martes, abril 12, 2016

PRIMADO DE ESPAÑA ESCRIBE BELLA CARTA A LOS DEVOTOS DE SANTO TORIBIO

Monseñor Braulio Rodríguez, actual arzobispo de Toledo y primado de España, fue arzobispo de Valladolid y estuvo en Lima con motivo del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio. Les comparto la bella carta escrita a los "devotos de Santo Toribio" en Madrid para su fiesta de 17 de abril. De igual manera, les ofrezco su estupendo escrito en el 2006 sobre el Santo.

PASTORAL SOBRE SANTO TORIBIO. El más grande obispo misionero del nuevo mundo

Año diocesano 2006, cuarto centenario de la muerte de Santo Toribio de Mogrovejo

1. El 12 de diciembre de 2005 la Penitenciaría Apostólica respondía afirmativamente a una solicitud que yo había hecho al Santo Padre: que en el año 2006, declarado por mí Año Diocesano dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo en el IV centenario de su muerte, se concediera la Indulgencia plenaria a los fieles que, bajo las condiciones usuales de Confesión sacramental, Comunión eucarística, recitación de la oración dominical y del Credo por las intenciones del Romano Pontífice, la quisieran recibir. Lo considero una deferencia del Papa Benedicto XVI para con esta Iglesia de Valladolid, hermanada a la Archidiócesis de Lima por el Santo Arzobispo.

2. ¿Cuáles son las causas que me han llevado a acceder a la petición de un Año Diocesano que me hizo la parroquia y la villa de Mayorga por medio de sus sacerdotes? Son varias. Algunas tienen que ver con ofrecer la posibilidad de renovarnos cristianamente y como Iglesia viendo el testimonio de la figura gigante de Santo Toribio, "el más grande Obispo misionero del Nuevo Mundo"; otras se relacionan con la posibilidad de mostrar a adolescentes, jóvenes y mayores cómo siguiendo a Jesucristo se consigue ser personas humanamente muy valiosas, viviendo con pasión, alegría y paz la forma de vida que inauguró el Salvador, nuestro Señor Jesucristo, cara al Padre de los cielos, y que crea igualmente una nueva manera de relacionarnos y amar a los demás hombres y mujeres con los que nos encontramos en nuestra vida.

Santo Toribio es un ejemplo diáfano de vida cristiana; es, además, alguien nacido en nuestra tierra, en la que fue bautizado y educado en la fe católica. Particularmente importante es mostrar a los jóvenes de esta Castilla nuestra que la vida cristiana hace bien a las personas, mejores ciudadanos, que merece mucho la pena esa vida cristiana; y que ha sido la Iglesia Católica, engendradora y Madre de los cristianos, quien ha posibilitado esta forma de vida, basada en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, vivo y resucitado. Reconocer los fallos que los hijos de esta Iglesia hemos tenido para nada debe significar aceptar sin crítica ese desdén, desprecio, e incluso insultos que se dan en muchos de nuestros contemporáneos hacia la Iglesia Católica; no ver las cosas grandes que han hecho los hijos de la Iglesia, hombres y mujeres, a lo largo de la historia, imposibilita una aceptación cordial de Cristo y su Evangelio y, con ello, la transmisión de la fe. Todo lo cual supone para nosotros un reto formidable, pues sin transmisión de la fe a las nuevas generaciones no habrá, lógicamente, cristianos en el futuro.

3. Pero otra de las razones por las que hice mío el deseo de un Año Diocesano dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo es el deseo de que desaparezca el desconocimiento de lo que este Santo significa, de su vida y actividad apostólica, de creador de unas condiciones nuevas en la Archidiócesis limeña; conocer también la dedicación infatigable de este Arzobispo a sus fieles, sacando de su fe católica, vivida con intensidad y generosidad, la capacidad para abrir el futuro afrontando los retos pastorales del momento. Se trata, en realidad, de recuperar la memoria histórica de nuestro pueblo cristiano, que en tantas ocasiones desconoce a sus grandes mujeres y hombres y lo que hicieron para vivir su fe.

4. Me parece igualmente interesante resaltar que este Año Diocesano 2006 puede ayudarnos a potenciar el Plan Diocesano de Pastoral para el trienio 2004-2007 ¿Qué hemos de hacer, hermanos?. Recordemos sus tres prioridades pastorales: el cuidado y la formación sólida de los cristianos que deben llevar a cabo la evangelización; la de querer recobrar en los católicos de Valladolid el entusiasmo por el anuncio del Evangelio de la esperanza; la tercera insiste en el misterio de comunión eclesial entre los que formamos la Iglesia. Ponemos, pues, a Santo Toribio como valedor en este 2006 para pedir al Señor estas gracias al llevar a cabo estas tareas eclesiales. Y lo hacemos, sobre todo, peregrinando a la Iglesia Catedral y al lugar del nacimiento del Santo Arzobispo en Mayorga.

