lunes, septiembre 11, 2017

SANTO TORIBIO CONFIRMÓ A SANTA ROSA, SAN MARTÍN Y A UN MILLÓN MÁS. Apuntes a propósito de su visita a Quives en 1598

SANTO TORIBIO CONFIRMÓ A SANTA ROSA, SAN MARTÍN Y A UN MILLÓN MÁS

Algunos apuntes a propósito de su visita a Quives en 1598

 

José Antonio Benito Rodríguez

Mayorga y Villaquejida, las dos localidades que se disputan la cuna de Santo Toribio, ofrecen la misma iconografía: La confirmación de Rosa de Santa María, como vemos en la imagen. Les comparto algunos apuntes sobre este santo encuentro, al hilo de los congresos por el IV Centenario del tránsito al Cielo de la patrona de América.            

      

EL MUNUS SANCTIFICANDI DEL OBISPO Y LA CONFIRMACIÓN

Para que la Iglesia sea capaz de proseguir y completar su obra en el mundo, Cristo la ha dado misión y poder de desempeñar las funciones que El mismo ejercía: enseñar, santificar y gobernar. Cristo determina para su Iglesia una misión que consiste en continuar su obra, una responsabilidad, una función. Pero para ello comunica sus propios poderes de enviarlos, a aquellos que hacían de un doctor o profeta, un sacerdote y un pastor o rey. Así tenemos el munus docendi (haced discípulos a todos), el munus sanctificandi (bautizándolos) y el munus regendi (enseñándoles a observar todo), que es el ministerio pastoral. Estos tres poderes derivan de la única misión de Cristo   y persiguen idéntico objetivo ministerial, son poderes para misión de servicio: al Munus docendi compete guardar y trasmitir fielmente el depósito; al Munus sanctificandi, llevar a cabo la obra de salvación mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira la vida litúrgica (Sacrosantum Concilium, 6); y al Munus regendi, pastorear la Iglesia. 

Dos ministerios ejerce de modo ordinario el obispo, administrar el sacramento del Orden Sacerdotal y conferir el sacramento de la confirmación:

 "Por la Confirmación, cuyo ministro originario es el Obispo, se corrobora su fe y reciben una especial efusión de los dones del Espíritu…El Obispo, ministro originario del Sacramento de la Confirmación, ha de ser quien lo administre normalmente. Su presencia en la comunidad parroquial que, por la pila bautismal y la Mesa eucarística, es el ambiente natural y ordinario del camino de la iniciación cristiana, evoca eficazmente el misterio de Pentecostés y se demuestra sumamente útil para consolidar los vínculos de comunión eclesial entre el pastor y los fieles. (Juan Pablo II, Pastores Gregis, 2003, n.38)

QUIVES, CAPITAL DE LA SANTIDAD

            Santa Rosa de Quives está camino a Canta, específicamente en el Km. 63 de dicha vía. Santa Rosa de Quives nació como distrito cuando se dividió el distrito de Arahuay. A la nueva unidad administrativa se le sumó, como un anexo, el pueblo de Santa Rosa de Quives, que recibía el nombre de Quives o Quivi. En la actualidad es uno de los destinos favoritos de los limeños que huyen del ruido y la contaminación de la urbe. Ofrece al viajero un clima agradable y cálido durante todo el año. Se encuentra a 900 metros sobre el nivel del mar[1].

El padre de Santa Rosa, Gaspar Flores, arcabucero en la guardia del palacio del Virrey[2], fue nombrado administrador de un obraje situado en las cercanías de Quive en el que permaneció por espacio de cuatro años. Acerca de la condición socioeconómica de la familia, parece que nunca fue alta. Su padre, Gaspar Flores, arcabucero en la guardia del palacio del Virrey, un año antes de nacer Rosa, fue contratado como cateador de minas en Cajatambo en 1585.  En 1595 fue contratado para administrar el obraje de Quives, donde trasladó a toda su familia., fue  nombrado administrador de un obraje situado en las cercanías de Quive en el que permaneció por espacio de cuatro años. Su nombramiento quizá comenzó a raíz del inicio del mandato de Luis de Velasco, 24 julio 1596- (según Stephen M. Hart, 2017:159). Contaba en ese tiempo con 71 años y debía superar el salario de 500 pesos anuales que ganaba antes. La minería era un sector cuya mano de obra tenía que ver con la infame mita. Nunca alcanzó a tener una encomienda y tampoco participó en el grupo social alto de la ciudad. Sus ingresos a duras penas alcanzaban para mantener a su numerosísima familia.

