miércoles, noviembre 13, 2013

EL CARDENAL LANDÁZURI Y SANTO TORIBIO A LOS 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO

EN EL CENTENARIO DEL NATALICIO DEL CARDENAL Juan Landázuri Ricketts, OFM., trigésimo arzobispo de Lima (1954 – 1990): SU AFECTO POR SANTO TORIBIO

Semblanza del Cardenal

Nació en Arequipa el 19 de diciembre de 1913. A pesar de llevar en su sangre tantos apellidos ilustres, lo dejó todo y vistió el sayal franciscano en La Recoleta y en Ocopa (provincia misionera de San Francisco Solano) tras pasar por la UNSA.  Fue ordenado sacerdote el 16 de abril de 1939  y el 24 de agosto de 1952, por nombramiento del Papa Pío XII, fue consagrado obispo de Lima. A la muerte del Cardenal Guevara fue elegido por el Cabildo como Vicario Capitular el 2 de diciembre de 1954. Será Arzobispo de Lima y primado del Perú desde el 6 de mayo de 1955 hasta el 30 de diciembre de 1989, sustituyendo al primer cardenal de Perú, el también arequipeño Juan Gualberto Guevara. Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana por 33 años entre 1955 y 1988, fue designado Presidente Honorario Vitalicio. Creado Cardenal por el Papa Juan XXIII el 19 de marzo de 1962 recibió el título presbiteral de Santa María in ara coeli. A lo largo de los 34 años como arzobispo acompañó con ejemplar entrega pastoral a su pueblo, por cuyo bienestar espiritual y material trabajó generosamente, por lo que fue distinguido como Gran Cruz de Honor y Devoción de la S.M.O. de Malta. Se preocupó por la educación y los medios de comunicación para los que creó la Oficina nacional de Educación Católica y el Centro de Información Católica. Como Arzobispo de Lima creó la Misión de Lima para auxiliar a las barriadas al grito de "Por Cristo para un Perú mejor"; organizó Cáritas del Perú, colaborando en la ayuda social de Villa El Salvador y en las proximidades del Mercado Mayorista de la capital. Rn 1959 convocó y presidió el XVIII Sínodo Arquidiocesano de Lima. Durante los once gobiernos de la República supo afrontar las relaciones Iglesia-Estado con firmeza y comprensión, sobre todo como mediador de paz cuando surgió la guerilla marxista y maoísta en el Perú; ordenó a 38 obispos y participó eficazmente en las conferencias de Medellín y Puebla. Fue Vice-presidente del CELAM, Co-Presidente de la Asamblea Episcopal de Medellín, Co-Presidente del Sínodo Mundial sobre la evangelización y legado pontificio a los congresos eucarísticos de León (España) y Huancayo. Participó en la preparación, realización y aplicación del Concilio Vaticano II. Colaboró eficazmente al pleno reconocimiento de la independencia y autonomía de la Iglesia en el Perú.

Falleció el 16 de enero de 1997 en la clínica "Stella Maris" de la capital peruana, a los 83 años de edad. [cf. L'Oss. Rom., ed. esp., del 24-01-97]. No tuvo miedo a la Hermana Muerte como su Padre san Francisco por eso declaró: "Creo estar humildemente preparado para el abrazo con el Señor, porque eso es la muerte: el abrazo eterno con Dios".

Con respecto a Santo Toribio tuvo una especial vinculación, tanto que quiso ser enterrado en la misma capilla toribiana de la Catedral de Lima. Se recuerda con verdadera gratitud su presencia en las villas de Mayorga y Villaquejida, así como en la ciudad de León que le dedicó una calle, con motivo de su visita como legado pontificio al Congreso Eucarístico Nacional. : Rescatamos dos textos entrañables:

 

1.      Santo Toribio Legislador

Hablar del Santo Arzobispo de Lima como Legislador equivale a mostrarlo en lo que podríamos llamar la nota distintiva de su vocación tanto humana como sacerdotal, es decir, sobrenatural.

Sus biógrafos nos lo muestran orientado desde su temprana adolescencia o la alta profesión del Derecho, en cuyo estudio persiste tesoneramente hasta la edad de treinta y cinco años, en que ocupa el cargo de Inquisidor apostólico en el Tribunal del Santo Oficio de Granada. Así, del modo más imprevisto para él, concluye aquella prolongada preparación que ya parecía excesiva, dando paso a una rápida sucesión de acontecimientos que nos van a revelar su verdadera personalidad.