Algunos rasgos biográficos de Santo Toribio

5. ¿Quién fue Santo Toribio? ¿En qué consiste su testimonio cristiano, que hizo de él figura señera en el Nuevo Mundo? Al leer su biografía y sus tareas pastorales, nos vemos obligados a confesar que en él vibraba el mismo temple apostólico que animó a San Pablo o a San Francisco Javier, cuyo V centenario de su nacimiento celebramos también en 2006. Pienso que el grito paulino: «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Co 9,16), se apoderó de Santo Toribio en las duras y agotadoras jornadas que llenaron su existencia como Arzobispo de Lima.

6. Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, hoy provincia y Archidiócesis de Valladolid, en 1538. Compartimos con la Diócesis hermana de León la gloria de este santo, pues Mayorga perteneció a esa Iglesia leonesa hasta 1955. Tercero de los hermanos del matrimonio compuesto por don Luis, "el Bachiller Mogrovejo", como le decían, y doña Ana de Robledo, siguieron a su nacimiento dos hermanas, la más pequeña religiosa dominica contemplativa. Muertos sus dos hermanos mayores, a él le correspondió el mayorazgo de los Mogrovejos, institución tan arraigada entonces. Remito al lector a la amplia y excelente biografía en dos tomos de don Vicente Rodríguez Valencia, mayorgano y archivero de nuestra Catedral. Aquí únicamente quiero subrayar algunos rasgos de su vida hasta su llegada a Lima siendo ya Arzobispo.

7. Una buena educación es siempre garantía de buen futuro, y nuestro santo la tuvo. Estudia primero en Valladolid lo que podría ser entonces secundaria (gramática y retórica) y en 1562, con 24 años, comienza a estudiar en Salamanca, una de las universidades principales de la época, que sirvió de modelo a casi todas las universidades americanas del siglo XVI, entre ellas a la por entonces ya fundada universidad de San Marcos de Lima. En Salamanca le ayudó mucho, en su formación personal y en sus estudios, su tío Juan de Mogrovejo, catedrático en aquella universidad y más tarde en Coimbra, donde también Toribio Alfonso pasó dos años de estudiante.

En 1571 gana por oposición una beca en el famoso Colegio Mayor salmantino de San Salvador de Oviedo. A conseguir esa beca tal vez ayudó su relación con el pueblo leonés de Villaquejido, perteneciente entonces a la llamada Vicaría ovetense en tierras leonesas y zamoranas. En Salamanca conoció a un condiscípulo y gran amigo, Diego de Zúñiga, que le ayudará con su consejo en los pasos decisivos de su vida. Cuando más tarde fue nombrado Toribio Inquisidor de Granada, el influjo de su amigo Zúñiga, entonces oidor de esa Audiencia granadina, fue gran ayuda para que ejerciera función tan alta y delicada, en la que permaneció cinco años. Tenía entonces 35 años.

8. ¿Un Inquisidor santo?, se preguntarán algunos, influenciados por el juicio negativo que la Inquisición tiene hoy en nuestra sociedad. Sin embargo, para este cristiano laico de 35 años fue aquél un tiempo valioso, pues aprendió a ejercitar el discernimiento y la prudencia, sirviendo a la pureza de la fe en aquella sociedad compleja, en la que moriscos y abencerrajes estaban mezclados con la población cristiana. A este fiel laico, ecuánime y justo juez, le sorprende la designación para ser Arzobispo de Lima en marzo de 1578. En aquellos días, tanto el Rey como el Consejo de Indias recibían continuas solicitudes de virreyes y gobernadores, para que mandaran a las Indias obispos jóvenes, abnegados y fuertes, pues tanto el empeño misionero como el gobierno eclesiástico de aquellas regiones, apenas organizadas, requerían hombres de mucho temple y energía evangélicas. Tal eran las demandas que llegaban de Lima, sin Arzobispo desde 1575.

