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jueves, agosto 28, 2025

SANTO TORIBIO EL GENEROSO "DESPILFARRADOR"

Acabo de "descubrir" un precioso texto toribiano del célebre autor del cuento "Marcelino, pan y vino", José M. Sánchez Silva

en su entrañable biografía sobre San Martín de Porres (Secretariado "Martín de Porres", Palencia, 1962, (pp.125-127)


"Muy probablemente fuera el Quijote el último libro profano que leyese el arzobispo de Lima, Toribio Alfonso de Mogrovejo. Hombre de vasta cultura y de poblada biblioteca- había solicitado del rey trasladar a la Ciudad de los Reyes una gran parte escogida de la que poseía en España-., hombre de acción al mismo tiempo, pero de profunda curiosidad intelectual, no pudo ignorar la existencia del libro, que había movido el comentario halagüeño de los espíritus cultivados, y que su propia archidiócesis movió pronto el natural revuelo, entre los dominicos al principio, de los cuales era amigo por haber estudiado en Salamanca con ellos.

Para el jesuita Llorca "aparte de sus extraordinarios trabajos en la evangelización de aquellas inmensas regiones, su mérito principal consiste en haber celebrado diez concilios diocesanos y tres provinciales". La actividad de Mogrovejo fue intensísima. Tres veces visitó pueblo por pueblo sus espirituales dominios. Gran andarín, sólo usó de caballerías o angarillas durante sus enfermedades, que no le hacían suspender el trabajo. "Para administrar el viático a una india moribunda comida de miseria -escribe González Ruiz- recorrió varios días de sendas empinadas entre precipicios". Su fuerte carácter con los soberbios y empingorotados se suavizaba inmediatamente ante el pobre o el desdichado. Su generosidad fue también proverbial. He aquí una anécdota clásica, deliciosamente narrada por Cristóbal de Castro (STM: La conquista espiritual de América, Editora Nacional, 1944)

En una ocasión en que el maestresala del Hospital de Españoles había acudido a pedir un socorro al arzobispo, éste le mandó a su secretario y cuñado, Quiñones, para que le entregase doscientos pesos. Al poco rato volvía cariacontecido el maestresala a la presencia del arzobispo.

-          ¿Qué os ha sucedido? – preguntó este

-          Según me dijo Quiñones, nada queda en Tesorería

-          - ¿Nada queda? ¿No dieron los 400 p mandándolo yo?

-          - ¿400? 200 dijo

-          Entonces Mogrovejo mandó llamar a su cuñado y lo recibió con estas palabras:

-          - ¿Cómo no dieron al hospital los 600 p que dije?

-          ¿800? Yo creía que eran sólo 600 p. Pero si dije 800, bien se está. Se me seca el oído con el andar de los años.

-          Sin pronunciar más palabra, Quiñones hizo el libramiento oportuno. ¿De cuánto hubiera sido -concluye el autor- de seguir oponiéndose a la voluntad del arzobispo?

-          Otro autor afirma que Mogrovejo despilfarró su fortuna particular del mismo modo que sus rentas anuales: cuando se quedaba sin dinero para los pobres, vendía joyas, candelabros y vajillas; luego, los muebles de palacio y, por fin, todas sus ropas particulares, "sin quedarse más que con una raída sotana y lo necesario para los pontificales".

-          Martín de Porres tenía muchos motivos para no poder olvidar al santo arzobispo; pero seguramente el mayor de todos, en su corazón y en su memoria, era el fecundo acto de su confirmación. Cuando el Viernes Santo de 1606 llegasen a uña de caballo los primeros emisarios con la noticia de la muerte de Mogrovejo y las campanas del convento del Rosario doblasen a muerto, Martín buscaría instantáneamente un hueco en su tarea para clavarse de rodillas y pedir fervorosamente por su alma. La muerte se apoderó del que habría de ascender a los altares el Jueves Santo, mientras finalizaba su tercera visita de inspección, en el pueblo de Saña, a las tres de la tarde. La mula "Volteadora", que jamás le volteó a él, no cargaría ya con aquella delicada estructura humana, gastada en el servicio de Dios y de los indios peruanos. Antes de morir, el arzobispo, gran amante de la música, hizo buscar por medio del P. Herrera Sarmiento a un religioso llamado Jerónimo Ramírez, gran cantor de iglesia, para que entonase algún salmo acompañado del arpa. Mogrovejo entregó el alma cuando la magnífica voz del sacerdote entonaba "In Te domine speravit" 