Esta primera etapa de su vida comprende un espacio de tiempo aproximadamente igual al de su fecundo episcopado, y se puede resumir así: Después de estudiar humanidades, empezó en Valladolid los cursos de ambos Derechos. En 1562 pasa a la Universidad de Salamanca, donde al año siguiente se gradúa de Bachiller en Cánones. En 1568 recibe la licenciatura en Santiago de Compostela. Vuelve de nuevo a Salamanca para inscribirse en los cursos del doctorado, con una beca en el Colegio Mayor más acreditado de aquella Universidad, y así le encuentra su nombramiento de Inquisidor en diciembre de 1573.

El Tribunal granadino tenía una importancia especial dentro del sistema de la Inquisición Española, pues actuaba paralelamente con la Chancillería de Valladolid y, dependiendo del Consejo Supremo del Santo Oficio, gozaba de cierta autonomía por las peculiares condiciones del Reino de Granada, donde la numerosa población morisca seguía siendo una grave preocupación, tanto desde el punto de vista político como del religioso, después de la rebelión de las Alpujarras. Hombre de leyes, pero también de profunda sensibilidad religiosa, Toribio percibió tal vez ya entonces que la administración de la justicia debe escuchar también las voces de la compasión y de la misericordia.

Esa sensibilidad le venía de la educación familiar profundamente cristiana y de una acentrada piedad, que le dió un claro sentido de la justicia, del derecho y de la ley, tal como lo define magistralmente la bula del Papa Gregorio IX que sirve de proemio a sus "decretales", "Se da la ley con el fin de que los instintos dañinos del hombre (que se manifiestan en la codicia desenfrenada) se mantengan a raya según las normas del derecho, de suerte que la justicia reprima sus impulsos, para que el género humano aprenda a vivir honestamente, sin dañar al prójimo y dando a cada uno lo suyo". Según esto, si bien las leyes no fuerzan a obrar bien, sino que prohíben con sanciones obrar mal, tienen sin embargo, un evidente valor pedagógico en cuanto dan a conocer las normas de justicia y del derecho que favorecen la paz, la concordia y el amor entre los hombres. Pero, cuando este sentido del derecho y la justicia están enriquecidos con los dones de la fe y de la gracia divina, entonces se llega a una comprensión cabal de los valores humanos y en particular de los que se refieren o los derechos fundamentales de los personas. ¡Cuántas veces el joven Toribio leería en las Partidas de Alfonso el Sabio, haciendo materia de asidua reflexión, los conceptos de aquel gran legislador, sobre los bienes que nos proporcionan las leyes! El primero es, que "muestran a. Conoscer a Dios, e conosciéndole, sabrán (los hombres) en qué manera lo deben amar e temer … ; conocer a sus señores y series obedientes e leales. .. Las leyes muestran cómo los hombres se amen unos a otros, queriendo cada uno su derecho para el otro, guardándose de no hacerle lo que no querría que se lo hiciesen a él, por donde guardando estas cosas viven derechamente y con holgura y en paz. .. E por todas estas razones dan carrera al hombre, porque haya bien en este mundo y en el otro ... " (la. Partida, ley 10, título I).

Que Santo Toribio se embebió de esta sabiduría hasta hacerla vida y norte único de sus acciones, no se puede poner en duda. Con mucha razón escribió el célebre Papa canonista Benedicto XIV: "Santo Toribio ha sido siempre considerado como muy experimentado en el gobierno de la Iglesia, al mismo tiempo que insigne por la gloria de todas las virtudes, de modo que nadie negará que en sus leyes y ordenaciones diocesanas hay que reconocer, con todo derecho, por lo menos aquella garantía, autoridad y fuerza que llaman directiva ... " (Bullarium 11,7). Recogiendo tan ponderado juicio, creo que podemos decir que muchas de las leyes y ordenaciones de Santo Toribio en sus concilios y sínodos pueden servirnos todavía ahora de luminosa y estimulante inspiración, si no siempre en la letra, sí por el espíritu con que fueron dictadas.