9. En ocasión solemne, Felipe II afirmó: «la elección que yo hice de su persona…». Muestra el rey que conocía bien quién era Toribio Alfonso, persona idónea para proponer al Papa como Arzobispo de Lima; pero en ese 1578 era miembro del Consejo de Indias Diego de Zúñiga, y conociendo bien a Santo Toribio, su consejo reforzaría la convicción del monarca. Tenía el electo Arzobispo 39 años y era fiel laico. Se explica así que necesitara algunos meses para decidirse a aceptar el nombramiento. Sin duda fueron meses de intensa oración y discernimiento y, conociendo su persona y su vida, tiempo de purificar la intención para aceptar ser sucesor de los Apóstoles en un momento eclesial de renovación, tras el Concilio de Trento, que tanto exigió a los obispos para ser, ante todo, pastores de su pueblo.

10. Recibe en Granada las órdenes menores y el subdiaconado —ministerios hoy desaparecidos—; más tarde, pues continuó en esa ciudad dos años más como Inquisidor, recibe el diaconado y el sacerdocio presbiteral. Prepara en esos dos años su viaje a América, a donde le van a acompañar veintidós personas, entre ellas su hermana Grimanesa y su cuñado Francisco de Quiñones. Se despide en Mayorga de su madre doña Ana, y es ordenado obispo en Sevilla, donde está la llave que abre las puertas de las Indias. Por fin, en septiembre de 1580, desde Sanlúcar de Barrameda, parte con los suyos en la flota que va a Perú.

El Arzobispo de Lima

11. ¿A qué iba Toribio Alfonso a Perú? A ser, como sucesor de los Apóstoles, el segundo Arzobispo de Lima, una archidiócesis de enorme extensión, con un territorio donde actualmente hay 19 grandes diócesis; una archidiócesis que tenía sufragáneas no sólo en el actual territorio de la República de Perú, sino igualmente en Panamá y Nicaragua, en Colombia, Bolivia y Uruguay, en Argentina y en Chile. Llega a suceder al dominico Fray Jerónimo de Loaysa, primer arzobispo limeño, muerto en 1575. Fue sin duda este dominico un gran obispo, pacificador de españoles y protector de indios, que midió muy bien la realidad y sus posibilidades de acción pastoral. Un buen pastor.

En esa senda se colocó el Arzobispo Toribio Alfonso, tratando además de aplicar la gran disciplina eclesiástica del Concilio de Trento a la realidad pastoral, algo que no pudo conseguir Loaysa. El nuevo Arzobispo asume, pues, la diócesis en los comienzos de su organización, tras seis años de sede vacante. Ciertamente tenía Lima abundante clero diocesano y regular, y un Cabildo de hombres bien preparados en la universidad limeña de san Marcos, fundada casi treinta años antes. En sus más de veinticinco años de ministerio episcopal Santo Toribio distribuye de forma verdaderamente rigurosa y exacta su tiempo, lo cual muestra en él un perfecto dominio de sí mismo. Él solía decir: «No es nuestro el tiempo». Así se explican algunos datos de esos años de tarea episcopal:

1581: llegada de Santo Toribio a Lima, habiendo desembarcado en Paita al Nordeste, justo al lado de donde está el territorio del Bajo Chira donde han misionado y siguen trabajando sacerdotes castellanos, hoy Arzobispado de Piura, y que tuve la dicha de conocer en 1991 y donde está la primera iglesia construida en Perú. En ese mismo año el Arzobispo hace la primera salida de su sede limeña, «para tomar claridad y lumbre de las cosas que en concilio se habían de tratar». 1582-1583: III Concilio Provincial de Lima; 1584-1590: Primera Visita General; 1591: IV Concilio de Lima; 1593-1597: Segunda Visita General; 1601: V Concilio de Lima; 1605-1606: Tercera Visita General. Celebró también tres Sínodos Diocesanos. Muere en 1606.

12. ¿Cómo fue su tarea apostólica? La Diócesis, como todas las establecidas en el siglo XVI, era fundamentalmente misionera. Pero muy consciente de ello, Santo Toribio, a diferencia de otros obispos que se quedaban en su sede y dejaban a los religiosos y doctrineros la acción propiamente misional, se dedicó principalmente al apostolado entre los indios, limitando casi sus estancias en Lima a los tiempos en que se celebraron sus tres concilios y los sínodos diocesanos.

En sus visitas pastorales, que conocemos bien por el Diario y por el Libro de la Visita, todo quedaba anotado: estado de los indios, de los templos, estadísticas, otras anotaciones pastorales o de administración. Me recuerdan estos libros a la práctica que otro gran obispo, Juan de Palafox y Mendoza, trajo de Puebla de los Ángeles (México) a la diócesis de Osma unos cincuenta años después. Sin duda, los secretarios de visita, que se turnaban para acompañar al Arzobispo, quedaban agotados; pero él iba siempre adelante, viajando no en litera o silla de manos llevado por los indígenas, como era norma en los indios o españoles principales, sino siempre en mula o a pie. Viajes nada cómodos, en los que no era raro tener que pasar la noche al sereno, lejos de cualquier tambo o lugar para hospedarse. Y no visitaba sólo los centros principales, ni empleaba delegados, sino que él mismo se allegaba visitando personalmente a sus fieles, no dejando cosa por ver.

