miércoles, septiembre 02, 2026

MONSEÑOR PEDRO DE VILLÁGOMEZ, obispos de Arequipa, arzobispo de Lima (1589-1671)

Comparto dos excelentes biografías acerca del familiar de santo Toribio Mogrovejo, quien nació en Castroverde Campos (Zamora) y rigió las diócesis de Arequipa y de Lima. La primera figura en la Sacristía de la Catedral de LIMA con el óleo de Matías Maestro, la segunda es la elaborada por Paulino Castañeda para la magna obra del Diccionario Histórico biográficos de la Real Academia de Historia de España: 

 

El Ylustrísimo Sr.D. PEDRO VILLAGÓMEZ. Sexto Arzobispo

Nació el Señor don Pedro Villagómez en Castroverde del Campo, en el obispado de León. Sobrino de Santo Toribio, comenzó sus estudios en Montilla, los continuó en Salamanca y los coronó con la borla de Doctor en Cánones en Sevilla. Fue allí canónigo por provisión de Paulo V.  Juez del Santo Oficio y Visitador de monjas.

Al tiempo que visitaba la Audiencia, Tribunales y Universidad de Lima, fue consagrado por el señor Arias Ugarte obispo de Arequipa donde entró en 1635. Acabó su templo, edificó sus casas episcopales, celebró un sínodo y visitó su diócesis.

Promovido a la metrópoli de Los Reyes, tomó posesión en 2 de mayo de 1645. Colocó en su catedral el fragmento de la Verdadera Cruz concedida a su antecesor urbano VIII. Promovió la fábrica de la Yglesia del Sagrario a imitación de la de Sevilla.

Fundó el Monasterio del Prado, en que gastó ciento veinte mil pesos. Principió y fomentó la fundación del Hospital de San Bartolomé para negros libres. Gastó más de veinte mil pesos en reedificar el Seminario y socorrer a sus alumnos. En su tiempo tuvo principio el Monasterio de Santa Catalina.

Publicó entre otras obras una docta pastoral contra la idolatría y treinta y dos sermones doctrinales en castellano, traducidos en el idioma general de los indios por su sabio arcediano, D. Fernando de Avendaño.

 Visitó la mayor parte de su diócesis, celebró la beatificación y canonización de Santa Rosa. Promovió la de su Santo tío y murió de 82 años en 12 de mayo de 1671. Gobernó cerca de 30 años. Yace en el Panteón. Su mayor elogio es haber sido muy digno de su ilustre tío.

 

Villagómez y Vivanco, Pedro de. Castroverde de Campos (Zamora), 8.X.1589 – Lima (Perú), 12.V.1671. Obispo de Arequipa y arzobispo de Lima. Caballero de la Orden de Calatrava. Canonista Consejero (Oidor) del Consejo Real y Supremo de las Indias. Escritor, Juez del Santo Oficio Obispo Visitador

Biografía. Sus padres, Francisco e Inés Corral de Quevedo, eran nobles. Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Sevilla (1624), canónigo de su Metropolitana, juez del Santo Oficio y caballero de la Orden de Calatrava.

A finales de enero de 1631, el Consejo proponía nombres para el obispado de Arequipa; eran doce los designados. Pedro iba en segundo lugar, pero el Rey le nombró. El 12 de julio fue preconizado por Urbano VIII. El 27 de abril de 1632, electo de Arequipa, fue nombrado visitador de la Audiencia de Lima, por haber fallecido Gutiérrez Flores. Llegó a Lima el 20 de abril de 1633, y en noviembre fue consagrado por el arzobispo Arias Ugarte. Y comenzó la visita.

Arias Ugarte, en carta al Rey de 30 de abril de 1634, comunicando la consagración, dice del visitador: “procede en su visita con cuidado y prudencia”. Y esta pincelada: “Desde esta ciudad [Lima] ha compuesto las cosas de aquella iglesia [la de Arequipa] con mucha paz, y ansí goza de quietud”. Su cargo de visitador expiraba en abril de 1635, y el 9 de junio de 1635 salió para Arequipa, entrando, el 25 de julio de 1635. Al responder a las reales cédulas, iba tomando el pulso de la diócesis. Por ejemplo, la de 2 de marzo de 1634 que ordenaba que los misioneros enseñaran el castellano a los indios, y en esta lengua enseñaran la doctrina, para que así “se hagan más capaces en las materias de nuestra santa fe”.