Cuando Santo Toribio asumió el cargo y el peso del ministerio episcopal, hacía diecisiete años de la promulgación del concilio ecuménico de Trento por el Papa Pío IV. La bula "Benedictus Deus" del 26 de enero de 1594 ordenaba a todos los Patriarcas, Arzobispos, Obispos y demás Prelados de la Iglesia Católica "cumplir y cuidar de que se cumplen puntualmente con toda diligencia los decretos y estatutos del concilio ecuménico en sus iglesias, en las ciudades y en las diócesis". Toda la acción pastoral del segundo Arzobispo de Lima se ciñó a este mandato del Vicario de Cristo y Pastor universal de la Iglesia con una fidelidad que incluso parecía llegar a la escrupulosidad.

Se ha comparado muchas veces a Santo Toribio con su contemporáneo el Arzobispo de Milán San Carlos Borromeo, con quien tiene, en verdad, tantos rasgos comunes que se dirían almas gemelas. Sabido es que a San Carlos le cupo desempeñar un papel decisivo en la postrera etapa del Concilio de Trento, como brazo derecho de Pío IV para la continuación y feliz término de aquella, trascendental asamblea, carnpeón de la verdadera reforma, enérgico propulsor de la restauración de la disciplina eclesiástica según el espíritu y las prescripciones tridentinas en la Italia septentrional, valeroso defensor de los derechos de la Iglesia frente al gobernador del Milanesado, padre de los pobres y desamparados, consolador tierno y abnegado de enfermos y moribundos en la terrible peste que asoló la ciudad de Milán el año 1576, En San Carlos Borromeo se ha visto uno de los primeros modelos del obispo que surge de los decretos del Tridentino, donde fenece la imagen del obispo medieval, algunas veces apareciendo como señor de horca y cuchillo; se bate en retirada el obispo considerado en ciertos casos y circunstancias en mundano y superficial del Renacimiento; y empieza a opacarse la otra imagen más persistente el obispo constantiniano, magistrado y funcionario, para dar paso al dechado evangélico del obispo pastor, que los dos últimos concilios ecuménicos, el Vaticano I y el II, han confirmado y sellado de manera irreversible: maestro auténtico de la sagrada doctrina revelada, pontífice del culto litúrgico, santificador en la administración de la gracia sacramental, vicario y legado de Cristo en el gobierno del pueblo de Dios.

Pues bien, lo que San Carlos Borromeo fue para Italia, eso fue Santo Toribio de Mogrovejo para el continente sudamericano.

El Concilio tridentino determinó sin ambigüedades la genuina responsabilidad de los Obispos, personal e intrasferible en medio del rebaño que el Pastor de los pastores le confía. Restableció la antigua práctica de la Iglesia de estudiar y resolver los problemas pastorales más importantes en concilios provinciales y sínodos diocesanos, anticipando la colegialidad en el gobierno ordinario de la Iglesia característica de nuestro tiempo. Las decisiones que se tomarán en aquellas asambleas debían ponerse en ejecución bajo la vigilancia de los prelados en persona, en cuanto fuese posible, mediante visitas pastorales que facilitasen al pastor conocer cara a cara a sus ovejas y IIamarlas por su nombre. Estos son los carriles por donde transcurrió la acción legislativa y la ejecución pastoral de Santo Toribio, de cuyas manos —refieren sus biógrafos—no se separaba el volumen de los decretos tridentinos.

Al llegar a su sede recién nombrado, trajo consigo el encargo de reunir el tercer concilio provincial de la metrópoli de los Reyes. Su predecesor en el Arzobispado, don Fray Jerónimo de Loayza, había publicado solemnemente el concilio ecuménico el 28 de octubre de 1565, acto que se repitió con más solemnidad en el concilio provincial que celebró en 1567, el segundo limense. En fuerza del mandato tridentino era necesario reunir de nuevo concilio tres años después, lo que no se hizo a causa del fallecimiento del arzobispo y otras contingencias. Le tocó cumplir con esta obligación a Santo Toribio y por ello el Rey Don Felipe despachó una real cédula el 19 de setiembre de 1580, ordenando al nuevo metropolitano y al virrey del Perú la celebración inmediata del concilio provincial. Los objetivos señalados por el rey eran los siguientes: "Reformar y poner en orden las cosas tocantes al buen gobierno espiritual de esas partes, y tratar del bien de las almas de los naturales, su doctrina, conversión y buen enseña miento, y otras cosas muy convenientes y necesarias a la propagación del evangelio y bien de la religión".