13. El apostolado no es otra cosa que mostrar a los hombres y mujeres el amor que Dios nos tiene en Cristo, según aquello que se dice en 1Jn 4,16: «Y nosotros hemos experimentado —y es porque hemos creído— el amor de caridad que Dios tiene para con nosotros…». El amor de Cristo a los indios del Perú se manifestó de forma conmovedora en las andanzas apenas imaginables que el santo Arzobispo Mogrovejo pasó en sus visitas pastorales. Los incas habían dejado una incipiente red viaria, pero él hubo de ir muchas veces por caminos de cabras, «aptos sólo para ciervos», como decía el Padre Acosta, su colaborador principal.

Santo Toribio iba siempre animando a todos, con buen semblante, unas veces detrás del grupo, recogido en oración; otras veces delante, abriendo camino, si el paso era peligroso, y en ocasiones cantando a la Virgen, semitonando aquellas Letanías del Concilio de Lima —así llamadas porque se incluyeron en la compilación de Sinodales del Santo—, en las que, por cierto, se confesaba a la Inmaculada Concepción de María y su gloriosa Asunción a los cielos con varios siglos de anticipación a su proclamación dogmática.

14. Nos resulta, digo, casi inimaginable lo que Santo Toribio pasó recorriendo aquellas inmensas distancias en sus visitas pastorales. Eso sólo se hace por amor a Jesucristo y a los hermanos, los hijos que Dios le había dado, como me reconocía un arzobispo mexicano cuando él comprobaba hasta dónde subían y bajaban sus antecesores en los siglos XVI y XVII. Sin duda Santo Toribio tuvo buena salud para poder recorrer esos 40.000 km, pero, ¿cómo explicar, en última instancia, esos más de veinticinco años de vida pastoral, la mayor parte de ellos de camino, en chozas, a la intemperie, a pan y agua en ocasiones? Es una demostración palmaria de que un hombre tan sinceramente enamorado de Dios como Santo Toribio, viene a participar de la omnipotencia divina, y que se hace tan fuerte como el amor que inflama su corazón y puede con todo. Y, además, con facilidad y alegría, pero dando la vida.

Ahora entendemos su frase: «No es nuestro el tiempo». Nunca viajó a España, ni se le pasó por la mente un tiempo que nosotros llamamos de vacaciones. Él sabía aquello de San Pablo: «el tiempo es corto» (1Co 7,29). Para su tarea pastoral no había tasa de tiempo, como cuando agotado por el viaje y la celebración de una Confirmación se levantó de la mesa, al saber que a un cuarto de legua había un indio enfermo, que no pudo estar en la celebración, y allá se fue con su capellán Cepeda. Le animó y confirmó con toda solemnidad, como si hubiera «un millón de personas».

15. Bien podían quererle los indios, que «no le saben otro nombre más que el de "Padre santo"». Cuando el Arzobispo, una vez celebrada la misa en el claro del bosque, o junto al río fragoroso, o en una capilla perdida en las alturas andinas, bajo el vuelo circular de los cóndores, se despedía de los indios y después de bendecirlos se iba alejando, «lloraban con muchas voces su partida como si se ausentase su propio padre». Ciertamente lo era, repitiéndose lo que dice San Pablo en 1Co 4,15: «Aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, que quien os engendró en Cristo por el Evangelio fui yo». A veces la fe actual, que vemos tan viva en tantos hermanos nuestros hispanoamericanos, se explica a partir de vidas como la de Santo Toribio.

16. Sabemos, por otro lado, que el Santo tuvo dificultades y denuncias ante el rey Felipe II por no estar en Lima y sí ausente tanto tiempo en esas visitas pastorales. Él alega siempre los imperativos de su oficio (amoris officium), y cita las normas dadas por el Concilio de Trento, y no muda su forma de conducta, asegurando que «andar en las visitas es lo que Dios mandaba»y lo «hacía por Dios y por cumplir con su obligación». Jamás permitió, pues, que el Rey se entrometiera en las cosas de Dios indebidamente, y en lo referente a las visitas pastorales nunca modificó su norma de vida episcopal.

