sábado, mayo 09, 2026

PEREGRINOS CON SANTO TORIBIO, PREPARANDO LA VISITA DEL PAPA A ESPAÑA, EN LA CATEDRAL CASTRENSE DE MADRID

En la Catedral Castrense, retablo de santo Toribio Mogrovejo, con la Asociación de Profesores Católicos de Madrid y P. Isidro de la Viuda., peregrinación, misa, visita cultural, ponencia, con la intención de preparar la visita del Papa León a Madrid y honrar al Santo.
Comparto la homilía del P. Isidro, mayorgano, agustino, amigo del Papa León, capellán de los toribianos en Madrid, sábado 9 de mayo 2026. Nos habló de LOS FRUTOS DEL APOSTOLADO DE SANTO TORIBIO:
1. La defensa y el cuidado de los indios
2. La obligación del uso de la lengua nativa en la catequesis
3. El Catecismo trilingüe
4. Las visitas pastorales
5. La dignificación del Clero
6. La Liturgia
7. Los Seminarios
8. El número de sacerdotes y el Seminario
9. Patrono de los obispos de Latinoamérica
10. Santa muerte, canonización, modelo para el Papa León

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viernes, mayo 08, 2026

GOZOS AL GLORIOSO SANTO TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO. P. José Aguado, 1796

AGUADO, José: Novena del glorioso Santo Toribio Alfonso Mogrovejo...Patrono de la Real Congregación de naturales de Castilla y León. Madrid, 1796

https://www.cervantesvirtual.com/obra/novena-del-glorioso-santo-toribio-alfonso-mogrobejo-arzobispo-de-lima-y-patrono-de-la-real-congregacion-de-naturales-de-castilla-y-de-leon-941891/  

El autor es cura párroco de Alcobendas, teólogo de la Nunciatura de España y examinador sinodal del entonces Arzobispado de Toledo. Dedica la novena al Cardenal Francisco Antonio de Lorenzana[1], arzobispo de México, arzobispo de Toledo, primado de España, inquisidor general, caballero de la orden de Carlos III, consejero de Estado. Le recuerda su vida “paralela” a la de Santo Toribio: leonés (en aquel tiempo Mayorga pertenecía a León), colegial de San Salvador de Oviedo en Salamanca, inquisidor, arzobispo en América, “uno de los más distinguidos y mayores devotos de Santo Toribio Alfonso Mogrovejo y uno de sus más antiguos congregantes, enlazado con Villagómez, y hasta un venerable Juan de Lorenzana, dominico, fue confesor de “Santa Rosa de Lima, hija espiritual de Santo Toribio”.  

El Cardenal autorizó la novena y la imprimió a sus expensas, concedió cien días de indulgencia y regaló a la Congregación “la preciosa reliquia de una firma original de nuestro santo”.  

I.      Breve resumen de su vida

II.    Novena:

1.     Inocencia y virginal pudor

2.     Ciencia de salvación

3.     Humildad

4.     Mortificación

5.     Caridad ardiente

6.     Celo de la gloria de Dios y salvación de las almas

7.     Predicación

8.     Milagros

9.     Preciosa muerte

III.  Gozos al glorioso Santo Toribio

 

Si se dice de Colón: “A Castilla y a León, Nuevo mundo dio Colón”, de Santo Toribio:: “A Castilla, a León y al Cielo, Nuevo Mundo dio Toribio Alfonso Mogrovejo”

Culmina su obra con Gozos al glorioso Santo Toribio Alfonso Mogrovejo

Pues fuiste pastor celoso,

y padre de los limanos [limeños]

amparad vuestros paisanos

oh Toribio prodigioso.

Aunque Castilla y León

infinitos héroes cuentan

ts virtudes acrecientan

más que todos su blasón;

y pues tus méritos son

grandes con Dios Poderoso:

amparad vuestros paisanos

oh Toribio prodigioso.

