domingo, mayo 24, 2015

SANTO TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO, 1581-1606, APÓSTOL DE LOS ANDES. P. Enrique Fernández, SJ


Última actualización el Martes, 01 de Enero de 2008 09:40

20.    SANTO TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO, 1581-1606, APÓSTOL DE LOS ANDES

Formación elección

Nació el año 1538 en Mayorga (Valladolid, Castilla-León). Estudió Humanidades en Valladolid y Derecho allí mismo y luego en Salamanca, donde se graduó de bachiller en 1563. Tras una permanencia en Coimbra (Portugal), peregrinó a Santiago de Compostela para obtener al mismo tiempo la licenciatura en cánones el año 1568. Hasta 1573 intensificó su formación jurídica en Salamanca, donde se licenció in utroque.

Los testimonios acerca de su vida en el Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo, en Salamanca, durante tres años, lo describen "hombre de muy buena condición, buen entendi­miento y muy estudioso". Como en la infancia, también en la juventud dio muestras de rectitud moral inquebrantable. Incluso, cuando era colegial mayor, deliberó si ingresar o no en la vida monástica como cisterciense.

En 1574 pasó a ser uno de los tres inquisidores de Granada a los 36 años y con sus compañeros hubo de afrontar problemas de moriscos convertidos, atender horas de audiencia y realizar visitas por turno en el distrito granadino hasta 1580. Su gestión fue eficaz y sin merecer tacha alguna, por lo que pasó a presidir temporalmente el tribunal granadino.

Tras el fallecimiento del primer arzobispo de Lima se deseaba un prelado joven y de impulso misionero desde una sólida base jurídica. Esto llevó al rey Felipe II a presentarlo al papa Gregorio XIII como segundo arzobispo de Lima a los 39 años, tonsurado, pero sin órdenes menores. En un primer momento declinó el honor y la carga ante el rey; pero bien aconsejado, aceptó al fin el arzobispado de Lima en sendas cartas al papa y al rey Entonces recibió las cuatro órdenes menores y el subdiaconado. Quedó nombrado arzobispo de Lima por Gregorio XIII el 16 de marzo de 1579 y fue ordenado diácono y presbítero, también en Granada. Habiéndose despedido de su familia, del rey y del Consejo de Indias, fue consagrado obispo en Sevilla en el verano de 1580, probablemente en agosto. Con un acompañamiento de 22 personas, se embarcó rumbo al Perú en Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1580.

Lima recibe a su segundo arzobispo

Don Toribio Alfonso Mogrovejo era el primer arzobispo que, como tal, navegaba desde España a América. En la nao "San Andrés" le acompañaban don Francisco de Quiñones, primo y cuñado; doña Grimanesa e hijos, su hermana; don Antonio de Valcázar, que sería su provisor y vicario general; Sancho Dávila, su paje y fiel servidor, etc. Con el arzobispo nave­gaba también a las Indias del Perú una nutrida expedición de 16 Jesuitas, la 6a y quizás más brillante por razón de diez de sus componentes. Por cierto, otros tres sacerdotes jesuitas murieron en esta travesía atlántica.

La flota arribó a Nombre de Dios, en Tierra Firme, y en muías atravesaron los expedi­cionarios el istmo hasta Panamá, donde el arzobispo y acompañantes subieron a otra nave que los condujo a Paita, puerto norteño del Perú. El desembarco fue en abril de 1581. El arzobispo siguió por tierra hasta Jayanca, donde empezaba su jurisdicción, aprovechando todo el viaje subsiguiente por la costa hasta alcanzar su sede como una previsita para conocer a su pueblo, las doctrinas, los sacerdotes que las servían y las necesidades espirituales de este gran sector costanero de su arquidiócesis.

En Chancay se adelantaron a recibirlo los sacerdotes Pedro de Escobar y Pedro de Oropesa. Acompañado por ambos, ingresó en la pobre catedral limeña de muros de adobe y techumbre pajiza, pero dedicada en su humildad al culto de Dios y al servicio de su pueblo. Era el 11 de mayo de 1581. El día 4 se le había adelantado, desembarcando en el Callao, el nuevo virrey don Martín Enríquez de Almansa, que tan cordialmente iba a colaborar con el arzobispo en todas sus iniciativas.