17. Otro apunte de su vida. En el antiguo imperio de los incas se hablaban numerosas lenguas. Ya en 1564 se disponía de un Arte y vocabulario de la lengua más común en Perú, el quechua, libro compuesto por Fray Domingo de Santo Tomás y publicado en Valladolid. Los padres y misioneros, sin embargo, salvo pocas excepciones, no se animaban a aprender las lenguas indígenas. Eran difíciles y había poca estabilidad en los oficios pastorales para ello. A la llegada de Santo Toribio al Perú, todavía aprendían los indios la doctrina en lengua latina y castellana, «sin saber lo que dicen, como papagayos». En México la acción misionera había ido mucho más adelante en la asimilación de las lenguas nativas.

El problema lingüístico era preciso abordarlo. Es justo decir que los virreyes, Presidentes y Oidores de Lima trabajaron mucho y prepararon el camino de la solución que dio más tarde Santo Toribio. De hecho triunfó siempre el criterio teológico misional de llevar a los indios el evangelio en la lengua nativa de cada uno de ellos. «Se vaciló poco en sacrificar el castellano a las necesidades misionales», dice V. Rodríguez Valencia en la biografía (t. I, p. 347). Por el influjo de los virreyes, Felipe II prohibió la presencia de clérigos para Doctrinas (lo que más tarde serían las parroquias). Hasta 1685 no se toman provisiones para unificar la lengua de América en el castellano, pues hasta entonces, por fuerza de la evangelización en lengua latina, estaba «tan conservada en esos naturales su lengua india, como si estuviesen en el Imperio del Inca» (V. Rodríguez Valencia, t. I, p. 365). Tampoco fueron respetadas las lenguas nativas de lo que hoy conocemos como Iberoamérica o Latinoamérica una vez que los pueblos de este continente se independizaron de España; a aquellos ilustrados que rigieron las repúblicas independientes no les interesaban mucho los indígenas y sus lenguas nativas.

Lo cierto es que el Rey en 1580 dispuso que en Lima y en todas las ciudades del Virreinato se fundaran cátedras de lengua indígena, como había ya hecho el arzobispo Loaysa en 1551; éstas tenían una finalidad directamente misional, pues en ellas habían de hacer el aprendizaje necesario los sacerdotes seculares y los religiosos para que los naturales«viniesen en el verdadero conocimiento de nuestra santa fe católica y Religión Cristiana». La dignidad cristiana de esta cédula real de Felipe II está a la altura del Testamento de Isabel la Católica. Puede decirse que prevaleció el criterio teológico y se sacrificó el castellano por el esfuerzo misional de aprender las lenguas indígenas. Ahí está una de las razones de por qué todavía existen lenguas vivas como el quechua, el aymará y el guaraní.

La cédula real, a la que aludimos, llegó al Perú en la misma flota que trajo al Arzobispo Mogrovejo, quien procuró enseguida su aplicación en el Concilio III de Lima (1582-83). Él había tal vez ya estudiado el Arte y vocabulario quechua, pues al poco de llegar usaba el Arzobispo esa lengua para predicar a los indios y tratar con ellos. Por supuesto, se ayudaba sin duda de intérpretes para hacerse entender, pues muchas eran las lenguas nativas en el Perú del siglo XVI.

El tercer concilio provincial de Lima

18. La celebración precisamente de tres concilios provinciales por el Arzobispo Metropolitano de Lima son, por otro lado, un hito en su tarea de renovación eclesial, un comienzo nuevo en definitiva. Como hemos conocido en nuestro tiempo, tras la celebración del Concilio Vaticano II, también después de la celebración del magno Concilio de Trento (1545-1563) se llevaron a cabo muchos concilios provinciales en las sedes metropolitanas de la Península y de Ultramar, impulsados por el fortísimo deseo de renovación eclesial; Felipe II secundó esta praxis y en 1580 encargó al recién elegido arzobispo de Lima que reuniera el III Concilio Provincial, y que exigiera asistencia a todos los obispos sufragáneos. Tarea difícil, sobre todo para un obispo joven, inexperto entre tantos obispos maduros. Pero supo Santo Toribio rodearse de colaboradores, como su cuñado Francisco de Quiñones y el mismo virrey Francisco de Toledo, sin olvidar al jesuita José de Acosta, natural de Medina del Campo, hombre polifacético, teólogo y canonista, naturalista y poeta. Su De procuranda indorum salutese puede considerar el primer manual de misionología de los tiempos modernos.