 

Ya Mayorga, en dignidad

sube a la mayor alteza,

no tanto por tu nobleza

como por tu santidad.

y pues a la Majestad

de Dios eres tan precioso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

 

Desde tu primera edad

a Mayorga edificaste

y en Valladolid plantaste

cátedra de santidad;

y pues la universidad

te vio niño y virtuoso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

 

Salamanca colegial

en uno de sus mayores,

te vio dar los resplandores

de pureza angelical;

y allí el Santo Tribunal

te hizo Ministro celoso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Con grande cuidado encubre

tus méritos tu humildad,

mas Dios a tu claridad

un nuevo mundo descubre;

y pues que tu luz ya cubre

cuanto baña el sol lustroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

 El gran Felipe Segundo

Prelado a Lima te envía,

para que amanezca el día

más claro para aquel mundo;

y pues en razón lo fundo

que es Dios en ti milagroso

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

A todo el Perú ilumina

tu doctrina celestial,

y la Iglesia universal

así extiende su doctrina;

y pues todo se inclina

tu corazón amoroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

El paraje más inculto

de todo tu Arzobispado,

por tu celo es visitado

sin que nada quede oculto;

al pequeño y al adulto

instruías fervoroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

El Señor, que te escogió

para alumbrar aquel mundo,

de virtud un mar profundo,

y de ciencia en ti formó;

y tu doctrina aprobó

haciéndote milagroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Los demonios reprimiste,

en nuevas lenguas hablaste,

las serpientes arrojaste,

daño en nada recibiste;

y al enfermo salud diste

como Apóstol milagro:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Con tu celo penetrabas

a la intrincada maleza,

y sin temer la fiereza

a tus ovejas buscabas

y pues así trabajabas

de las almas siempre ansioso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Tus concilios provinciales,

tus catecismos, sermones,

colegios y fundaciones

son de virtud manantiales,

díganlo ya los anales

del Perú, Reino dichoso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

La primera flor preciosa

del jardín, que en Lima plantas,

entre varias otras santas

es la insigne santa Rosa;

y pues en sola esta esposa

tanto agradas al Esposo:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Al clérigo amonestabas,

al secular instruías,

a los ricos corregías,

y a los pobres alentabas;

con todo en fin obrabas,

sabio, entero y amoroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Dar a Dios siempre quisiste

por tus ovejas la vida,

y en la tercera salida

lleno de gozo moristes;

en tu testamento diste

el ejemplo más glorioso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Mandaste dar impaciente

hasta tu ropa y tu cama,

tal era en el fin la llama

de tu caridad ardiente;

y pues de amores langüente

subiste al cielo dichoso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Tu cuerpo a tu catedral

mandaste que le llevaran,

y el corazón le entregaran

a santa Clara el Real;

así, muerto das vital

movimiento virtuoso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

Y pues remontaste el vuelo,

y en el cielo estás glorioso,

pide al Todopoderoso

te sigamos hasta el cielo;

y en uno y en otro suelo

cante el castellano honroso:

amparad vuestros paisanos,

oh Toribio prodigioso.

 

NOTA

Cuando canten estos gozos las personas o comunidades que no sean de los naturales de Castilla o de León, podrán usar del estribillo siguiente:

Pues fuiste pastor celoso,

y padre de los limanos

amparad a los cristianos

oh Toribio prodigioso.

Y cuando se cante en el arzobispado de Lima, o en cualquiera parte del Reino del Perú se dirá:

Amparad los peruanos

oh Toribio prodigioso.

