber contado con esta religiosa, a través de la cual posiblemente se comenzó a vivir una espiritualidad que revise matices de doble presencia animadora: la de Santo Domingo y la de Santo Toribio.

 

(Tomado del libro: Real Monasterio de San Pedro Mártir de Mayorga del P.: Cándido ÁNIZ IRIARTE  Colección: MONUMENTA HISTORICA IBEROAMERICANA DE LA O. P.

Este libro es una síntesis de la historia de la Villa de Mayorga, población fronteriza de los antiguos reinos de León y Castilla, y de su evolución desde el siglo XII al XV, es decir, desde su población por Fernando II hasta su plena incorporación al señorío de los Condes de Benavente. Y es, sobre todo, el relato de la vida de un monasterio contemplativo dominicano, fundado por la Reina Catalina de Lancáster, esposa de Enrique III el doliente, en la Villa de Mayorga por el año 1394.

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