Inmediatamente inició sus viajes de arzobispo misionero, pues en agosto dio principio al primero hasta Nazca en el sur, donde permaneció hasta fines de enero de 1582, esto es, unos cuatro meses. Realizado el sínodo 1o en Lima durante la cuaresma, se encaminó al norte después de la Pascua de Resurrección e internándose por la áspera cordillera de los Andes alcanzó Huánuco en un segundo viaje misionero. Allí permaneció hasta que hubo de presen­tarse en Lima quince días antes de la inauguración del Concilio Limense III.

El Arzobispo del Concilio

No tardó mucho tiempo el nuevo arzobispo en promover la celebración del tercer concilio provincial, tan deseado por todos. A los tres meses de su ingreso en Lima, oído el parecer del cabildo y de los superiores de las órdenes religiosas, citó por carta a todos sus obispos sufragáneos para abrir el 15 de agosto de 1582 el Concilio Limense III.

Conocido el desarrollo y los frutos del mismo, conviene hacer hincapié en los méritos del santo arzobispo en su realización y coronación, así como en la vigencia posterior de sus decretos. Santo Toribio Alfonso dio entonces pruebas de gran fortaleza y al mismo tiempo de paciencia, humildad y tacto para ceder a su tiempo, con el fin de coronar una obra que resultó excepcional por el acierto en ordenar la disciplina eclesiástica e imprimir a la Iglesia en el Perú un gran sentido pastoral y misionero.

Amante de la justicia no pudo dejar de afrontar las graves quejas contra don Sebastián de Lartaun. Lamentablemente el metropolitano se encontró casi aislado frente a los obispos sufragáneos menos uno. El apoyo del virrey llegó a faltarle por el fallecimiento de don Martín Enríquez Almansa. Frente a la violenta sustracción del libro de acuerdos y el intento de conciliábulo, no pudo dejar de ejercer su autoridad con censuras y excomunión; pero al fin cedió en su rigor para salvar el Concilio Limense III.

Pese a la complejidad y la duración -un año- de los episodios alrededor del obispo del Cuzco, los padres conciliares, bajo la presidencia de Santo Toribio Alfonso Mogrovejo, erigie­ron un verdadero monumento de la catequética iberoamericana con sus decretos y por la

composición complementaria de la Doctrina cristiana y catecismo para instrucción de los Indios.

Trece sínodos

El celo pastoral del segundo arzobispo de Lima no se detuvo en este Concilio Límense III, tan fecundo. Por desgracia los Concilios Limenses IV, de 1591, y V, de 1601, pueden considerarse fracasados en gran parte y no por culpa de Santo Toribio Alfonso. Fidelísimo al Concilio General de Trento, celebró sínodos diocesanos cada dos años, 13 en total, de los cuales 6 por lo menos los celebró en Lima.

El primero de ellos ya se había tenido en Los Reyes en la cuaresma de 1582, antes del Concilio Límense III. Entre febrero y marzo había condensado su fruto en 29 capítulos referentes a párrocos y doctrineros. En el 12o prohibía las danzas y representaciones en ermitas e iglesias sin aprobación episcopal. El segundo sínodo también se celebró en Lima el 8 de febrero de 1584 tras el Concilio Límense III y su resultado se compendió en 11 constitucio­nes, entre ellas que los párrocos llevasen matrícula de los que se confesaban.

El tercero se celebró en Santo Domingo de Yungay (Ancash) y terminó el 17 de julio de 1585. Fue más detenido que los anteriores y produjo 93 constituciones. No se exigiría a los Indios retribución por los sacramentos, se nombrarían fiscales y se prohibía el "sirwanákuy" o prueba y anticipación del matrimonio. El cuarto sínodo se verificó en Santiago de Yambrasbamba (Amazonas), provincia de los Chachapoyas, a primeros de septiembre de 1586. La constitución 19a prohibía a los corregidores intervenir en causas de idolatría.