Otros mil problemas, que pusieron a prueba la paciencia del Arzobispo, hay que reseñar en la dificultad que supuso este Concilio III. Efectivamente, gracias a su paciencia humilde, prevaleció la misericordia de Dios sobre las miserias de los hombres, y, dejados a un lado los problemas y los pleitos personales de los obispos, pudo lograrse una gran unanimidad a la hora de resolver los graves asuntos del Concilio, que dividió su trabajo en cinco puntos o acciones. Destacamos algunos de los logros de este Concilio Provincial limeño, que muestran, a la vez, la calidad de pastor que fue Santo Toribio.

19. El cuidado de los indios«La defensa y el cuidado que se debe tener de los indios»constituye sin duda el centro en torno al cual gira todo el Concilio Provincial. Es aquí donde la personalidad del Arzobispo destaca. Deben ser tratados como hombres libres y vasallos del Rey. El cuidado pastoral de los indios ha de incluir toda una labor de educación social. Esta perspectiva, en la que evangelización y civilización se integran, es la que caracteriza el planteamiento de las Doctrinas-parroquias que Santo Toribio, con sus colaboradores, concibió y desarrolló. Formó para ello un sistema que había de perdurar durante siglos, adoptando formas concretas muy diversas, y que, aunque con sus fallos, tuvo una importancia decisiva tanto en la evangelización de América como en la misma configuración civil de muchos pueblos.

20. La lengua. El Concilio impone la lengua indígena en la catequesis y la predicación, prohibiendo el latín y la exclusividad del castellano. La misma Corona niega la provisión de Doctrinas a los clérigos y religiosos que ignoren la lengua indígena. Lo cual no impidió la enseñanza del castellano en las escuelas. Y es que los Reyes hispanos del siglo XVI nunca consideraron las Indias como colonias, sino como Reinos de la Corona española. Esa fue la mentalidad del III Concilio de Lima, expresada en lo que había escrito el medinense padre Acosta: «Desde luego, la muchedumbre de indios y españoles forman ya una república, no dos separadas: todos tienen un mismo rey y están sometidos a unas mismas leyes y tribunales» (De procuranda indorum salute, III, 17).

21. El Catecismo. Superar una situación lamentable, que duró los primeros 50 años de evangelización, respecto a los catecismos para enseñar la fe cristiana, fue un empeño enorme, que el Concilio de Lima se atreve a intentar resolver, bajo el impulso del Arzobispo. El texto catequético trilingüe (español, quechua y aymará), conocido como Catecismo de Santo Toribio, es sin duda la joya más preciosa de este Concilio. Se logra unificar la enseñanza catequética de los indios en la provincia eclesiástica de Lima, es decir, en casi toda la América hispana del Sur y del Centro. El Concilio ordena a los curas de indios que lo tengan y lo usen. El Catecismo grabó en los corazones la verdadera fe católica, lo que hay que creer, lo que hay que orar, y lo que hay que practicar.

22. Las visitas pastorales. La norma personal que Santo Toribio sigue para visitar y conocer a sus fieles, apenas seguida por otros obispos, viene ahora a hacerse norma conciliar para todos los obispos, con la aprobación unánime de éstos. Uno de los documentos conciliares, la Instrucción para visitadores, obra personal de Santo Toribio, va a ser en esto gran ayuda.

23. Sacerdotes. Los padres conciliares piensan que es mejor para la Iglesia y «la salvación de los naturales haber pocos sacerdotes y éstos buenos que muchos y ruines». Es un principio muy sabio. El Concilio III de Lima se propuso la dignificación del clero, impulsándole a la dedicación pastoral, exigiéndoles la residencia y la vida honesta. Ya entonces, para alejar a los sacerdotes de todo comercio, el Concilio decide suprimir aranceles en la atención a los indios, de modo que «ni por administrarles cualquier sacramento, ni por darles sepultura se pudiese pedir ni llevar cosa alguna».

Con vistas a toda esta reforma, el Concilio impulsa eficazmente el establecimiento de Seminarios según las normas de Trento, en los que se cuide a un tiempo la elección y la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal. Aplicando estas normas, Santo Toribio funda el Seminario de Lima, uno de los primeros de América en aplicar el modelo de Trento.

24. Liturgia. Quieren los obispos y su Arzobispo que se celebre el misterio cristiano con gran esplendor y ceremonia, pues «esta nación de indios se atraen y provocan sobremanera al conocimiento y veneración del Sumo Dios con las ceremonias exteriores y aparato del culto divino». Se indica algo que sigue siendo hoy importante: «escuela y capilla de cantores y juntamente música de flautas y chirimías y otros instrumentos acomodados en la iglesias». Conocemos el esplendor del culto en las Reducciones del Paraguay, con grandes coros y orquestas, realmente impresionantes.