A más de uno podrá parecerle extraño el tenor de esta real cédula, que algún autor llegó a llamar "la indicción real del tercer concilio provincial limense". Para comprender el hecho, hay que tener en cuenta la situación peculiar de la Iglesia española, con su antiquísima y gloriosa tradición sinodal que se remonta a la época de la monarquía visigoda y de los concilios toledanos. Al rey le competía en aquellas circunstancias convocar tales asambleas, las cuales se consideraban tanto eclesiásticas como civiles y representación nata de la vida nacional, por lo que sus cánones eran también leyes del reino. Los Reyes Católicos de España se atribuyeron este derecho desde Felipe II, entendiéndolo comprendido en el Patronato que la Sede Apostólica les reconoció, no sólo fundándose en el privilegio pontificio, sino —como lo explicó el jurista Juan de Solórzano— porque los Reyes de España eran y debían ser ejecutores de los concilios que se celebraban en sus reinos para el mejor gobierno de la Iglesia, pues a los reyes y príncipes de la tierra —decía una Ley de la Recopilación de Castilla— les encomendó Dios la defensa de la Santa Madre Iglesia.

Lo que nos interesa aquí es ver las consecuencias prácticas de esta situación en la conducta del santo Arzobispo de Lima. Empezando por la convocación del concilio de 1582, a los dos meses de su llegada a Lima tuvo una reunión con los miembros del Cabildo metropolitano y los superiores de las órdenes religiosas, de Santo Domingo, San Francisco, la Merced, San Agustín y la Compañía de Jesús, para tratar de la convocación del concilio provincial. Se conserva el acta de esta junta en el Libro II de cabildos. Allí vemos que no se mencionó la cédula del rey, ni tampoco se habló de convocación expresa del Papa. Las razones del Arzobispo para justificar la reunión del concilio fueron, "la mucha necesidad que había de esta república y reino de que se hiciese, además del mucho tiempo que había pasado del término en que se debía de hacer conforme al santo concilio de Trento y prorrogación de Su Santidad ... ". y mostró un breve del Papa Gregorio XIII en el que le autorizaba a celebrar los concilios cada siete años. Tras esto agregó que, "pues había venido a esta santa Iglesia como su prelado, quería convocar el concilio, y sobre todo les pide su parecer y sobre el plazo que sería necesario señalar para que los señores obispos sufragáneos pudiesen venir". El parecer de los asistentes fue unánime. Tenía que hacerse el concilio por las razones expuestas por el Señor Arzobispo, y se podía señalar el plazo de un año.

Quiero destacar dos cosas llamativas en todo esto. Por una parte la junta ignora la real cédula de Felipe II, o por lo menos prescinde de ella, pues el acta dice que el Arzobispo se encargaría de informar al virrey para pedirles que diese "calor y ayuda" al concilio. Por otra parte, no hay rastros de indicción pontificia ni mandato expreso del Papa. Al proceder, pues, como por propia iniciativa, Santo Toribio entendía que era competencia suya convocar el concilio sin necesidad de indicción particular, en fuerza de la prescripción general de los sagrados cánones y concilios, principalmente el de Trento, bajo la autoridad del Papa.

Me detengo en esto para poner de relieve los criterios del Santo Arzobispo dentro del sistema del Patronato y cuando aún no había dado Sixto V su Bula "Immensa aeterni Dei" del 22 de enero de 1588, por la que reorganizó a fondo la Curia Romana para ajustar la disciplina de la Iglesia universal a la reforma tridentina. Santo Toribio desvincula del poder real, es decir, laical, el origen canónico del concilio, que no puede derivarse sino de su propia fuente, que es la jerarquía de la Iglesia. Quedaba así asentado sin ambigüedades su carácter episcopal, en concordancia con la posición de los Romanos Pontífices postridentinos, quienes propugnaban decididamente, sobre todo a partir de San Pío V, la recuperación de la libertad eclesiástica frente a los soberanos de las potencias católicas, aboliendo ciertos privilegios que se les había otorgado y que habían perdido su justificación histórica, más bien, se estaban desnaturalizando, abriendo las puertas al absolutismo yal regalismo, que conducirían finalmente a la desacralización, el secularismo, y al totalitarismo de nuestros días.