Villagómez mandó averiguar si se cumplían las disposiciones del III Concilio Limense y las ordenanzas del virrey Toledo, y supo con pena —“con mucha lástima”— que en la mayor parte del obispado no se cumplía, y en el resto, “con mucha remisión”. Encargó a los doctrineros que cumplieran la Real orden, y mandó imprimir dos mil cuerpos de doctrina cristiana, con una breve y sustancial explicación.

A mediados de febrero de 1637, recibe otra Real Cédula —de 1636— para que los prelados no ordenen tantos clérigos, especialmente mestizo e ilegítimos y otros defectuosos. El 1 de abril de 1637 responde el prelado exponiendo su pensamiento sobre tema tan interesante. Reconoce que “algunos obispos de estas partes (que ya son difuntos), y mucho más los cabildos en sede vacante, han tenido mucha facilidad en ordenar y dar reverendas para órdenes”, unos, a título de lengua, interesante sin duda, pero como eran inútiles para las doctrinas, el título “venía a ser vago”; otros, a título de patrimonio —más fingido que real— y de capellanías tenues; otros, a título del colegio- seminario, que no tiene beneficios anejos en qué ocuparlos.

En cuanto a los mestizos, escribe tajante: “no he ordenado hasta agora a ninguno, aunque he sido importunado con grandes instancias por algunos dellos, y confío en Dios que me tendrá de su mano para que no admita a órdenes a semejante gente; ni a los que llaman cuarterones, que tienen alguno de sus abuelos indio”, porque son de ánimo envilecido, de costumbres ruines, y “naturalmente, crueles con los indios”. Tampoco piensa ordenar ilegítimos, aunque ha cedido en dos casos ya ordenados de misa, con reverendas de la sede vacante. También ha dispensado a expósitos, a dos “muy hábiles”, porque es de opinión que “los expósitos, cuyos padres se ignoran, se presume que son legítimos”.

A mediados de 1636, salió de visita pastoral hacia el Sur (Arica). Duró seis meses y llegó hasta el límite del territorio. Sin un día de descanso, aunque su salud quebrantada exigía “muchos para su reparo”. Al acabar, informa al Rey el 31 de marzo de 1637. Propone lo que se ha de hacer y corregir “cerca del alivio y buen tratamiento de los indios”. Denuncia un abuso importante, propio de una región vinícola: los corregidores concedían a los mercaderes un servicio de indios —treinta o cuarenta— percibiendo diez pesos por indio y viaje, y los indios sólo percibían dos reales diarios. Para el mejor funcionamiento del sistema, había tenientes de corregidor en Lacumba, Tacna, Azapa, Lluta y Paracapá, con sustanciosos ingresos; los viajes se repetían, y se alquilaban los mismos indios. Para atajar este abuso, propone el obispo que sean los caciques los que, libremente, den los indios a los mercaderes, recibiendo los 10 pesos como salario o si no, que pasen a la Caja Real. El Rey mandó despachar cédula al virrey: que ponga remedio a estos “excesos”, que estos indios se den sólo “en casos muy forzosos”, y ni los corregidores, ni sus tenientes, cobren los 10 pesos. En otra Cédula “muy apretada”, se apercibía al corregidor de Arequipa que de su transgresión, se le hará “grave cargo” en el juicio de residencia; y que el virrey vea si son a propósito las soluciones del obispo, “u otras que de allá se ofrezcan”.

Pondera los agravios que reciben los indios en los pueblos del corregimiento de Arica, donde el corregidor arrienda los tenientazgos a precios elevados, que han de salir del trabajo de los indios. Y el Rey ordenó que el virrey y la Audiencia reformasen este exceso, y castigasen a los corregidores, “sin decir quien dio este aviso”; y que la Cédula al virrey se escribiera en los libros del cabildo de Arica.