 

Tal sentir coincide con las escasas fuentes que recogen datos sobre el menester como las Actas del Proceso de Beatificación, el Diario de la Visita, las primeras biografías de ambos santos. Así, en el Auto del Cuestionario para el Proceso de Beatificación, de 5 de septiembre de 1617, en la pregunta tres se dice "hasta que siendo de edad de once años poco más o menos, el señor Don Toribio Mogrovejo, Arzobispo de esta ciudad, hizo órdenes de confirmación en el pueblo de Quivi, nueve leguas de esta ciudad y confirmó a la dicha santa niña en el nombre de Rosa de Santa María.[3]

Para conocer detalles de la liturgia de la confirmación nos sirve la quinta pregunta del Cuestionario del mismo Proceso de Beatificación:

Y muchos días entraba a confirmar en las doctrinas sin desayunarse con cosa alguna y a puertas cerradas queda­ban dentro de la Iglesia dos y tres mil áni­mas, las cuales confirmaba todos, sin salir a comer si no era hasta la tarde, cuando se acababa, que solía ser a las cinco de la tarde... que causaba gran admiración y espanto. Y esto hacía con gran espíritu y fortaleza en las comidas que ordinariamente comía eran tenues, como una olla y alguna vez un bocado de asa­do y cuando le ponían algún regalo lo daba a los indios y pobres que presentes se hallaban.

 

Refuerza esta información el testimonio del Contador Gonzalo de la Maza, quien afirma que "esto (el llamarse Isabel) duró hasta que el señor Arzobispo don Toribio Alfonso Mogrovejo lo confirmó"[4]. Acerca del asunto del cambio de nombre en la confirmación, el Padre Fray Luis de Bilbao nos dirá que, aunque ya se le llamaba Rosa, sin embargo, oficialmente, fue confirmada con el nombre de Isabel "Y que aunque es verdad que ha corrido la voz que a esta virgen el señor Arzobispo Don Toribio, le trocó el nombre de Isabel en Rosa, a instancias de sus padres, no lo tiene por tan cierto; y que lo que sabe de su misma madre es que habiendo propuesto firmemente trocarle el nombre en la Confirmación, llegada la ocasión, se le olvidó totalmente, con la costumbre que tenía de llamarla Rosa; y así entiende que se Confirmó, en el nombre que tenía de Isabel; pero que está muy cierto, que el nombre de Rosa lo tuvo desde edad de tres meses hasta que murió; y que por éste y no por el de Isabel, fue conocida y tratada hasta que murió"[5].

            El "Libro de las Visitas menciona a Quives al resumir las leguas que el Arzobispo: "ha andado en esta visita que hizo saliendo de esta ciudad de los Reyes en 8 de agosto de 1601 años": De Lima a Carabayllo 4 (leguas); de Carabayllo a Yangas 6 (leguas); de Yangas a Quivi 1[6].  La distancia es de 11 leguas.  Al referir a los "confirmados que Su Señoría confirmó en la visita que hizo este año de 1602 son los siguientes: Villa Carabayllo, 9 personas; de Quibi (los siete pueblos; doctrina de Quivi, 7 pueblos, como San Pedro de Yaco, Araguay, Visc, Santa Olalla, San Mateo), 557, de Canta 556 Guama, 648[7]. Acerca de la población existente, constata esta precisa información: "Memoria de los Tributarios reservados, viejos y viejas, muchachos y muchachas de la doctrina de que anduvo Su Señoría Ilustrísima en la visita que salió en prosecución de ella a 8 de agosto del año de 1601 y confirmados en ellas y sínodos de los curas que es en la forma y manera siguiente: Doctrina de Quivi, 7 pueblos. Confirmados año de 1603, 10 ánimas. Por manera que hay en toda esta doctrina de Quivi, 408 tributarios y con ellos y la demás gente, hay 1920 ánimas de todas edades. Sínodo. Tiene el padre de sínodo, 480 pesos ensayados"[8]