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Santo Toribio de Mogrovejo en Lambayeque. Monseñor Esteban Puig Tarrats (2016)

 Santo Toribio de Mogrovejo en Lambayeque: Monseñor Esteban Puig

Mons. Esteban Puig ha dedicado mucho tiempo de su vida a investigar y difundir la de Santo Toribio. Pueden verlo en:

 PUIG TARRATS, Esteban

“Cartas de Santo Toribio de Mogrovejo (El alma y la pluma de Santo Toribio a través de sus cartas”” Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 2006, Cuzco, 51-82

Es hora de caminar (Santo Toribio de Mogrovejo) PIRHUA, Chiclayo,2006, pp.90

 «Las letanías de la Santísima Virgen». Hyeronymianum, año 2/3, 1998, pp. 33-38

Santo Toribio de Mogrovejo en sus Cartas USAT, Universidad de Piura, 2023, 341 pp.

En la primera evangelización del Perú tuvo importancia capital la labor pastoral de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, II Arzobispo de la Ciudad de los Reyes (Lima). Visitó su extensa diócesis en tres memorables visitas pastorales, pueblo por pueblo donde, en el tiempo señalado para realizar Sínodos y Concilios, los convocaba y realizaba en el lugar donde se encontraba de Visita. Célebre y de gran fruto pastoral fue el III Concilio Límense (1582).  Convocó Tres Concilios y Trece Sínodos en: Yungay (1585), Chachapoyas (1586), Yauyos (1588), Lima (1592), Piscobamba (1595), Huaras (1598). Las Actas de dos de ellos (probablemente uno se celebraría en Lambayeque) se perdieron. Tenía gran cariño y afecto con los pobres a quienes entregaba parte de su vajilla de plata, regalo del Rey Felipe II. Repetía. “Oh pobre que me enriqueces, oh hambriento que me sacias…” hasta tal punto era así de dadivoso que le dio, a un sacerdote muy pobre, la camisa de seda que llevaba puesta. Dejó la Iglesia de su Diócesis organizada en Doctrinas (parroquias)  con abundantes frutos de vida cristiana. Trovador de la Señora. Bautizó a Santa Rosa de Lima, conoció a San Martín de Porras y a San Juan Masías, San Francisco Solano, estrellas luminosas de la santidad que, a los treinta años, aproximadamente, de la evangelización, brillaron con luces propias en el cielo  del Perú.

Los primeros contactos con Lambayeque lo realiza cuando desde el puerto de Paita (11 de marzo de 1581) por tierra, atravesando el desierto de Sechura, entra al primer pueblo de su diócesis: Jayanca.  No es una visita pastoral en el sentido clásico del término sino el primer contacto de la tierra y de su gente. Desde Zaña envía un poder y dos bulas papales (Gregorio XIII) al Licenciado Antonio Gutiérrez de Ulloa, para que en su nombre tomara posesión de su sede limeña.

Los caminos de Dios son inescrutables. Es en Lambayeque donde la presencia y actividad de Santo Toribio tiene lugar un hecho providencial. Al cabo de 25 años que estuvo en el Perú, entregó su alma al Creador en Zaña. El arco de su vida terrena comienza y termina en Lambayeque.

El 12 de mayo de 1581, Santo Toribio entra en Lima. Desde el primer día parte para el partido de Nazca para conocer el sur de su diócesis y, sube a Huánuco para completar el conocimiento de la sierra. Así empieza su andadura de Padre y Pastor por cerros, cruzando ríos, sufriendo los calores de la costa norte, las gélidas punas y los nebulosos recovecos de la selva misteriosa. Así, pueblo tras pueblo, sin descanso ni cansancio siempre rompiendo muros, derribando brechas y abriendo caminos al ritmo firme de sus pisadas de apóstol. “… sin atender a más que al servicio de Nuestro Señor…”

El primer contacto con Lambayeque, se dio cuando pasaba de camino para su Sede de Lima. La visita plena, la visita pastoral en sí al departamento actual de Lambayeque, tuvo lugar en su 2a. Visita (1593 – 1598).