También los doctrineros abusaban: vejaban a los indios y se ausentaban del curato; peor aún, los doctrineros frailes, con sus tratos y granjerías. Villagómez castigó a los curas y denunció el abuso de los frailes. El Rey aprobó su conducta: que están bien los castigos y, si son pecuniarios, no se olvide aplicar algunas partes para las guerras contra los infieles. En cuanto a los frailes, se han dado cédulas para que puedan ser visitados y reformados in officio officiando, “y que esto se haga”.

Desde junio de 1637 hasta febrero de 1638, en otra visita, examinó la vida religioso-social de las provincias de Camaná y Caylloma hasta los Collaguas, que son más de trescientas leguas de temples opuestos, confirmando más de veinte mil personas. También en esta visita descubre y denuncia abusos; los corregidores no pagaban el tomín para hospitales, que estaban realmente “asolados” y los indios mal atendidos; y se incumplía el Patronato: en Caylloma se ha fundado un hospital sin licencia; los franciscanos, una hospedería; los dominicos, una doctrina de indios en una hacienda. Y el Rey, sensible a los derechos patronales, escribió: que el hospital y la hospedería no pasen adelante hasta tener licencia. Y, en cierto modo, recrimina la pasividad del obispo. Sin embargo, cuando denunció brotes idolátricos, y comunica que hizo derribar huacas, el Rey apostilló: “que ha parecido bien este cuidado, y lo continúe”.

Con la experiencia obtenida en las visitas, se aprestó a celebrar el sínodo diocesano; se abrió el 19 de diciembre de 1638, con la misa del Espíritu Santo en la iglesia matriz, las sesiones se celebraron en la iglesia de Santa Catalina, con asistencia de teólogos, juristas, párroco, doctrineros, y la representación del cabildo eclesiástico. Las Constituciones, redactadas con cuidado, no evitaron la protesta de los capitulares que apelaron a la Audiencia por vía de fuerza, aunque sin éxito. Hay que subrayar dos acuerdos: el primero, el de hacer un catecismo en lengua puquina, que se hablaba —con el quechua y el aymará— en la región de la actual provincia de Moquegua; y el segundo, el de crear escuelas en los poblados indígenas.

Recibió Villagómez otra Real Cédula del 17 de diciembre de 1634, sobre la visita y examen a los religiosos que tenían a su cargo doctrinas de indios, y aprovecha para informar de lo que pasaba en su diócesis para buscar el oportuno remedio de la mano de S. M., “porque otra cualquiera, para con los religiosos de este reino, la tengo por flaca”. El Rey exigía todo cuidado para que en el nombramiento de doctrineros no se defraudara al Patronato, pues tenía noticias fundadas de que había muchos doctrineros con solo el nombramiento del superior religioso. Villagómez, en su respuesta, se remitió a las Constituciones sinodales de 1638, que dicen: los obispos pueden visitar a los doctrineros frailes en lo tocante a su ministerio de curas —iglesias, sacramentos, crisma, cofradías...—, y no más. En lo tocante a excesos de vita et moribus, avisen al superior. En cuanto al examen, cualquier religioso que va a ocupar una doctrina, ha de ser examinado por el obispo y por el catedrático de lengua, sin que valga la excusa de que otros religiosos suplen por ellos, como ha sucedido muchas veces, pues se seguiría la curiosa situación de que quien tiene el título no tiene idoneidad, y quien la tiene carece de título. Una vez examinados y aprobados no lo serán de nuevo, a no ser que pasen a otra diócesis o a otra doctrina de idioma distinto. Advierten los padres sinodales que lo dicho, “demás de ser voluntad de S.M.”, es conforme a Trento, y a la Bula de Gregorio XV, de febrero de 1622. Tal fue la respuesta de Pedro Villagómez, ajustada en todo a las decisiones regias y a las disposiciones del derecho canónico. De ahí que el Rey pusiera al margen: “Que está bien lo que ha proveído en este particular”.