            M. Mendiburu es más explícito: Rosa "pasó a Canta con su familia en 1597 porque su padre llevó una comisión a esa provincia y residieron en el pueblo de Quivi. Allí recibió Rosa la confirmación de mano de ST que hacía visita a su diócesis; el padrino fue el cura de la doctrina D. Francisco González y se asegura que quedó en ese acto ratificado el nombre de Rosa. En Quive hay una capilla en que se dice estuvo la habitación de Rosa, añadiendo que una piedra que existe dentro, le servía de asiento. Ese pueblo tenía entonces opulentas minas y mucho vecindario, ingenios y oficinas para beneficio de metales; hoy sólo le ha quedado el nombre de Santa Rosa" (Tomo VII, Imprenta Bolognesi, Lima, 1887, p.211)

En 1598, tras vivir la Semana Santa en Lima, visita sus contornos y, tomando el camino del norte, se acerca el 12 de febrero de 1598 a Arnedo o Chancay y Canta. Su presencia en Quives coincide con la morada en el poblado de la familia de Santa Rosa de Lima a quien confirma. El padrino sería el cura de la doctrina don Francisco González[9], el mismo que aparece en la relación de curas prebendados de 30 de abril de 1602 presentados por el virrey[10].

El siempre bien documentado P. Vargas Ugarte: "Tendría unos doce años cuando hubo de dejar Lima para pasar con sus padres al pueblecito de Quive… Gaspar Flores había sido nombrado administrador de un obraje situado en las cercanías y allí permaneció por espacio de cuatro años. La doctrina de Quive estaba al cuidado de los religiosos de la Merced y, estando Rosa en el lugar, vino a visitarla el Santo Arzobispo, Toribio de Mogrovejo. Era esto en el año 1597[11]. Rosa se dispuso a recibir el sacramento de la confirmación y, siendo su padrino el cura doctrinero del pueblo, Francisco González, recibió la unción sagrada de manos del virtuoso prelado"[12].

            En la relación del arzobispo B. Lobo Guerrero, en 1619 se da cuenta de que la doctrina de Quibi "tiene nueve pueblos en distancia de diez leguas en llanos y en sierra, el primer pueblo de los llanos dista de Lima 9 leguas, es cura de esta doctrina Cristóbal de Castilla, de edad de 65 años; ha catorce que la sirve con presentación del virrey. En cada uno de los dichos pueblos hay iglesia y pila baptismal. Tiene esta doctrina 1.300 indios e indias de confesión. No tiene hospital ni cofradías"[13].

            Como recuerdo de este singular momento, tenemos varias esculturas, cuadros, retablos y hasta templos. Cabe mencionar el retablo esculpido en madera policromada en la casa solariega de Mayorga con el grupo escultórico que representa a Santo Toribio confirmando a santa Rosa de Lima y que está bordeado por diferentes casetones con relieves alusivos a los momentos más destacados de su vida.

            Rosa vivió en Quives aproximadamente unos 4 años. A los 14 regresó a Lima y muere el 24 de agosto de 1617. Fue canonizada el 12 de abril de 1671.

En Quives se encuentran en la actualidad los Misioneros de Nuestra Señora de la Reconciliación y del Señor de los Milagros. En una de las lápidas puede leerse:

 "Esta es la casa donde vivió Santa Rosa de Lima por los años de 1596-1604. Don Gaspar de Flores, padre de Santa Rosa, ex alabardero de la guardia del virrey administraba una mina de metales preciosos cerca del lugar de Quives. En el jardín del Santuario se conserva una piedra de molino de la época utilizado para triturar los minerales en el obraje. Los lavaderos del mineral fueron sepultados por un huayco cerca del templo. En el altar interior se ha incrustado la piedra donde la santa se recluía para orar. Una de las hermanas de Santa Rosa llamada Bernardita que fue confirmada junta a ella murió en Quives y está enterrada a la entrada del templo. Monseñor E. Lissón, C.M. arzobispo de Lima colocó la piedra de la restauración de la ermita en día 31 de agosto de 1924. El templo donde fue confirmada por Santo Toribio Mogrovejo arzobispo de lima y esta casa han sido declarados monumentos históricos por Ley Nª 10403 del 23 de febrero de 1946. Este conjunto recibió el nombre de santuario (JM 88).