El quinto tuvo lugar en San Cristóbal de Huañec, provincia de los Yauyos (Lima) en septiembre de 1588 y entre sus 30 constituciones estableció en 6 años el mínimo de perma­nencia de un doctrinero con su pueblo. Los sínodos sexto y séptimo se celebraron en Lima y en los meses de octubre de 1590 y 1592 respectivamente. El sexto, con asistencia de los dos cabildos, produjo 14 constituciones. El séptimo acordó 30 constituciones y estableció como día festivo, en Lima solamente, la celebración de San José.

El sínodo octavo se reunió en San Pedro y San Pablo de Piscobamba (Ancash) en noviembre de 1594. Entre sus 48 constituciones prohibía a los Indios abandonar las reduc­ciones y obligaba a los ordenandos a asistir a las clases de quechua. Se perdieron las actas del sínodo noveno de 1596 y las del undécimo de 1600. El décimo en 1598 se celebró en Huarás (Ancash).

El duodécimo sínodo de 1602 tuvo lugar en Lima con el resultado de 49 constituciones: prohibición de la "azua" y del "tabaco" para los sacerdotes. Culminaron los sínodos diocesanos

promovidos por Santo Toribio Alfonso Mogrovejo con el decimotercero de 1604 en Los Reyes el mes de julio, el cual publicó43 constituciones. Entre ellas se reservaba al obispo el pecado de vender "huarapo".

Visitas pastorales

El segundo arzobispo de Lima consideró que su máxima obligación era visitar a fondo su vastísima arquidiócesis, desde Nazca, lea y Cañete en el sur hasta Lambayeque, Illimo, Jayanca, Chachapoyas y Moyobamba en el norte.. Esto es, más de 1000 kilómetros en línea recta de sur a norte. En consecuencia habitó un tiempo mínimo en su casa arzobispal de Lima. Estas visitas generales o formales le exigieron una duración de varios años en cada una y desde luego la mayor parte de sus 24 años de dirección del arzobispado de Lima. La primera y la segunda comprendieron varios viajes, pues hubo de interrumpirlas por la necesidad de presentarse de cuando en cuando en la capital del virreinato y su sede propia. Además se vio precisado a realizarlas en zig-zag con frecuencia por urgencias pastorales que le obligaban a pasar de la Costa a la Sierra de improviso. Estas visitas pastorales, generales o formales, fueron tres, pues el santo arzo­bispo las emprendió a continuación de los concilios provinciales limenses de 1583, 1591 y 1601.

Primera, 1584-1590

El arzobispo emprendió su primera visita pastoral en abril de 1584 y desde el mes de mayo recorrió la provincia de Huallas. En Cajatambo hubo de excomulgar al corregidor Alonso de Alvarado por su mala administración; pero éste recurrió a la Audiencia de Lima, que lo amparó. Estas y otras contradicciones desalentaban al santo arzobispo por no poder remediar los males de que era testigo y se determinaba muchas veces a renunciar al arzobispado. Visitó la provincia de Chachapoyas en 1586, alargándose hasta las montañas de Moyobamba y Yapa.

Vio no pocas iglesias semiderruídas y se dolió de la irresponsabilidad de los corregidores de Indios, que no invertían el dinero de las cajas en los hospitales de Indios, como lo puntualizaban en un memorial de 22 puntos los sacerdotes doctrinantes de Pira (Huailas). En febrero de 1589 visitó brevemente la provincia de Trujillo para presentarse en octubre de 1590 en Lima en vistas al concilio provincial, luego diferido. Esta primera visita pastoral había durado casi siete años, en los que había recorrido 2.000 leguas con muchos peligros de vida y dejando en algún pueblo de los Andes su vajilla de plata como limosna, para contentarse él con "mates" de calabaza.