En 1640 visitó la diócesis durante seis meses; de regreso a Arequipa recibió el nombramiento para la Metropolitana de Lima. Tomó posesión el 22 de mayo de 1641. La experiencia adquirida en la difícil sede arequipeña le sería muy útil en su nuevo destino. Fueron treinta años largos de pontificado arzobispal. Comenzó con una visita a la catedral, que dejó abierta hasta el 25 de mayo de 1650; puntualiza las obligaciones capitulares, la liturgia que debía resplandecer en los actos de culto, la observancia de la consueta de Santo Toribio de Mogrovejo, su predecesor y pariente.

La experiencia le había enseñado que la idolatría solía renacer, y proyectó una visita general, larga y profunda. Antes publicó una Carta pastoral de instrucción y exhortación contra las idolatrías que, en opinión de los contemporáneos, fue “obra maestra en su género”; y el indigenista Hernando de Avendaño redactó un Sermonario en castellano y quechua. El arzobispo resume el estado de la idolatría y los métodos a seguir en la campaña, elige visitadores canónicamente facultados para proceder aún en el foro externo, y misioneros y sacerdotes para predicar y asistir en el fuero interno. Salieron el 19 de septiembre de 1649 y duró hasta 1658. Las dificultades fueron grandes y de todo tipo: geográficas, económicas, personales; los seculares a veces se ausentaban para opositar a curatos, los jesuitas recelaban del carácter judicial de los visitadores, pues los indios creían que los jueces procedían por informaciones habidas en la confesión. Los pocos informes que se conocen de esta campaña, señalan que había tres focos de idolatría: Chavín, Huancabamba y el oriente de Huanuco, es decir, zonas montañosas alejadas del contacto con los religiosos. Y hablaron de remedio: algunos, entre ellos Hernando de Avendaño, propusieron que el delito de idolatría pasara a la Inquisición, pero Villagómez y la mayoría de visitadores opinaban que lo más indicado era procurar y conseguir una sólida formación religiosa.

La archidiócesis, hacia 1660, tenía unas ciento ochenta parroquias y doctrinas y unos quinientos sacerdotes: trescientos en la capital y doscientos en el resto de su territorio. En general, bien preparados, aunque algunos vivían sin beneficio, pues ochenta doctrinas estaban regidas por religiosos. Las parroquias, desde 1609, se proveían por concurso y a perpetuidad, aunque haciendo constar en cada caso, ad nutum patronum. En el seminario diocesano había veinticuatro alumnos que seguían la carrera eclesiástica. Para su disciplina —y la del clero en general— dictó un reglamento (julio de 1647) tan riguroso en prohibiciones y penas, que fue reformado por la Audiencia; pero el prelado acudió a la Santa Sede.

En cuanto a religiosos, en 1657 había en la capital dieciséis conventos, y quince fuera de ella. Una Real Cédula de 1653 prohibía fundar nuevos monasterios sin licencia. Pero en 1661, el virrey conde de Santisteban, en carta al Rey aseguraba que sobraban frailes en los conventos y faltaban en las doctrinas. La intención del prelado era pasar las doctrinas al clero diocesano, pero pronto pudo comprobar que no era fácil la empresa: los jesuitas regentaban la doctrina de Chavín, desde hacía dieciocho años, con excelentes resultados; los indios “reducidos” en dos pueblos, podían ser atendidos fácilmente. Por eso, cuando el metropolitano pretendió secularizar la doctrina, tuvo sus diferencias; los jesuitas dimitieron y el prelado nombró un párroco secular, pero los indios protestaron ante su protector, que, dijo, nada podía hacer por ser orden del virrey y del arzobispo.

Aún era mayor el número de religiosas en la diócesis limeña: había ocho monasterios en la capital con 1258 religiosas, según nota enviada a Roma en 1669, más un número mayor de donadas, criadas y esclavas, lo que no favorecía en absoluto la vida regular; aunque, según el informe, en aquel momento no se notaban mayores quebrantos. Villagómez, que desde el principio entendió de estos monasterios femeninos en la visita canónica, limitó el número de religiosas, y puso cuidado en la administración de los bienes conventuales y en la regularidad de la vida.