Desde la creación de la diócesis de Carabayllo en 1999, su obispo Monseñor Lino Panizza ha promovido la peregrinación al santuario, especialmente los 30 de agosto, y, en particular, cada 8 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario, día en que acude toda la diócesis con más de 200 autobuses y numerosos fieles caminando. En la actualidad los Misioneros de Nuestra Señora de la Reconciliación y del Señor de los Milagros.

 

EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

El Segundo Concilio Limense, en 1567, ordenaba "que pongan diligencia los obispos en dar el sacramento de la confirmación a todos los indios bautizados y prevean de candelas y de vendas a sus costa por la pobreza de los indios" (C2L, Parte 2ª, 46; en VARGAS UGARTE, Rubén - Concilios limenses. Tip. peruana, S.A., Lima, 1951, T. I, p.246.  Por su parte, el Tercer Concilio Limense, (Lima 1583) explica que el sacramento de la confirmación se da "a todos los cristianos bautizados, para que tengan fortaleza en la fe y ley de Dios contra sus enemigos". De modo explícito se prescribe que "cuando se da el sacramento de la confirmación a los indios no se les pida plata ni dierno alguno ni aún les persuadan a que lo traigan, antes a los indios pobres el obispo les provea de candelas y vendas liberalmente" (Act. 2, Cap.13; VARGAS UGARTE, Rubén - Concilios limenses. Tip. peruana, S.A., Lima, 1951, T. I, p.328).

            Fiel a lo prescrito en los concilios limenses (C2L, I, 48) de que "todos los que se confirman se asienten en el libro", en el citado "Libro de Visitas" se da razón de los confirmados en Lima de 1592 a 1597 y de 1601 a 12 de enero de 1605, sumando 2.262. Cuando escribe en 1590 al Papa Sixto V le habla de 450.000 confirmaciones. Al dirigirse al Papa Clemente habla de más de 600.000. Su sobrino sacerdote Luis de Quiñones, en 1607, habla de 800.000, y Sancho Dávila, en 1632, de un millón.

Sancho Dávila, que tan cerca estuvo siempre del Santo, cuando fue llamado a declarar en vida del Santo, en 1595, dará pormenores de la confirmación en circunstancias especiales como la concurrencia masiva de fieles o en caso de epidemia:

"Por abreviar y darse prisa no confirmaba sentado, como otros Prelados hacían, sino haciendo en la Iglesia muchas hileras de los indios e iba por cada una confirmando en pie, sufriendo su hedor, que en algunas partes era insufrible, y algunas veces confirmaba a las mil ánimas juntas…En especial, en el tiempo de las viruelas y peste general que hubo en este reino, que por estar todos los indios en sus casas caídos con la dicha enfermedad, se andaba el dicho señor Arzobispo de casa en casa, a confirmarlos, sufriendo el hedor pestilencial y materia de la dicha enfermedad" (IRIGOYEN II, 134)

 

En el proceso de beatificación de 1632 declaraba con precisión:

"Confirmó en su Arzobispado más de 1.000.000 almas y de las más de ellas fue este tes­tigo padrino de ellos[14],… y nunca consintió que le ofreciesen plata ni otra ofrenda y no llevó velas ni vendas a ningún indio y se enviaron a esta ciudad de los Reyes por un quintal de velas y cien varas de roan. Gastadas y acabadas aquellas, enviaron por otras tantas y si algún indio llevaba alguna candela, se hacía volver a su casa y las velas que daban  1os puebles las dejaba a las Iglesias de los pueblos. que si hubiese de llevar ofrendas candelas y vendas de los que confirmó, le de­bieran grandísima suma de hacienda. Cada indio llevaba su candela y venda de confirmando como regalo del Arzobispo. Si el material no llegaba de Lima, ordenaba romper las sábanas de su cama. Y muchos días entraba a confirmar en las doctrinas sin desayunarse con cosa alguna y a puertas cerradas queda­ban dentro de la Iglesia dos y tres mil áni­mas, las cuales confirmaba todos, sin salir a comer si no era hasta la tarde, cuando se acababa, que solía ser a las cinco de la tarde... que causaba gran admiración y espanto…