Desde la fugaz estadía en Trujillo, sube a Lambayeque (marzo 1594) donde visitará, una tras otra, las doctrinas de: Íllimo, Túcume, Mochumí, Chiclayo (ciudad), Ferreñafe, Reque, Monsefú, Eten. Las visitas a los pueblos constituían, además del aspecto religioso y espiritual, un censo minucioso de sus moradores, número de confirmados, bautizados, el estado de la fábrica, de las iglesias, hospitales, cabezas de ganado lanar y vacuno, obras comunales… la situación en lo religioso y social son la falsilla donde se recogerán todos los datos, sin dejar uno.

San Pedro de Lambayeque. En Lambayeque residían dominicos y varios clérigos (sacerdotes diocesanos). Muchos de ellos eran hijos de criollos y habían estudiado en los colegios que existían en Lima, en el Seminario fundado en Lima por él y algunos en la famosa Universidad de San Marcos.

Desde los primeros tiempos de la llegada de los misioneros, evangelizaron Lambayeque franciscanos. Santo Toribio obligaba a que los sacerdotes supieran la lengua propia del lugar. Muchas veces en el diario de las visitas se lee: “Sabe la lengua”. “Sabe poco la lengua”.

Estando en Lambayeque, recibe la noticia de la muerte de su santa madre.

Santo Toribio escribe al rey una carta conmovedora ante la muerte de su madre. “De Lambayeque llanos de la ciudad de Truxillo a 10 de marzo de 1594 años. Pocos días ha, he recibido diez y seis cédulas de vuestra majestad….Y, como en los contentamientos y alegrías de este mundo suelen muchas veces mezclarse dolores y trabajos y persecuciones…tuve aviso de esta Corte de la muerte de mi madre, de que tuve el sentimiento que la razón a ello me obliga…”

San Francisco de Chiclayo formaba parte del partido de Trujillo con 12 doctrinas además de una conjunta en Mórrope – Pacora a cargo de clérigos que atendían Reque. Los franciscanos llegan a Chiclayo y Eten en el año 1581. Tenía unos 700 indios según el padrón de los sacerdotes que, varias veces, no coincidían con los de los encomenderos que rebajan el número para no pagar los tributos. Sin embargo, no faltaron encomenderos generosos y desprendidos. Uno de Chiclayo, dejó para el Hospital 1.500 a 2 mil pesos. Una cantidad respetable.

San Martín de Reque. El diario anota: “Había mozos de 18 años para abajo, 578 y 128 mujeres de todas las edades y estados”. Mucho dice de la piedad de la gente, la siguiente anotación: Un cacique mandó decir cada sábado una misa cantada en honor de la Virgen María de limosna en cada un año y 100 fanegas de trigo. El cacique se llamaba Diego Chimoy.

Monsefú (“Monzebú”) “Se dice cada sábado una misa de cofradía y en las festividades de Nuestra Señora se dice otra misa cantada con sus vísperas, darse limosna de dos patacones en cada una.

Santa Magdalena de Eten. Son pocos los datos ofrecidos en la Visita que realizó Santo Toribio de Mogrovejo. Sabemos –nos dice Fernando de la Carrera, cura párroco de Eten, testigo judicial del famoso suceso del  “Niño del Milagro” (1649) y compilador de la  lengua Yunga (Mochic) (1614)- afirma: “Estos indios, pues, que dicho inca llevó de los valles, desde aquellos a estos tiempos, conservan su lenguaje materno. Y aunque saben la serrana, hablaban la suya más de ordinario que otra, y es forzoso que el cura que los doctrina la sepa”

Santa Lucía de Ferreñafe. Pocos datos se conservan. El fenómeno del Niño, arrasó con muchos papeles y documentos. Sin embargo se conserva una curiosa anécdota. Estando Santo Toribio, se le presentó un español que le llevaba una pintura de Medoro. Al entregársela a Santo Toribio, le manifestó que él había sido confirmado por su Señoría en Ferreñafe siendo de corta edad.

En la tercera visita pastoral (1605 – 1606) tiene deseos de llegar de nuevo hasta Lambayeque, pero Dios tenía otros designios.  A principios de 1606, se encuentra en Trujillo. Visita Mocupe y  Guadalupe.