Esta fue una de las posturas más firmes de Santo Toribio de Mogrovejo como pastor, legislador y guía de la grey cristiana: mantener incólume su responsabilidad episcopal, deslindar las competencias, reivindicar la independencia eclesiástica ante las intrusiones indebidas del poder civil que trataban la evangelización y la reforma de las costumbres. "Si para reformar a nuestros clérigos, donde tanta necesidad hay, no tenemos mano los prelados, de balde nos juntamos a concilio y aún de balde somos obispos ... ". Con esta claridad, con esta franqueza protestaba ante el Rey de las intromisiones de la Audiencia de Lima. "Lo represento a Vuestra Magestad como es razón —prosigue en una carta del 23 de abril de 1584—, poniendo por delante el tremendo juicio de Dios y lo que nos manda hagamos por su amor ... Por cuyo respeto se ha de romper por todos los encuentros del mundo y sus cautelas, sin ponerse ninguna cosa por delante ... " (Lissón III, 315).

Santo Toribio, igual también en esto a San Carlos Borromeo, no fue un genio creador, sino un ejecutor genial del programa que ambos recibieron y amaron apasionadamente: la reforma tridentina. No creó en el Perú un sistema nuevo de evangelización, no pensó cambiar el que halló vigente, aprobado por la Sede Apostólica. En este sentido no aportó ideas originales a la legislación canónica de la Iglesia de Indias. Esto es claro para quien recorra los decretos del tercer concilio limense. Bajo este aspecto hay que reconocer que lo supera el segundo concilio de su antecesor Loayza en el conjunto de sus constituciones, dejando aparte, desde luego, los Catecismos toribianos. Así lo reconoció expresamente el tercer concilio al asumir en su totalidad sin modificación alguna los decretos del segundo y adjuntarlos a los suyos dándoles la misma fuerza y autoridad.

Pero, tal vez, precisamente por esto el concilio de Santo Toribio se ganó la aceptación general y ha tenido una vigencia perdurable, por su lenguaje nítido y directo, por su contenido enérgico y vivaz, sin prolijas motivaciones doctrinales, bien conocidas por los demás; en suma, por la valentía y sinceridad con que encaró la situación real del virreinato. Muy lejos, pues, de los propósitos de los padres Iimenses presididos por el santo Metropolitano de los Reyes, hacer del Concilio de 1582 un "Corpus decretorum". Fue una inteligente aplicación de la reforma tridentina en América, una Asamblea fundamentalmente canónica, dirigida a una evangelización práctica y efectiva de la población indígena, pero comprometiendo en esta empresa a españoles, criollos y mestizos, a clérigos y laicos, para formar una sociedad cristiana desde sus cimientos; o, para decirlo en el lenguaje contemporáneo de nuestro Santo Arzobispo. tal como se lee en el Código de San Juan de Ovando: "una república formada y política, así en lo espiritual como en lo temporal, siendo una Iglesia, un Reino y una República, en que se guarde una misma ley, y en todas partes vayan en una misma consonancia y conformidad".

El tercer Concilio Provincial de Lima, primero de Santo Toribio, puede decirse que es la expresión viva de su espíritu y de su personalidad. En él se transfundió el Santo Arzobispo, transido de amor a la Iglesia y a sus leyes, y por eso mismo totalmente entregado al servicio de sus ovejas, en especial de los pobres, y entre éstos (si cabía privilegiar a algunos), los indios, sus predilectos, por quienes sufría dolores de parto, como decía el Apóstol, hasta ver a Cristo formado en ellos.

Voy a terminar. Empecé destacando la vocación de Toribio Alfonso de Mogrovejo como la de un hombre de derecho, jurisperito en ambos derechos el canónico y el civil; desde luego, cristiano a carta cabal. Esto es lo que esperaba y deseaba llegar a ser. De pronto lo llamó Dios. al Episcopado mostrándole cuál iba a ser su verdadero destino: pastor de -su rebaño, mensajero de su amor, del amor que endereza a los hombres por los caminos de la justicia de Dios que es la santidad cristiana. Quizá Toribio no lo comprendió en seguida —tan inesperado fue el cambio—, y por eso bien pudo pensar que aún siendo obispo no había cambiado sustancialmente la orientación fundamental de su vida.