En cuanto a su relación con los poderes civiles, hubo incidentes, claro, pero de menor cuantía. Un ejemplo, en una procesión con el Santísimo, el arzobispo sacó un quitasol, y el virrey Alba de Liste lo mandó retirar, porque ante el Santísimo no se usaba, y porque él no lo llevaba. Villagómez, naturalmente, accedió. Más serio fue cuando el alcalde ordinario limeño mandó extraer de un templo a un reo, violando la inmunidad local. El alcalde fue declarado incurso en censura, y la Audiencia declaró caso de fuerza. No cedió el arzobispo y recurrió al Rey. No se conoce el expediente que debe reposar en algún archivo.

El 15 de junio de 1688, Inocencio XI beatificaba en el Vaticano a Rosa de Santa María, primera beata hispanoamericana. El 14 de enero de 1670 llegó a Lima la Bula de beatificación, y cupo a Villagómez presidir las solemnes ceremonias que tendrían lugar el 29 de abril del mismo año. En solemne procesión, bajo palio, la Bula fue trasladada desde el convento de Santa Domingo hasta la catedral. El virrey conde de Lemos y el Metropolitano presidieron la ceremonia que se celebró en el convento dominicano. Se descubrió la imagen de la nueva beata, entre luces y músicas, ricamente ataviada, y con flores que ella misma había plantado. Al día siguiente celebró un solemne pontifical, con sermón del obispo de Paraguay. Ya por la tarde, se devolvió la imagen a la iglesia de los dominicos.

Al obispo Villagómez le iban pesando los años, y se pensó en un auxiliar; se nombraron sucesivamente tres: un dominico, el deán de la catedral limeña y un agustino; dos murieron las vísperas de ser consagrados, y el tercero fue trasladado antes de la consagración. Y Villagómez presentó la dimisión, cuando tenía ochenta años. Aún vivió dos años, pero la aceptación de la dimisión llegó después de su fallecimiento, que ocurrió el 12 de mayo de 1671. Murió pobre, siendo muy rico; había invertido sus rentas en los mendigos y en obras benéficas.

Obras

Carta pastoral de instrucción y exhortación contra las idolatrías, Lima, 1647.

Bibliografía

S. Martínez, La diócesis de Arequipa y sus obispos, Arequipa, Tipografía Cuadros, 1933

E. Lissón Chaves (dir.) y M. Ballesteros (colab.), La Iglesia de España en Perú: colección de documentos para la historia de la Iglesia en el Perú [...], Sevilla, Ed. Católica Española, 1943-1956

R. Vargas Ugarte, Historia de la Iglesia en el Perú, Burgos, Impr. de Aldecoa, 1959-1960

A. García y García, “Villagómez de Vivanco, Pedro”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. IV, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Enrique Flórez, 1975, pág. 2760

P. Castañeda Delgado“Un zamorano ilustre: D. Pedro de Villagómez, obispo de Arequipa”, en Jornadas sobre Zamora, su entorno y América (Zamora, 4-6 de abril de 1991) Zamora, 1992, págs. 271-299

“Curas, mestizos y otros ilegítimos en beneficios curados: un informe fiscal para Indias”, en Communio, XXXIV-2 (2001), págs. 579-595.

Autor: Paulino Castañeda Delgado https://historia-hispanica.rah.es/biografias/46156-pedro-de-villagomez-y-vivanco

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miércoles, julio 22, 2026

El único Milagro Eucarístico del Perú llegará a la televisión internacional en un documental sobre León XIV

El único Milagro Eucarístico del Perú llegará a la televisión internacional en un documental sobre León XIV

DNews, la señal de noticias de DirecTV para Hispanoamérica, grabó en Ciudad Eten, en la diócesis de Chiclayo, material para un documental sobre el Papa que se estrenará antes de su visita apostólica al Perú, prevista para noviembre.