sábado, agosto 16, 2025

SANTO TORIBIO MOGROVEJO, SÍMBOLO DE SINODALIDAD Y COMPROMISO CON LAS PERIFERIAS EN EL SIGLO XVI

León XIV vuelve a sorprendernos con un texto conmovedor dedicado a los santos peruanos, especialmente a Santo Toribio, como auténticos artífices de la peruanidad y solidaridad en el Perú. 

El Papa a la semana social en Perú: "Urge el testimonio de santos de hoy"

León XIV en su mensaje dirigido a la Semana Social que se desarrolla en Lima, Perú, recuerda que ante los desafíos en el orden económico, político y cultural, la acción social de la Iglesia "ha de tener como centro y meta el anuncio del Evangelio de Cristo".
Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano
El Papa León XIV se hace partícipe a través de un mensaje de la Semana Social que se efectúa en Lima, Perú, del 14 al 16 de agosto, recordando los testimonios de santidad en la historia peruana, y exhortando a dar testimonio de los santos de hoy: "de personas que permanezcan unidas al Señor, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15,5)"  

"Resulta evidente -dice el Papa León-, a quien repase la historia del Perú, que aquellas tierras han sido acompañadas por un designio particular de la Providencia, sobre todo en cuanto a nuestra fe católica, que se ha profesado siempre en armonía con la atención y el servicio a los más necesitados. Sólo así puede entenderse la 'densidad de santidad' que registra esa nación, tan cercana a mi ministerio y a mi plegaria".

Los santos peruanos

Y menciona en su mensaje los testimonios de Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, y San Juan Macias; y junto a ellos un evangelizador español en Perú, santo Toribio de Mogrovejo. "Hablan de una presencia vigorosa y fecunda del Evangelio", dice el Papa.

Y contemplando la actualidad, expresa el Papa León XIV que "el dolor por la injusticia y la exclusión que padecen tantos hermanos nuestros nos apremia a todos los bautizados a dar una respuesta que, en cuanto Iglesia, debe corresponder a los signos de los tiempos desde las entrañas del Evangelio".

Los santos de hoy

El Pontífice insiste en la urgencia de la santidad: "urge el testimonio de santos de hoy, es decir, de personas que permanezcan unidas al Señor, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15,5). Pues los santos no son adornos de un pasado barroco; surgen de un llamado de Dios para construir un futuro mejor".

Luego, sobre la acción social, señala en el mensaje "que toda acción social de la Iglesia ha de tener como centro y meta el anuncio del Evangelio de Cristo, de modo tal que, sin desatender lo inmediato, siempre conservemos la conciencia de la dirección propia y última de nuestro servicio. Pues si no damos a Cristo íntegro, estaremos siempre dando extremadamente poco".

Pan material y Pan la Palabra

Finalmente, el Papa recuerda que "no son dos amores, sino uno solo y él mismo, el que nos mueve a dar tanto el pan material como el Pan de la Palabra que, a su vez, por su propio dinamismo, habrá de despertar hambre del Pan del cielo, ese que sólo la Iglesia puede dar, por mandato y voluntad de Cristo, y que ninguna institución humana, por bien intencionada que sea, puede reemplazar".

"Con el deseo de que estas jornadas sean fructíferas y contribuyan a dar un nuevo impulso a la pastoral social en esa querida Iglesia peruana, a todos imparto de corazón la implorada Bendición Apostólica", concluye el Papa.

TODO EL TEXTO
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS PARTICIPANTES EN LA SEMANA SOCIAL EN PERÚ

[Lima, 14 al 16 de agosto de 2025]

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Saludo cordialmente a los participantes en la Semana Social, que se realiza en Lima del 14 al 16 de agosto. Agradezco la invitación que me han hecho mis hermanos obispos para compartir unas reflexiones con todos ustedes.