Santiago de Miraflores de Saña. Era Vicario de la Villa de Zaña el clérigo Miguel Jerónimo. A principios del año 1606, Santo Toribio, alojado en el convento de los Agustinos de Guadalupe (Trujillo), está enfermo. Insisten que se quede allí pues la enfermedad es de muerte. Sube penosamente a su cabalgadura para visitar Chérrepe, pasar por Reque y llegar hasta Zaña donde se acomoda en la casa parroquial. EL Jueves Santo, a las 3 y media de la tarde, apretando fuertemente el crucifijo, muere entregando su alma a Dios. Cuando murió Santo Toribio en Zaña, el 23 de marzo de 1606,  lo enterraron en la Iglesia Matriz. Durante las honras fúnebres contrataron a 6 músicos indios de Lambayeque (ciudad) para que tocaran y cantaran en el funeral.

https://www.usat.edu.pe/articulos/santo-toribio-de-mogrovejo-en-lambayeque/

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jueves, mayo 07, 2026

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO, OBISPO ADELANTADO QUE VIVIÓ CON SU “FAMILIA EN MISIÓN”. Monseñor José Luis del Palacio

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO, OBISPO ADELANTADO QUE VIVIÓ CON SU “FAMILIA EN MISIÓN”

 

Monseñor José Luis del Palacio, obispo emérito del Callao

Santo Toribio es un modelo itinerante en el mundo y a nosotros los que hemos recibido este don de la itinerancia nos iluminó nuestra misión, especialmente la del Perú.

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, villa del antiguo reino de León, hoy de Valladolid, en el centro de España, en noviembre de 1538 en el seno de una familia de gran prestigio y de conocida tradición jurídica.

Era el tercero de siete hermanos y hermanas. Una de éstas, María Coco, fue monja dominica y murió con fama y santidad en el año 1614. Otra hermana, Grimanesa, lo acompañó al Perú como su ama de llaves y no se separó nunca de él. El futuro arzobispo murió en Saña, en la actualidad diócesis de Chiclayo (Perú), localidad lejana de su diócesis, durante una de sus frecuentes visitas pastorales el 23 de marzo de 1606.

Toribio, en dos terceras partes de su vida, fue un laico, como fueron los primeros apóstoles. Cuando fue nombrado arzobispo de Lima a los 39 años, ni siquiera había recibido las órdenes menores. Hubieron de concedérselas una tras otra: el subdiaconado, el diaconado, el sacerdocio, la consagración episcopal y enseguida el pallium arzobispal. Un hombre que hasta entonces jamás había puesto un pie en América, de la cual ignoraba todo. Realmente se trataba de un hombre nuevo, capaz de una mirada completamente nueva. Producto de la intuición y de la voluntad evangelizadora de Felipe II, que le escogió e impuso personalmente como capaz de suceder a Jerónimo de Loayza (primer arzobispo de Lima), al que el Rey de España estimaba tanto, en una sede tan importante y hasta entonces tan difícil como la de Lima.

Así lo recordaba su sobrina Mariana de Guzmán y Quiñones en el proceso de beatificación de su tío: “Sus hermanos lo persuadieron a aceptar, insistían diciéndole que, si deseaba morir mártir, pues así decía siempre, aquella era una buena ocasión para serlo”.

Después de su elección, Toribio escribió al Papa una carta donde le decía: “Sé bien que es un peso que supera mis fuerzas, y aunque yo me considero indigno de cargo tan alto, no he dudado en aceptarlo, confiando en el Señor y encomendando a él todas mis inquietudes” (15 de abril de 1580). Su escudo como arzobispo fue el escudo nobiliario de su familia: tres flores de lis, un castillo y un león rampante.

Toribio se embarcó hacia el Perú desde Sevilla, capital de las “Indias españoles de Occidente”, y desde donde las naves españolas iniciaban su larga travesía por el océano Atlántico hacia América, por lo general haciendo escala en las Islas Canarias.