Segunda, 1593-1597

La abrió el santo arzobispo el 7 de julio de 1593 y la prolongó durante cuatro años. Es la mejor conocida gracias a los secretarios o escribanos que le acompañaban. Tuvo su primera fase en los alrededores de Lima: Magdalena, Surquillo, Lurigancho, El Callao, Santo Domingo

De Masma y Chocllo. En la segunda fase se alejó de Lima por la Costa hasta Lambayeque, marzo de 1594, e Illimo, pero derivando su ruta intermitentemente hacia el interior, esto es, remontando la cordillera de los Andes para reiterar su inspección de las doctrinas de Huailas, Cajamarca, Chachapoyas y Moyobamba. Esta segunda visita había durado cuatro años y tuvo su complemento en varios viajes apostólicos.

Tercera, -1605-1606

Comenzó esta postrera visita pastoral de Santo Toribio Alfonso Mogrovejo el 12 de enero de 1605. El infatigable arzobispo de Lima siguió la Costa e inspeccionó las provincias de Chancay, Cajamarca, Santa, Trujillo, Pacasmayo y Lambayeque. Por su parte estaba dispuesto y deseaba visitar las 200 doctrinas y más de su arquidiócesis en cuanto fuese posible proseguir este extraordinario esfuerzo de celo pastoral y apostólico.

Diario" de un arzobispo misionero

 Aunque Santo Toribio no nos dejó una relación personal de su primera visita de 1584 a 1590, en el Archivo del Cabildo Eclesiástico de Lima se conserva el Libro de Visitas, equi­valente a Diario de la segunda visita, que el santo arzobispo misionero hizo redactar a partir del 7 de julio de 1593 hasta diciembre de 1605. Abarca pues las dos últimas visitas pastorales del arzobispo de Lima, aunque la tercera quedó incompleta.

Este documento informa sobre cada curato, doctrina, anejos, haciendas, estancias y obrajes. Contiene estadísticas y pormenoriza datos sobre cada curato o doctrina, el presbítero o religioso que adoctrina en él, concretamente si sabe o no la lengua de los Indios y el sínodo que le corresponde, propiedades de la Iglesia, si alguna cofradía está establecida allí y el número de personas que el arzobispo confirmó, tanto en la primera visita de 1584 como en esta segunda, en cada lugar. Conocemos así no solo el itinerario, sino también la situación espiritual, una verdadera cata del estado religioso de los fieles de la arquidiócesis. Utilísimo también para los investigadores sobre demografía, evolución étnica, obrajes y ganadería. .

Al entrar en una población el arzobispo bendecía a cuantos lo habían recibido y a continuación oraba en el templo o capilla. Celebraba luego la santa Misa y se alojaba en la casa cural. Comía frugalmente lo común del país. Revisaba cuidadosamente la iglesia y los libros parroquiales por sí mismo o por alguno de sus acompañantes. Predicaba a Españoles e Indios en su idioma respectivo, sin aceptar regalos, mientras que él hacía limosnas a los necesitados. Procuraba no detenerse más de lo necesario para no ser gravoso. Con gran celo movía a los fieles a construir iglesia o capilla, si no la había, y él solía dotar a las más pobres con imágenes y ornamentos sacerdotales.

De cuando en cuando aplicaba un pueblo o anejo a doctrina distinta por razón de mayor proximidad o mayor posibilidad de ser atendida convenientemente. Este trabajo tan detallado del Diariolo hacían secretarios como Bernardido de Almansa, notarios o escribanos públicos como Francisco Hernández Vallejo, Pedro Arias de Arbieto, Antonio Luis Coello, Bernardino Ramírez, escribano real, Diego Muñoz, etc., a los cuales se agregaba de vez en cuando la firma del clérigo doctrinero, como Benito de Villafañe en Sucha.

Más viajes apostólicos

Fue extraordinario el empeño de Santo Toribio Alfonso Mogrovejo por visitar a su grey dispersa por la vastísima arquidiócesis de Lima, que abarcaba entonces más de la mitad del actual Perú hacia el norte. No visitó, claro está, la otra mitad central y sobre todo meridional, que pertenecía a la diócesis sufragánea del Cuzco, como tampoco podía inmiscuirse en la diócesis, igualmente sufragánea, de Quito.