Resulta evidente, a quien repase la historia del Perú, que aquellas tierras han sido acompañadas por un designio particular de la Providencia, sobre todo en cuanto a nuestra fe católica, que se ha profesado siempre en armonía con la atención y el servicio a los más necesitados. Sólo así puede entenderse la "densidad de santidad" que registra esa nación, tan cercana a mi ministerio y a mi plegaria. Los testimonios de vida mística, en santa Rosa de Lima; de caridad ardiente, en san Martín de Porres; y de amor a los pobres, en san Juan Macías, hablan de una presencia vigorosa y fecunda del Evangelio, que nunca descuidó la oración por servir al prójimo, ni tampoco se olvidó de los pequeños mientras engrandecía y embellecía el culto debido al Dios eterno.

A este respecto, son iluminadoras las palabras de san Pablo VI en la canonización de Juan Macías: él «iba uniendo a todos en la caridad, trabajando en favor de un humanismo pleno. Y todo esto, porque amaba a los hombres, porque en ellos veía la imagen de Dios. ¡Cuánto desearíamos recordar esto a cuantos hoy trabajan entre pobres y marginados! No hay que alejarse del Evangelio, ni hay que romper la ley de la caridad para buscar por caminos de violencia una mayor justicia. Hay en el Evangelio virtualidad suficiente para hacer brotar fuerzas renovadoras que, trasformando desde dentro a los hombres, los muevan a cambiar en todo lo que sea necesario las estructuras, para hacerlas más justas, más humanas» (Homilía, 28 septiembre 1975).

Junto a estos tres grandes testimonios de vida cristiana que nos han legado los siglos XVI y XVII, y otros más que aún podrían mencionarse, ¿cómo no recordar el ministerio episcopal de santo Toribio de Mogrovejo, español por nacimiento, pero evidentemente peruano por su actividad misionera y su extensísima labor pastoral? En el curso de su episcopado fundó un centenar de parroquias, convocó un Concilio Panamericano, dos consejos provinciales y doce sínodos diocesanos; todo ello mientras entregaba día a día lo mejor de sus fuerzas en favor de los abandonados y de quienes habitaban aquellas regiones geográficas o culturales que mi Predecesor, el Papa Francisco, llamaba "las periferias". Podemos decir que Toribio fue, en el siglo XVI, el símbolo episcopal de la auténtica sinodalidad y del Evangelio ofrecido en las periferias. Las tierras peruanas lo vieron no sólo en el fragor de una acción apostólica que todavía hoy nos asombra; sino también en la quietud de su rostro sereno y su aspecto recogido y devoto, que mostraban bien de dónde le venía esa fuerza: de una intensa oración y unión con Dios.

Contemplemos ahora nuestro tiempo, atravesado por múltiples desafíos en el orden económico, político y cultural. El dolor por la injusticia y la exclusión que padecen tantos hermanos nuestros nos apremia a todos los bautizados a dar una respuesta que, en cuanto Iglesia, debe corresponder a los signos de los tiempos desde las entrañas del Evangelio. Para ello, urge el testimonio de santos de hoy, es decir, de personas que permanezcan unidas al Señor, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15,5). Pues los santos no son adornos de un pasado barroco; surgen de un llamado de Dios para construir un futuro mejor. Comprendamos, al mismo tiempo, que toda acción social de la Iglesia ha de tener como centro y meta el anuncio del Evangelio de Cristo, de modo tal que, sin desatender lo inmediato, siempre conservemos la conciencia de la dirección propia y última de nuestro servicio. Pues si no damos a Cristo íntegro, estaremos siempre dando extremadamente poco.

Queridos hermanos y hermanas: no son dos amores, sino uno solo y el mismo, el que nos mueve a dar tanto el pan material como el Pan de la Palabra que, a su vez, por su propio dinamismo, habrá de despertar hambre del Pan del cielo, ese que sólo la Iglesia puede dar, por mandato y voluntad de Cristo, y que ninguna institución humana, por bien intencionada que sea, puede reemplazar. Y, por nuestra parte, no dejemos de recordar las palabras del Apóstol de los gentiles: «No nos cansemos de hacer el bien, porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos» (Ga 6,9).

Con el deseo de que estas jornadas sean fructíferas y contribuyan a dar un nuevo impulso a la pastoral social en esa querida Iglesia peruana, a todos imparto de corazón la implorada Bendición Apostólica.

Vaticano, 4 de agosto de 2025

LEÓN PP. XIV