Lo acompañaban su hermana Grimanesa, casada con un primo, Francisco de Quiñones; sus sobrinos Antonio, Beatriz y Mariana; su fiel secretario, don Antonio de Balcázar, que más tarde llegará a ser su procurador y vicario general; y un pequeño grupo de servidores, en total 32 personas. Era una pequeña comunidad en misión “ad-ad gentes” para evangelizar el Perú.

El nuevo arzobispo, hombre de letras, durante los largos meses de la travesía se dedicó ya al estudio del Nuevo Mundo que lo esperaba. En su biblioteca llevaba la “Gramática o arte general de la lengua general de los indios del reino del Perú”, del dominico fray Domingo de Santo Tomás, que luego sería obispo de la Plata. Fue la entrada a pie, en su inmensa diócesis, lo que le ofreció la posibilidad de encontrarse ya de modo inmediato con esa realidad compleja. El viaje desde Sevilla hasta Lima había durado tres meses y medio. Así, después de cinco años de sede vacante, Lima acogía a su nuevo arzobispo.

Entró en Lima el 12 de mayo de 1581 por la habitual ruta de los virreyes y autoridades a través de un barrio (“Bajo el puente”) de pescadores de indios, el Rímac, revistiéndose en la parroquia de san Lázaro.

El Perú, cuando Toribio llegó, estaba saliendo de una profunda crisis. El primer arzobispo de Lima, Monseñor Jerónimo de Loayza, había fallecido hacía cinco años, dejando las bases de la estructura jurídica de aquella naciente Iglesia. El imperio de los Incas había venido sufriendo los estragos de sangrientas guerras civiles entre los mismos incas antes de la llegada de los españoles, y también después entre los bandos de Pizarro y Almagro.

Con gran celo comenzó por aprender quechua, para así poder ser entendido por la gente simple. Concibió el ministerio episcopal como un anuncio de Cristo (kerigmático para todos). Estaba convencido de que la fe cristiana estaba abierta a toda cultura y era un don proporcionado al corazón de todo hombre y toda mujer.

Montado en su mula, fue un apóstol itinerante. Recorrió más de 40.000 km con ocasión de sus visitas pastorales en la arquidiócesis, a fin de mantener un contacto directo con los sacerdotes y con los fieles, por esto le fue dado el apelativo de “rueda en continuo movimiento”.

En estos largos viajes misioneros contemplamos a este gran pastor desarrollando innumerables obras de bien: enseñando la fe, impartiendo los sacramentos, agrupando y organizando los indios, extendiendo, en definitiva, el Reino de Cristo en la América Meridional. El buen jurista y doctor en leyes fue así también un catequista sencillo y totalmente entregado, que se ganó rápidamente el respeto y el afecto de sus fieles.

Si hay una faceta vital que define a Santo Toribio es la misionera-itinerante; es un evangelizador nato. De los 25 años en los que fue pastor de esa vasta arquidiócesis, dedicó 17 a recorrer el territorio en visitas pastorales; atravesó la cordillera de los Andes, anunciando la palabra de Dios, creando parroquias y promoviendo e impulsando toda obra de bien. Fue, como he dicho, un apóstol itinerante.

Santo Toribio en sus viajes administró más de un millón de confirmaciones. Además, no solo visitaba hasta las aldeas más aisladas, las granjas y las factorías, sino que se preocupaba por conocer personalmente a cada uno de los fieles. “Si se enteraba de que quedaba una oveja por confirmar en un lugar apartado, iba él mismo en su busca y la confirmaba”. O bien “iba a confirmar a los enfermos en sus propias casas si no podían ir a la iglesia”.