Pues bien, a lo largo de sus veinticinco años de ministerio pastoral, vividos con la máxima intensidad, entrañablemente unido al pueblo de Dios que se le había confiado, en la elegante Lima de los virreyes, y mucho más en las villas, en los rústicos poblados, en las chozas, en las duras breñas de la sierra, por los ríos y espesuras de la selva, dejándose llenar totalmente de Dios, se opera en Santo Toribio un cambio radical. Se cumplió en él la suprema ley de la santidad, según las' palabras de los Profetas Jeremías y Ezequiel. Aquél corazón del hombre de leyes, de leyes escritas que vienen de afuera para ser cumplidos quieras que no, y que tantas veces endurecen como piedra el corazón humano, se vió transformado por el Señor en un corazón de carne, sensible y tierno sin dejar de ser fuerte. Se le dió un corazón semejante al del Verbo hecho carne, de modo que el amor vino a ser quien hacía las leyes, que se cumplen, no porque están impuestas, sino porque se aman, pues procede del Padre que está en los cielos.

Revista Teológica Limense, Lima, Vol.XVI 3, Septiembre-diciembre 1982, 273-278

 

2.      LA SEDE DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO

En 1955 el Perú tenía aproximadamente nueve millones de habitantes y Lima, algo más de un millón. La última década había sido de notable crecimiento económico, debido en parte a circunstancias externas, luego de la se-gunda guerra mundial. Nuestro país gozaba de un clima de expectativas de un rápido desarrollo. De otra parte, el interior del territorio veía aflorar profundos problemas sociales, que irían a agravarse también en la capital del país en el próximo futuro.

En los ambientes eclesiásticos y políticos, se mencionaba entonces con toda justicia los nombres de varios Arzobispos, como posibles sucesores del Cardenal Guevara. Uno era el de Arequipa, José Leonardo Rodríguez Ballón; otro era - el del Cuzco, Felipe Santiago Hermoza, que luego sería Vicario General Castrense. También se pensaba en él Obispo castrense de entonces, Carlos María Jürgens Byrne, que sería más tarde Arzobispo del Cuzco y, finalmente, de Trujillo. Cualquiera de los tres hubiera sido por cierto un buen pastor de la ciudad.

El gobierno peruano, en febrero de 1955, me condecoró con la Gran Cruz al Mérito por servicios distinguidos, cuando aún era Arzobispo Vicario Capitular, estando Lima en sede vacante. Por poco tiempo, porque el 2 de mayo de ese año fui nombrado por el  Papa Pío XII, Arzobispo de Lima. Puesta la confianza en el Señor, asumí con toda entrega las obligaciones pastorales que la Iglesia, tan generosa conmigo, me confiaba. A media mañana del día 6 de ese mes de mayo la noticia se hizo pública y las emisoras de radio la difundieron por todo el país.

Había sido primer Arzobispo de Lima Fray Jerónimo de Loayza, dominico, en cuyo recuerdo un hospital de beneficencia lleva su nombre; en homenaje a la cofradía y al hospital por él creados, para socorrer a los pobres y atender a los enfermos. El conocimiento de la historia es fundamental para el buen gobierno, y gracias a Dios yo he tenido desde joven afición a ella. Por eso medité, en esos primeros años de 'mi ejercicio pastoral, sobre la vida de quienes me antecedieron en el cargo.

La Diócesis de Lima fue creada el 14 de marzo de 1541. Jerónimo de Loayza había sido nombrado y consagrado Obispo de Cartagena, cuya sede no llegó a ocupar, por la variación de su destino. Llegó a la capital para asumir el cargo, el 25 de julio de 1543, más de dos años después de haber sido designado a ella. Poco tiempo duró como obispado, porque el 12 de febrero de 1546 Lima fue elevada al rango de arzobispado y Jerónimo de Loayza al de Arzobispo. Esa era la Arquidiócesis que, varios siglos después, me sería encomendada. Jerónimo de Loayza fundó el Estudio General que dio vida a la Universidad de San Marcos.

Se preocupó el Arzobispo Loayza de ordenar la construcción de la primera Catedral para Lima, de promover el Catecismo entre los habitantes naturales del valle del Rímac y de toda su Arquidiócesis. Celebró dos concilios provinciales —en 1551 y en 1567—, en el segundo de los cuales dispuso que se enseñara el Catecismo en quechua, para acelerar la evangelización. En con- secuencia, Jerónimo de Loayza fundó en la Catedral de Lima la primera cátedra de quechua para enseñar el idioma a los evangelizadores. Todo esto es una gran lección pastoral, que no pude menos que asimilar. Como diré después, pude realizar, como una de mis primeras actuaciones de Arzobispo, el décimoctavo Sínodo Limense.