25. He aquí narrado a grandes rasgos lo que fue este III Concilio Provincial de Lima, sin duda la asamblea eclesial más importante que vio el Nuevo Mundo hasta el siglo de la independencia, y uno de los esfuerzos de mayor aliento realizados por la jerarquía de la Iglesia y la Corona española para enderezar por cauces de humanidad y justicia los destinos de los pueblos de América, como exigencia que nace de la propia evangelización. En este Concilio la figura y el trabajo de Santo Toribio fueron esenciales; también lo fueron las cartas que el Santo escribió al General de los Jesuitas, rogándole que apoyara ante el Papa los acuerdos del Concilio. De ahí la respuesta del Prepósito de la Compañía a Santo Toribio: «Su Santidad os alaba en gran manera».

26. ¿Hubo promoción del clero indígena tanto por el III Concilio de Lima como por Santo Toribio? La solución que el Santo Arzobispo dio en el Concilio fue prescindir de toda discriminación racial, no excluir del clero diocesano o de las órdenes religiosas a criollos, mestizos e indios, pero apurar delgadamente las cualidades de idoneidad. Estamos ya bajo la norma dada para los seminarios y órdenes religiosas por el Concilio de Trento, de modo que no se aparte de las órdenes sagradas a los indios, negros o mestizos sino por impreparados.

27. El gran Concilio III de Lima muestra, pues, en sus textos la mano de Santo Toribio, ladeterminada determinación de su dedicación misionera y pastoral, su apasionado amor a Cristo, a la Iglesia y el amor preferencial al grupo mayoritario de sus fieles: los indios. El talante pastoral de Santo Toribio es impresionante; hombre evangélico, vivió siempre la fidelidad y fue humilde en la presencia del Señor. No era, sin embargo, una persona retraída, y «en saliendo de la iglesia, era muy afable con todo género de gente». Muy afable, cortés y tratable, dicen de él sus testigos, y «no sólo con gente española, sino con los indios y negros, sin haya persona que pueda decir que le dijese palabra injuriosa ni descompuesta».

No era, sin embargo, una personalidad blanda, aunque «no tenía puerta cerrada a nadie ni quería tener porteros ni antepuertas, porque todos, chicos y grandes, tuviesen lugar a pedirle limosna y a sus negocios y a pedir justicia». Por ello dio pruebas tanto de benignidad como de fortaleza, siendo a un tiempo ingenuo y sagaz, dispuesto a defender a sus clérigos, pero también a que cumplieran éstos sus deberes pastorales más graves.

28. El Santo Arzobispo renunció siempre a recibir nada por sus ministerios episcopales, y hacía gratis las visitas pastorales, algo que hoy se ve normal y lógico, no entonces. Renunció igualmente a la renta asignada por el Patronato real y tanto relatos como testigos cuentan sin parar de sus continuas limosnas y que si «no bastare su renta, se buscaba prestado para el efecto, que él lo pagaría». Gustaba de convidar a su mesa muchos días a indios pobres, y tuvo gran caridad con los emigrantes.

29. Un hombre de esta santidad cristiana necesariamente debía tener su explicación y su origen en su vida según el Espíritu. Quienes le conocieron y testificaron sobre su vida afirmaban que Santo Toribio vivía siempre en oración. Durante sus interminables viajes en visita pastoral, que le llevaban tantas horas y días, iba muchas veces retirado del grupo para poder orar. Y aún dedicaba más tiempo a la oración cuando estaba en Lima, donde paraba poco. Podemos pensar, sin duda, que era hombre en extremo austero, en parte por mortificación, pero también para dar a los españoles, y en especial al clero, un ejemplo máximo de pobreza, del cual a veces estaban no poco necesitados en el Perú de entonces.

30. La vida de Santo Toribio no abunda en actos extraordinarios o en milagros, como buen castellano sobrio y austero; pero toda ella fue un milagro de la gracia de Cristo. Parecía cosa sobrenatural el haber podido vivir tanto como vivió con tanta abstinencia como tuvo y tan poco regalo. Éste es nuestro Santo, a quien ponemos como intercesor en esta celebración del Año Diocesano, para que los católicos de esta Iglesia de Valladolid, de esta tierra que le vio nacer y crecer en la fe, seamos capaces de transmitir la fe a las generaciones más jóvenes, como el mejor servicio que podemos hacerles, y aunque esta fe en nuestro Señor Jesucristo, por desgracia, no sea ahora tan valorada. Una petición debería dirigirse al Señor durante este Año Diocesano: que no tengamos miedo de dar razón de nuestra fe a quienes nos pidan directa o indirectamente y desaparezca de nosotros ese cierto complejo que nos atenaza al pensar que nuestra fe no vale para estos tiempos "modernos".