Comparto, por último, un valioso testimonio que aporta otros detalles complementarios como el de la visita personal por las chozas. Fray Juan Yáñez Solano, natural de la villa de san Clemente (Cuenca) España, O.P. [600v] [603]"porque este testigo vio muchas veces por sus ojos en las confirmaciones que hacía dar a los dichos indios velas[603v]y vendas de su hacienda  porque llevaba muchas en unas petacas todo para este efecto y las que ofrecían los españoles se las daba a la iglesia donde confirmaba y les hacía llevar para que sirviesen a los pobres indios y asimismo sabe este testigo que caminó visitando su arzobispado gran [sic] de leguas por caminos como tiene dicho ásperos y peligrosos y frigidísimos y también muy cálidos sólo por la salvación de las lamas que le estaban encargadas y este era su principal intento y por una sola alma caminara muchas leguas y diera la vida como buen pastor como [604]lo hizo muchas veces y así mismo si algunos indios o indias estaban enfermos e impedidos de manera que no pudiesen venir a la iglesia a confirmarse iba en persona a sus chozuelas y ranchos a confirmarlos y consolarlos.

 



[2] José A. del Busto "El Arcabucero Gaspar Flores, padre de Santa Rosa" Revista Histórica, Lima, 1960. En el proceso de canonización, el 22 de febrero de 1618 declara que es "gentil hombre de la compañía de los arcabuceros de la guardia de este reino…natural de San Juan de Puerto Rico…de 93 años".

[3] Primer Proceso Ordinario para la Canonización de Santa Rosa de Lima 1617 Transcripción, introducción y notas del P. Dr. Hernán Jiménez Salas, O.P. (Monasterio de Santa Rosa de Santa María de Lima, Lima, 2003, pp.604 pp.) (fol.5v) p.21

[4] Primer Proceso Ordinario para la Canonización de Santa Rosa de Lima 1617, folio  23v/

[5] Ibídem. f.285. p.365

[6] [318v]

[7] [221

[8] pág. 200]".

[9] Ismael PORTAL Lima religiosa (1535-1924) Librería e Imprenta Gil, Lima, 1924, p. 97)

[10] Lissón IV, nº 989, Patronato 248, R.33

[11] No hay acuerdo en las fechas. Unos hablan de 1597, otros de 1598. Me inclino por esta segunda.

[12] La Flor de Lima. Santa Rosa  Paulinas, Lima, 5ª ed. 1994 pp.20-21.

[13] (Lissón, V, nº 1282, A de Lima 301)

[14] Acerca de los padrinos, se nos da una información precisa [213v] Ninacaca. En el pueblo de Ninacaca a postrero día del mes de febrero de 1588 años, Su Señoría Ilustrísima confirmó a los siguientes, de que fue padrino Sancho Dávila, siendo cura el P. Diego Flórez, 394. Acerca de los padrinos, los concilios ordenan "que en cada pueblo o parroquia de indios, se señalase un padrino para los que se bautizan [o confirman]; el señalarle empero a éste, será propio del ordinario, el cual podrá también señalar más que uno, como viere convenir al número de gente, con tal de que los así señalados sean ciertos y tales que se les pueda encomendar la enseñanza de los hijos espirituales" (C3L, II, 9).

. Con solo Rosa blasonará el Perú tanto como todo el mundo con sus Apóstoles"

P. Juan de Espinosa Medrano. "Oración panegírica a la gloriosa Santa Rosa, patrona de los Reinos del Perú, Cuzco" .La novena maravilla [1695, Valladolid],  (Fondo Editorial del Congreso del Perú-Fondo Editorial del Banco de Crédito del Perú, Lima, 2011)

 

"Es que es la Rosa Limana el primitivo y espantoso parto de santidad de todo este Nuevo Mundo, en que también han brotado gigantes plantas de virtud y perfección. Los Solano, los Mogrovejos, los Ortices, etc. ¿no son palmas de Idumea, no son olivas palestinas que se van por esos Cielos? Pues entre todas esas, es Rosa la exaltada, la reina, la patrona más principal, la cabeza y mayorazgo de la santidad peruana…