Toda la vida del santo arzobispo misionero fue una visitación continua, la cual empezó, como hemos visto, nada más poner pie en Paita, pues en abril de ese año 1581 la inició en Jayanca, donde empezaba el territorio de su jurisdicción. Este fue su primer viaje misionero o prevísita pastoral a lo largo de la Costa norte, deteniéndose en las doctrinas, parroquias y ciudades camino de Lima.

El segundo viaje misionero lo realizó a continuación en el mes de agosto del mismo año 1581, desde Lima hacia el sur por ios ardientes arenales hasta Nazca. El tercero fue ya en la cuaresma de 1582 antes de iniciarse el Concilio Límense III, desde la Pascua de Resurrección hasta fines de julio. El arzobispo se internó en la Sierra, subiendo al espinazo de los Andes y atajando, al pie de cumbres de 5.000 metros y más, hasta alcanzar León de los Caballeros de Huánuco. Era su primera aproximación a esta ciudad de Huánuco, que visitaría repetidas veces.

La forzada permanencia en Lima a causa de la postergación del Concilio Límense V, que debería haberse abierto en 1598, pero sólo se inauguró en 1601, no logró retener al apóstol de los Andes durante los tres años de 1598, 1599 y 1600, sino que en este intermedio Santo Toribio Alfonso se desplazó a los alrededores de Lima, luego a las tierras cálidas de lca en el sur y a continuación ascendió a las ásperas provincias cordilleranas de Canta, Huarochirí, Yauyos y Jauja. De nuevo descendió a Cañete e Ica en la Costa. Por fin ascendió una vez más a los actuales departamentos de Junín y Huánuco. En total cinco expediciones misioneras más en esos tres años, que sólo retuvieron brevemente en Lima al arzobispo para el sínodo de 1600, el Concilio Límense V de 1601 y otro sínodo de 1602.

Anecdotario

Anécdotas mil, peligros incontables y muchos hechos heroicos acompañaron a Santo Toribio Alfonso Mogrovejo en estos viajes apostólicos y lo identificaron con su pueblo cris­tiano.

Careció a veces de comida y de cama, buscó a los Indios por riscos y despeñaderos, sufrió varias caídas peligrosas. Por ejemplo caminó una vez de noche y a deshora con un indio hasta el pueblo de éste, encaramado en los Andes. Entregado a la oración, se perdió una noche y se halló al borde de enormes barrancos camino del río Marañón. En la ruta a Moyobamba pasó hambre, sólo saciada momentáneamente con fritura de bananas verdes, cuyo valor de dos reales hizo depositar en el plátano para el dueño desconocido...

En Moyobamba entregó el guión arzobispal, vinajeras, salvilla y platillos, todo de plata, para que se hiciese una custodia y entregó además un frontal y una casulla. En su viaje a Taquilpón atravesó el caudaloso y rugiente río Santa amarrado como un bulto más en la maroma o crisneja.

En los valles de Trujillo enfermó gravemente tras caer en un río. En una de tantas sierras ásperas cayó de la mula en un mal paso y sólo se libró de la muerte gracias a su criado. En Moyobamba caminó treinta leguas a pie en busca de poblados antiguos hasta caer desmayado y hubo de ser transportado en camilla bajo la lluvia torrencial hasta el pueblo de Olleros, cuando ya se le creía muerto. Al sur de Lima cruzó en crisneja, con gran peligro, el río Mala, crecido por las lluvias, y sin permitirse refacción y descanso acudió a confirmar a un indio enfermo distante un cuarto de legua.

Rey y virreyes

El segundo arzobispo de Lima lo fue durante el sistema del Patronato Real y actuó dentro del mismo sin fricciones mientras las autoridades virreinales no se excediesen en el ejercicio de los derechos concedidos por la Iglesia. Este respeto y lealtad fue constante bajo el rey Felipe II, que lo había presentado al papa Gregorio XIII como arzobispo de Los Reyes cuando era solamente clérigo inquisidor, notablemente joven para un cargo pastoral de tanta responsabilidad.' Un gran acierto del Rey Prudente.