Siempre he pensado que hombres y mujeres que han sido santos siguiendo a Jesucristo, tras haberse encontrado con Él vivo y resucitado, han sido a la vez grandes benefactores de la humanidad; y se les recuerda no sólo por sus grandes realizaciones religiosas o espirituales, sino también porque, unidos a Jesucristo, sus personas han conseguido la plena realización humana dejando actuar a la gracia de Dios manifestada en Cristo, lo cual atrae necesariamente a los demás. Necesitamos mujeres y hombres como Santo Toribio, a quien encomendamos nuestras tareas de evangelización, de catequesis, de atención a los más pobres y enfermos, nuestros deseos de seguir renovándonos, renovando a la Iglesia en la senda trazada por el Concilio Vaticano II. Pero, eso sí, amando a la Iglesia, porque sin ella perdemos a Jesucristo, su Cabeza, que ama a su Cuerpo, la Iglesia por la que Él se entregó hasta la muerte de cruz.

La última visita pastoral

31. Al acabar estas páginas dedicadas a Santo Toribio y mostrar su enorme proyección, desearía de nuevo que fuera más conocida esta figura de santo cristiano. Lo haré evocando la última visita pastoral del Santo Arzobispo.

32. La inicia en enero de 1605 y es su tercera visita general a su enorme Archidiócesis. Era él consciente de que su vida llegaba a su fin. De hecho, al despedirse de su hermana Grimanesa, le dijo a ésta: «Hermana, quédese con Dios, que ya no nos veremos más». Tenía ya 66 años y, sacando fuerzas de flaqueza, va una vez más hasta el norte de su Diócesis por las inmensas distancias de Chancay, Catajambo, Trujillo, Lambayeque, Huaylas, Huarás.

En la Semana Santa de 1606 está en Trujillo. Quiso ir a Saña, a consagrar los Santos Óleos, pero se lo desaconsejaron vivamente, «por ser tierra muy enferma y cálida y que morían de calenturas». Pero emprendió el camino de Saña, haciendo un alto en Pacasmayo, donde los Agustinos tenían un monasterio dedicado a la Virgen de Guadalupe. Allí pudo rezar ante la Virgen morena, la extremeña. Tras visitar Chérrepe y Regue, llegó a Saña muy enfermo, y a los dos días, el jueves Santo de 1606, a los 67 años, entregó su vida al Señor quien no había hecho otra cosa en todo el tiempo de su existencia. Así lo narra Bartolomé de Menacho, que le acompañaba en esta ocasión:

«… Y él les dijo que no le dejasen, porque era llegado el tiempo de su partida. Y díjoles que abriesen el Libro Pontifical, para que le dijesen lo que en él está cuando muere el prelado. Y andando hojeando les pidió el dicho libro y señaló lo que dijo que le leyesen y dijesen allí a voces, y cruzando las manos con actos cristianísimos de un santo como era, habiendo recibido todos los sacramentos, dio el alma a Dios nuestro Señor».

La sencillez del relato muestra la grandeza de este santo, canonizado en 1726, reposando sus restos en la Catedral de Lima. Ocho años más tarde de su canonización, el 27 de septiembre de 1734, llegaba a Mayorga una reliquia del Santo, otorgada por la Iglesia limeña. Los mayorganos salieron a recibirla en la noche alumbrados por teas de pez encendidas fuera de la población. Bendita sea la memoria del Santo Patrón de los Obispos iberoamericanos; y alabado sea el Señor Jesucristo que suscitó su persona en su Iglesia; bendita también sea esta Iglesia que engendró a la fe al que en aquella familia cristiana de Luis de Mogrovejo y Ana de Robledo había nacido en Mayorga. Fue buena la semilla y grandioso el fruto.

En Valladolid, 6 de enero de 2006, solemnidad de la Epifanía del Señor.

† Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Valladolid

Notas: Referencias bibliográficas:
1. V. Rodríguez Valencia: Santo Toribio de Mogrovejo, organizador y apóstol de Sur-América, I y II, CSIC, Madrid 1956-1957
2. J. Ramírez Martín: San Toribio de Mogrovejo (C, Vallisoletanos, 43). Obra Cultural de la Caja de Ahorros Popular, Valladolid 1985.
3. P. Romero Ballán, (Ed.): Misioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Madrid 1990. pág. 135-142.
4. Luis Resines Llorente, Catecismos Americanos del siglo XVI, I, Valladolid 1992.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Instituto de Estudios Toribianos Copyright © 2011 | Template created by O Pregador | Powered by Blogger