A pocos meses del retorno del Papa León XIV al país donde fue obispo, la señal internacional DNews registró en Ciudad Eten el patrimonio del único Milagro Eucarístico reconocido en el Perú, ocurrido el 2 de junio y el 22 de julio de 1649. El material formará parte de un documental sobre la vida y el magisterio del Pontífice, cuyo estreno está previsto antes de la visita papal. DNews recorrió Chulucanas, Trujillo, Chiclayo, Lima y Callao. 

Eten pertenece a la diócesis de Chiclayo que Su Santidad condujo durante casi una década antes de su elección como sucesor de Pedro. El equipo, encabezado por la productora ejecutiva para Latinoamérica Patricia Villanueva y el realizador Juan Pablo Arnau, recorrió durante una jornada intensiva los lugares que sostienen la memoria del prodigio.

El rodaje incluyó la iglesia de la doctrina enterrada, investigada por el arqueólogo Jorge Centurión Centurión, quien explicó su origen y la presencia de los franciscanos; la Capilla del Mar, donde ocurrió la primera manifestación del Niño del Milagro; el templo Santa María Magdalena y el altar mayor que resguarda imágenes de madera y pinturas de la escuela cusqueña. El padre Jasson Sempértegui Libaque, vicario de la parroquia Santa María Magdalena, reflexionó sobre la centralidad de la Eucaristía y sobre la riqueza espiritual frente a lo material, tal y como lo vivió junto al Sumo Pontífice cuando fue su secretario en Chiclayo.

La producción también recogió el testimonio vivo de la comunidad. Don Catalino Púican Reque, devoto de 94 años, transmitió una fe recibida de generación en generación y pidió por la evangelización y por el aumento de vocaciones sacerdotales. La comunicadora Jesús León Ángeles narró el milagro obrado en su vida, su trabajo de documentación bibliográfica y recordó la entrega de 20,000 testimonios de fe que respaldan el anhelo de consolidar el reconocimiento del Milagro por la Santa Sede. El equipo cerró la jornada con las artesanas locales, en quienes el arte y la identidad de Eten se tejen bajo la luz de la fe peruana.

DNews emite desde seis países de la región y mantiene alianzas con Deutsche Welle, BBC, AFP, Reuters y Europa Press. El material se difundirá por su señal y por la plataforma DGO.

Con el ruego de su difusión

CONTACTO: +51979895397

 

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sábado, junio 13, 2026

LA PEDAGOGÍA EVANGELIZADORA DE "SUAVIDAD" DE SANTO TORIBIO MOGROVEJO. Cardenal Carlos Castillo, Lima, 2026

Apuntes CCdSS

II Carta Pastora post II asamblea sinodal arquidiocesana 2026: “Caminando con Jesús y Santo Toribio de Mogrovejo hacia la forma sinodal y misionera de nuestra Iglesia de Lima», del Cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima.

Es un documento que traza una hoja de ruta «guiados por el Espíritu y abriéndonos a cada realidad humana, buscando responder desde la fe y con el amor gratuito de Dios».

https://www.arzobispadodelima.org/destacados/ii-asamblea-sinodal-de-lima-se-anuncia-la-ii-carta-pastoral/

«Esta carta quiere ser un eco fiel de sus esfuerzos para continuar nuestro camino de conversión y de servicio pastoral». Con estas palabras, el anunció la publicación de la II Carta Pastoral que recoge los frutos de la II Asamblea Sinodal Arquidiocesana de Lima.

A los 300 años de la canonización de Toribio de Mogrovejo, la II Carta Pastoral a la Iglesia de Lima recuerda el compromiso de nuestro santo patrón con las culturas nativas, enraizando su misión en el corazón de los pueblos y retomando la suavidad del Evangelio como «único modo de anunciar la fe». Respecto a ello, el documento señala: «Toribio luchó muy fuertemente contra la mentalidad impositiva de cierta parte del clero que aprovechaba su lugar de doctrineros para oprimir y dominar la vida de los indios. Él quería que los mismos nativos evangelizaran a sus congéneres. Por eso, realizó una abundancia de sínodos con los pobladores de norte a sur y de este a oeste».