Algunas de sus peripecias apostólicas parecen de película, pero son reales, históricamente ciertas. Un día, el arzobispo, “tras haber confirmado a los habitantes de un poblado, se enteró cuando ya había trepado por una pendiente larga y muy abrupta, de que se había quedado un indio sin confirmar en el pueblo. Le dijeron que se lo llevarían. Pero como también le indicaron que el indio estaba un poco enfermo, dio media vuelta, bajó de nuevo por la larga y escabrosa cuesta para que el indio enfermo no se arriesgara a morir por el camino y fue a confirmarle. Cosa que llenó de espanto a todos los presentes, por lo peligroso que era el camino. Y, así, sin dejar de lado la aldea más pequeña, si no había más que un indio en uno de aquellos picachos tan elevados en los que a menudo se instalaban los naturales, le iba a visitar y a llevarle lo necesario para su salvación”.

Lo mismo sucedió en tiempos de “epidemia de viruela y de la peste general que diezmó las reducciones; como todos los indios se habían refugiado en sus casas o chozas, él iba de casa en casa o de choza en choza, enseñándoles el catecismo y confirmándoles. Visitaba la Iglesia con gran cuidado, revisaba y hacía revisar los libros parroquiales y mandaba a hacer un inventario de todos los bienes que poseía, no aceptando obsequios y remediando más bien a los necesitados con sus limosnas. No se detenía más tiempo del necesario a fin de no ser gravoso a los curas y a sus feligreses, pero no partía hasta quedar satisfecho de su obra”.

Su celo apostólico por la evangelización de los indios, la defensa de la justicia no tenía límites y le llevó a hacer tres concilios provinciales y trece sínodos diocesanos. Siempre con la preocupación de formar misioneros y presbíteros.

Entre sus obras se destaca por la celebración del Tercer Concilio de Lima. Hizo preparar y publicar el famoso catecismo trilingüe mayor y menor en español, quechua y aymara, que fue aprobado por aquel Concilio como instrumento obligatorio de evangelización en lengua indígena. Juan Pablo II en su primera visita al Perú en el año 1985, dijo: “En Santo Toribio descubrimos el valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona. Él fue un auténtico precursor de la liberación cristiana en el Perú”.

Otro éxito de Toribio y de su Concilio del año 1583 fue el seminario de Lima, el primero de América y uno de los primeros de todo el mundo que se abrió y mantuvo según los decretos del Concilio de Trento. Los seminaristas seguían las clases en la Universidad de San Marcos, ya que debían llegar al sacerdocio a través de los títulos universitarios.

Toribio escribe a Felipe II y le propone evangelizar España y Europa con sacerdotes que enviaría desde el Perú. Ahora es el momento de cumplir con la deuda de “nueva evangelización” que tiene Perú con España. Dice así: “Gracias a Dios hay tantos sacerdotes y religiosos aquí que podrían ser enviados a España para poblar los conventos, y ser afectados a muchos beneficios parroquiales y diocesanos. Aquí todos los conventos están llenos de religiosos y tengo más de cien sacerdotes con los que no sé qué hacer. Por eso podría enviarlos a España”. En realidad, el “Siglo religioso” solo acababa de empezar en el Perú y su desarrollo posterior no haría más que mantener y aumentar la presión de las vocaciones sacerdotales. Tanto y tan bien que el tercer sucesor de Santo Toribio como arzobispo de Lima, el excelente monseñor Arias de Ugarte, escribiría en 1630 a Felipe IV que solo en la Villa de Lima había más de 300 sacerdotes sin trabajo de evangelización.

Toribio era muy caritativo, “no guardaba para sí ni siquiera la camisa”. “Decía que los pobres eran bancos a través de los cuales iban al cielo los tesoros de los ricos”. “Personalmente no poseía nada, daba todo a los pobres”, sobre todo a los pobres indios, ya que su casa Episcopal era un verdadero “refugio para los pobres de la mañana a la noche y les daba de comer de su propio plato, sentándolos a su mesa”. Un día, un indio aprovechó para apoderarse de un plato de plata que pertenecía al arzobispado. Los sirvientes se dieron cuenta y empezaron a golpearle. El indio gritó. “El arzobispo preguntó por qué la estaban maltratando. Le contestaron que era porque había cogido el plato de plata y se lo llevaba. Entonces, Toribio ordenó que le dieran el plato para que se lo llevase libremente porque le habían maltratado”.