Todavía queda otro dato interesante en la vida del primer Arzobispo de Lima. Hubo de consentir, aunque no estaba de acuerdo, en la plena aplicación del Patronato Regio en lo que se refiere a la presentación de los candidatos a los beneficios eclesiásticos. Es interesante observar que este hecho es una constante en la historia eclesiástica, hasta hace muy poco. Es, pues. una enseñanza histórica que mueve a buscar, por encima de lodo, la unidad y la diversidad de jurisdicción entre las distintas autoridades de un pueblo, para su mejor gobierno.

El 26 de octubre de 1575 murió el Arzobispo Loayza. que iba a ser sucedido, como sabemos, por quien sería santo Toribio de Mogrovejo, cuya vida apostólica y misionera es un ejemplo para todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia. EI13 de junio de 1578, casi tres años después de la muerte del primer Arzobispo, el Rey de España, Don Felipe II, propone a Toribio Alfonso de Mogrovejo, como sucesor en el cargo. Es designado 16 de marzo del año siguiente. Recibió las órdenes sagradas en 1580 Y tomó posesión de la sede el 11 de mayo del año siguiente.

Su vida apostólica es inigualable: aprendió el quechua para predicar el Evangelio, como había ordenado su antecesor. Realizó tres concilios provinciales y trece sínodos para organizare impulsar la predicación de la palabra divina y la administración de los sacramentos a todas las personas. Creó el seminario para formar nuevos sacerdotes Recorrió el muy extenso territorio de su Arquidiócesis, sin' intimidarse ante el reto de su tarea misionera Impulsó grandemente la evangelización en general.

También tuvo problemas en las relaciones con las autoridades civiles, que le causaron disgustos y le permitieron ejercitar las virtudes que deben adornar a un pastor en grado elevado. Tuvo claras diferencias con el virrey Hurtado de Mendoza porque acudió en cierta ocasión a la Curia Romana sin pasar por el Consejo de Indias, lo que lo puso en serias dificultades. Defendía con ello la independencia del gobierno de la Iglesia frente a las interferencias del Patronato Real.

Murió en Zaña en 1606, en plena gira pastoral. Pese al significado político que pudiera haber tenido su conducta, en cuanto a sus diferendos con la autoridad del virrey, Toribio de Mogrovejo fue beatificado el 28 de junio de 1679 y canonizado el 10 de noviembre de 1726. He leído y estudiado varias biografías del santo, porque toda su actuación mueve a emular su amor apostólico a las almas, su fidelidad a la doctrina de la Iglesia, su fortaleza de ánimo, su magnanimidad en la empresa de predicar el Evangelio y servir a las almas.

El Papa Juan Pablo II declaró a santo Toribio de Mogrovejo patrono del Episcopado Latinoamericano, justo reconocimiento de su labor pastoral por el continente. Yo había llevado el pedido de nuestra Conferencia Episcopal al CELAM en su Asamblea General, que lo aceptó con entusiasmo y lo elevó al Papa.

Todos los días he tenido presente el ejemplo de este paradigma de Obispo y he acudido a su poderosa intercesión, confiado en que así las decisiones pastorales tendrían un buen resultado, para bien de todos. Cuando se achaca en los tiempos de Loayza y Mogrovejo, maltrato de los naturales peruanos de parte de la Iglesia, pienso en la injusticia que se comete, porque tanto el primer corno el segundo Arzobispo de Lima dedicaron sus mejores energías apostólicas a los pobres, a los necesitados y a los que esperaban desde siglos la buena nueva del Evangelio de Cristo, corno consta en las decisiones de los Concilios que precedieron.

El cargo pastoral de Arzobispo de Lima lleva añeja la dignidad de Primado del Perú, título que siempre consideré mi deber afirmar. Se habla de una concesión de san Pío V, en 1572, y de una confirmación por Gregorio XVI, en 1834. De las bulas y breves antiguos siempre quedarán dudas. Lo que es claro es que el Papa Pío XII, en 1943, confirmó a la Sede Metropolitana de Lima como Primada del Perú, y recalcó que se refiere a confirmación y no concesión.

Capítulo XI de su obra "Recuerdos de un pastor al servicio de su pueblo" Imprenta Realidades, Lima: 1994 (pp.55-58).

http://jabenito.blogspot.com/2011/12/98-anos-del-natalicio-del-cardenal.html

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