 

Les comparto el podcast del P. Juan Bytton en el que entrevista al Cardenal acerca de su II Carta Pastoral: https://www.youtube.com/watch?v=_OR1WdMy_0s , el índice de todo el documento y todo el capítulo 2º dedicado a la pedagogía -de “suavidad”- evangelizadora de Santo Toribio.

 

Introducción

I. La misión que convoca a la Iglesia

1. La prioridad de la misión

2. La fidelidad a la Tradición

3. La Iglesia es Pueblo de Dios en camino

4. Evangelizar es mucho más que adoctrinar

5. Nos vamos haciendo cristianos: un proceso

6. La importancia de los ministros ordenados, el obispo y el Papa

II. La presencia misteriosa de Dios en todos los pueblos y la pedagogía evangelizadora de Toribio

III. Recogiendo el clamor de nuestro pueblo como signo de Dios

1. Recogiendo el clamor emergente en nuestra época

2. Comprendiendo los cinco clamores más importantes

Clamor 1. El clamor por ser escuchados, acogidos

y acompañados: saliendo hacia los hermanos y hermanas

más lejanos

Clamor 2. El clamor porque la dignidad y la vida humana

sean valoradas y defendidas

Clamor 3. El clamor porque la ecología integral sea asumida;

y la vida social, especialmente de los pobres, sea promovida

y cuidada con delicadeza y justicia

Clamor 4. El clamor por fortalecer la familia y por lograr el

entendimiento intergeneracional en favor del bien común

Clamor 5. El clamor que brota de la fe popular y sus amplias

manifestaciones, que reclaman la sintonía de nuestra

evangelización con los valores más hondos que están

en movimiento de esas expresiones y que impulsan a una

formación adecuada

IV. Nuestros intentos de respuesta al llamado de Dios

en los clamores del pueblo

1. El sentido de los nueve temas debatidos

2. Sentido de nuestra respuesta en siete propuestas

2.1. Primera propuesta: Un mejor diagnóstico de los distintos

problemas y realidades en cada parroquia y en toda

la arquidiócesis

2.2. Segunda propuesta: Una mejor formación integral y vivencial

(contenidos, estructuras, participantes) que suponga, ante todo,

la experiencia actual y su confrontación con la experiencia

vital que nos presenta el Evangelio

2.3. Tercera propuesta: Un mayor hermanamiento intra e

interparroquial (“parroquias hermanas”)

2.4. Cuarta propuesta: Una renovada espiritualidad diocesana

2.5. Quinta propuesta: Planes y acciones dirigidos a una mejor

comunicación

2.6. Sexta propuesta: Un mayor y efectivo compromiso

como Iglesia con los sufrimientos e iniciativas que vienen

del clamor del pueblo

2.7. Séptima propuesta: Instituciones y organizaciones a generar

A. Ministerio de la Acogida y de la Escucha

B. Voluntariado de la Caridad

C. Pastoral de las Comunicaciones

D. Vicaría de la Formación

V. La nueva forma de la Iglesia en esta nueva etapa misionera

 

II. La presencia misteriosa de Dios en todos los pueblos y la pedagogía evangelizadora de Toribio

A los 300 años de la canonización de Toribio de Mogrovejo, protector de los indios, celebramos el reconocimiento que hizo de la presencia de Dios a través de las comunidades que, si bien fueron dispersadas por una pandemia que Toribio encontró al llegar reduciéndose la población de once millones a ochocientos mil –, consideró más adecuado para la evangelización que, los nativos que quedaron vivos, vuelvan a sus comunidades primeras, y los reunió nuevamente en sus propios ayllus, no indistintamente como ocurrió en la intención ciertas autoridades civiles que trataron más de “amontonarlos” y “reducirlos” que de reunirlos.

 Toribio no aceptó el método de la “extirpación de idolatrías”; más bien, siguiendo al Jesuita José de Acosta, que había recogido de Bartolomé de Las Casas el “único modo de anunciar la verdadera religión” que es la suavidad, implantó este método que abriría una síntesis de fe que persiste hasta hoy. Es verdad que como jurista cuidó mucho de seguir las exigencias que la Iglesia impartió de acuerdo con el imperio español, pero reconoció los valores propios de las comunidades, y en sus visitas recorrió 40,000 km, reuniéndose, preguntando y comprendiendo a cada pueblo. De allí el arraigo tan grande de la fe.