Fueron cordiales las relaciones de Santo Toribio Alfonso con el virrey don Martín Enríquez Almansa (1581-1583), quien lo apoyó resueltamente mientras vivió. Podemos calificar de regulares sus relaciones con el nuevo virrey don Fernando de Torres y Portugal, conde de Villar Don Pardo (1586-1589). Fueron muy sufridas por el contrario las relaciones del santo arzo­bispo con el virrey don García Hurtado de Mendoza (1589-1596), segundo marqués de Cañete, pues transcurrieron en casi constante tensión por el problema de la doctrina arzobispal de San Lázaro con la de Santiago del Cercado de los Jesuitas. El climax de esta tensión puede centrarse en la creación del Seminario de Santo Toribio de Astorga y en el supuesto memorial al papa, del que el santo negó ser autor.      

Con el virrey don Luis de Velasco, marqués de Salinas (1596-1604) mejoraron las relaciones, gracias al mutuo respeto y al talante jurista, pero apostólico del santo arzobispo. Y fueron fáciles las relaciones del metropolitano con el virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde Monterrey (1604-1606), tan piadoso como desprendido, pues murió pobre, precedien­do en poco más de un mes al santo arzobispo en el fallecimiento.

Las ausencias del arzobispo de su sede metropolitana fueron criticadas en diverso grado por los virreyes y el rey Felipe II hubo de recomendarle dos veces que hiciese frecuente su presencia en Lima. El rey estimó mucho al arzobispo de Lima y lo respaldó hasta el punto de desautorizar al virrey García Hurtado de Mendoza al dar la razón al arzobispo cuanto a la erección y régimen del Seminario.

Semblanza. Muerte en Saña, 1606

Experto en derecho, inquisidor por breve tiempo, sacerdote siempre y pastor consagrado al pueblo de Dios ciento por ciento, Santo Toribio Alfonso Mogrovejo tuvo que resistir firmente a sus opositores en el Concilio Límense III, los obispos del Cuzco y del Tucumán, y a veces al regalismo creciente de algún virrey; pero en todos los casos con serenidad, moderación, firme paciencia y nunca desmentida humildad.

Los bienes del santo arzobispo fueron cortos y siempre se desprendió de ellos en favor de los pobres. También hubo de conocer y sufrir las críticas que se hacían a su gobierno: largas ausencias de Lima, bondad excesiva con los Indios hasta la credulidad, rapidez en sus visitas pastorales, que no lograron suprimir del todo la idolatría en "huacas" y adoratorios... Todo lo soportó con humildad, una de las grandes virtudes que resplandecieron en el santo arzo­bispo de Lima.

Santo Toribio Alfonso Mogrovejo fue pues un obispo itinerante, apostólico, misionero, que convivió con los. Indios andinos, visitando sus "aillos", aprendiendo y practicando su lengua quechua, compartiendo su alimentación y su pobreza. Prefirió desde el primer momen­to peregrinar impenitentemente por Costa y Sierra del centro y del norte del Perú en vez de habitar establemente en sus casas arzobispales de Lima.

El santo arzobispo misionero deseaba celebrar la semana santa de 1606 en Saña. Allí le esperaba el supremo pastor para recoger su alma y premiar los veinticuatro años de perseve­rante gobierno pastoral. Era jueves santo aquel 23 de marzo de 1606. Recibidos los santos sacramentos, en las primeras horas de la tarde renovó la profesión de fe y entonado el credo, mientras Jerónimo Ramírez, prior agustino, cantaba el salmo Credidi al son de su arpa, expiró Toribio Alfonso Mogrovejo arzobispo de Lima y Apóstol gigante de los Andes del Perú.

Una vez embalsamado su cuerpo, quedó sepultado en el templo de Saña. Pero en agosto fueron trasladados sus restos a la nueva catedral limeña, inacabada, pero cuyas naves se alzaban ya por entonces. En 1631 se inició su proceso. Inocencio XI lo beatificó en 1679 y Benedicto XIII lo canonizó el 10 de diciembre de 1727.


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