“Solo verlo era ya un sermón”. Vivía “en continua oración y meditación, a las que dedicaba seis o siete horas diarias, muchas veces de rodillas, en la tribuna que tenía reservada en su Catedral”.

Santo Toribio fue sobre todo un apóstol itinerante en ese áspero mundo andino. Hizo cuatro visitas pastorales generales y muchas otras parciales a su inmensa diócesis. Por consiguiente, fue la imagen cabal del obispo apóstol y misionero itinerante. Murió precisamente durante una de estas visitas pastorales, el Jueves Santo, 23 de marzo del año 1606, en Saña, en el lejano norte del Perú. Fue beatificado por el papá Inocencio XI el 28 de junio del año 1679 y canonizado por Benedicto XIII el 10 de diciembre del año 1726.

Un santo atrae otro santo, pero en Perú surgieron una comunidad de santos en cuarenta años. El primero, San Francisco Solano (1549-1610), franciscano, guardián en el convento del Rímac. Lima. La joven laica Rosa de Lima (1586-1617) que dio testimonio de la función evangelizadora de la mujer, aprendió el catecismo de Santo Toribio, fue confirmada junto a su hermana en el pueblo de Quives. También era laico San Martín de Porres (1579-1639), miembro de la orden terciaria dominica de Lima, en la que ingresó en el año 1602, en vida de Toribio a los veintidós años. Martín, nacido en Lima, era hijo de un español natural de Burgos y de una negra libre, mulato, por tanto. El manantial de Santidad en el virreinato continuará con San Juan Macías (1585-1645), también laico, un comerciante que a los treinta y ocho años ingresa como hermano Lego dominico en el convento limeño de la Magdalena en el año 1623. Murió en ese mismo convento del que era portero y “padre de los pobres”.

Aparece así en Perú una comunidad de santos en donde están presentes todos los carismas, como lo que pretende la Iglesia hacer hoy con la Nueva Evangelización siguiendo el Concilio Vaticano II.

Viendo la importancia de la vida de Santo Toribio de Mogrovejo, compré toda la edición del_ libro de Don Vicente Rodríguez Valencia, Toribio de Mogrovejo, Organizador y apóstol del Sur América en dos tomos, editado por el Instituto de Investigaciones Científicas (Madrid 1956). Le regalamos un ejemplar a todos los Obispos del Perú, dedicándoselo así: “Que la vida de Santo Toribio le ayude en su ministerio episcopal. Con todo cariño. José Luis y Antonio, Equipo Itinerante responsable del Camino Neocatecumenal en el Perú (enero 1984)”.

 El Papa Francisco lo denominó “Nuevo Moisés” porque cuenta la historia que hizo brotar agua de una roca en Chimbote. San Juan Pablo II, el día 10 de mayo de 1983, lo nombró patrono de los obispos de Hispanoamérica. Hemos celebrado en el año 2006 el IV Centenario de la muerte de este gran apóstol de la evangelización del Nuevo Mundo y, más precisamente, de la América del Sur española. El Concilio Plenario Latinoamericano del año de 1899 lo llamó “El astro más luciente del episcopado del Nuevo Mundo”.

En mi experiencia personal, puedo decir que llegué a Lima el 23 de marzo de 1976 y, rezando laudes, en el avión, me di cuenta de que era el día de su festividad. Me interesé mucho por su vida, he tratado de seguir sus huellas itinerantes y me ha empujado a dar mi vida anunciando el evangelio del Perú. Teníamos en común que su guía era el concilio de Trento y el mío era llevar el Concilio Vaticano II.

 

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