 Es por eso que Toribio luchó muy fuertemente contra la mentalidad impositiva de cierta parte del clero que aprovechaba su lugar de doctrineros para oprimir y dominar la vida del pueblo nativo. Entendió que, siendo su Pastor, sus ovejas requerían de una atención especial que implicaba escuchar, conocer y comprender. Exigió que los curas aprendiesen el quechua, preocupándole mucho cuando no se evangelizaba en sus lenguas. Por eso mismo, luchó también por la ordenación de nativos y mestizos, gesto que algunos obispos y curas de la época despreciaban.

Así, Toribio, al tratar de reunir a la población recuperando lo familiar comunitario prehispánico, permitió que recobraran identidad y personalidad y, por ello, en sus largas visitas, promovió que los pueblos originarios tomaran conciencia del valor y dignidad de su identidad cultural, de su propia capacidad subjetiva como poblaciones dignísimas. Además, buscó que reconocieran los aspectos positivos de su religión natura

Toribio quería que los mismos nativos evangelizaran a sus congéneres, y si desechaban alguna creencia poco valiosa, lo hicieran por su propia voluntad, no forzados. Finalmente, en todas sus visitas llevaba cantidad de legajos con observaciones, denuncias y quejas del pueblo nativo dirigidas al rey, para eliminar las injusticias; así promovió el uso del derecho de nativos respecto al derecho de españoles.

 La fama de Toribio, entonces, no es solo por los decisivos concilios - especialmente el III de Lima - sino por la abundancia y diversidad de sínodos que realizó con los pobladores de norte a sur y de este a oeste. Le reconoció al propio pueblo nativo su capacidad de reunirse, conversar y decidir, es decir de ser sujeto activo y no objeto pasivo. Y pudo transmitirles la fe para que tuviera un carácter inculturado. A manera de ejemplo, una costumbre propia del Perú es colocar cruces en la punta de los cerros. Según la cosmovisión de la cultura prehispánica, los cerros representan una divinidad debido a que de allí proviene el agua y la vida. Al explicarles Toribio cómo Dios Padre está más allá, y el Hijo es la imagen de Dios en base a la cual todo es creado, Jesús media para darnos todos los bienes, Toribio suscitó que nuestro pueblo pusiera en lo alto de los cerros la cruz de Jesús, porque no eliminó el reconocimiento de los cerros como un don para vivir, más bien profundizó su sentido conduciéndolos al fundamento. Así quedaron las cruces en los cerros como algo propio del Perú.

 Por todo lo aquí narrado, hoy podemos decir que esta nueva etapa sinodal estará marcada por la herencia pastoral y misionera que Toribio dejó a toda la arquidiócesis. En su momento Francisco, y ahora León XIV, nos invitan a retomar el camino de la suavidad evangelizadora, es decir, de escuchar y comprender a nuestro pueblo actual, sus palabras, sus intuiciones, sus deseos y sueños, sus convicciones, sus iniciativas, sus propuestas, y sus sentimientos, para que podamos tener “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fl. 2, 5), en nuestro ser Iglesia y en la vida cotidiana de los limeños y limeñas de hoy. En estos años, nuestra iglesia de Lima ha ido recuperando su vocación misionera, y es hora de desarrollarla en todas sus posibilidades.

 

Solo reconociendo los nuevos signos de los tiempos y respondiendo a ellos evangelizando oportunamente, podemos vivir la fe cristiana y realizar el ser de la Iglesia, porque hemos de aprender a empalmar esos signos con el signo fundamental de los tiempos que es Jesús. En otras palabras, leemos los signos de Jesús en los tiempos actuales y actuamos en nuestra Iglesia intentando hacer la voluntad de Dios Padre, como Él la hizo hace más de veinte siglos

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