Con ese patrocinio compita Lima con Roma, que acá tenemos nuestra Rosa que presentar ufanos al árbitro soberano de los hombres, y cuando Roma aun de dos Apóstoles tan grandes, que son las más sublimes columnas de la Iglesia, apenas hace una Rosa que ofrecer a Cristo: Qualem Rosam Christo mittet Roma! Lima le dará Rosa que equivalga, emule y contrapese a esas dos más ínclitas cabezas del Cristianismo. Con solo Rosa blasonará el Perú tanto como todo el mundo con sus Apóstoles. Pero llevar la Rosa solo en la boca y no en la imitación, oferta será de sabandija, que arrastra. ¿Qué importará galantear con la Rosa si nos quedamos culebras? Aceptará Dios placentero y benigno la flor; pero mandará pegar fuego a las espinas. Si de manosear a Rosa los ámbares de su memoria, no se nos pega algo a la voluntad, perdido va el entendimiento. En Rosa ha mostrado Su Majestad cuánto sabe hacer por quien le ama. Todos podemos ser Rosas, si como Rosa le amamos todos. Amor, amor; temor, temor; miserables de nosotros a quien tan digno es de temor y de amor. Rosa de oro, honra del Mundo, delicias de Dios, fragancia del Evangelio, crédito de la Iglesia, hacédnoslo entender, alcanzándonos muchos auxilios de gracia, que nos aseguren la Gloria. Ad quan nos perducat" (pp.255-256)

 

 

viernes, septiembre 08, 2017

HERMANOS OBISPOS DEL CELAM, HOY HACE FALTA PASIÓN PARA EVANGELIZAR COMO SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO

(6-11 DE SEPTIEMBRE DE 2017)
ENCUENTRO CON EL COMITÉ DIRECTIVO DEL CELAM
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Nunciatura apostólica, Bogotá
Jueves 7 de septiembre de 2017
Queridos hermanos, gracias por este encuentro y por las cálidas
palabras de bienvenida del Presidente de la Conferencia del Episcopado
Latinoamericano. De no haber sido por las exigencias de la agenda, muy
apretada, hubiera querido encontrarlos en la sede del CELAM. Les
agradezco la delicadeza de estar aquí en este momento.
Agradezco el esfuerzo que hacen para transformar esta Conferencia
Episcopal continental en una casa al servicio de la comunión y de la
misión de la Iglesia en América Latina; en un centro propulsor de la
conciencia discipular y misionera; en una referencia vital para la
comprensión y la profundización de la catolicidad latinoamericana,
delineada gradualmente por este organismo de comunión durante décadas
de servicio. Y hago propicia la ocasión para animar los recientes
esfuerzos con el fin de expresar esta solicitud colegial mediante el
Fondo de Solidaridad de la Iglesia Latinoamericana.
Hace cuatro años, en Río de Janeiro, tuve ocasión de hablarles sobre
la herencia pastoral de Aparecida, último acontecimiento sinodal de la
Iglesia Latinoamericana y del Caribe. En aquel momento subrayaba la
permanente necesidad de aprender de su método, sustancialmente
compuesto por la participación de las Iglesias locales y en sintonía
con los peregrinos que caminan en busca del rostro humilde de Dios que
quiso manifestarse en la Virgen pescada en las aguas, y que se
prolonga en la misión continental que quiere ser, no la suma de
iniciativas programáticas que llenan agendas y también desperdician
energías preciosas, sino el esfuerzo para poner la misión de Jesús en
el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir
la eficacia de las estructuras, los resultados de su trabajo, la
fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de
suscitar. Porque sin alegría no se atrae a nadie.
Me detuve entonces en las tentaciones, todavía presentes, de la
ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y
del clericalismo, porque está siempre en juego la salvación que nos
trae Cristo. Esta debe llegar con fuerza al corazón del hombre para
interpelar su libertad, invitándolo a un éxodo permanente desde la
propia autorreferencialidad hacia la comunión con Dios y con los demás
hermanos.
Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo
como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría
un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir como lo hace
cualquier funcionario de lo sacro. Dios habla con la inconfundible voz
del Padre al hijo, y respeta su misterio porque lo ha formado con sus
mismas manos y lo ha destinado a la plenitud. Nuestro mayor desafío
como Iglesia es hablar al hombre como portavoz de esta intimidad de
Dios, que lo considera hijo, aun cuando reniegue de esa paternidad,
porque para Él somos siempre hijos reencontrados.
No se puede, por tanto, reducir el Evangelio a un programa al servicio
de un gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una
concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia,
como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con
modernos criterios empresariales, por una casta clerical.
La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús; la Iglesia es
Misterio (cf. Lumen Gentium, 5) y Pueblo (cf. ibíd., 9), o mejor aún:
en ella se realiza el Misterio a través del Pueblo de Dios.
Por eso insistí sobre el discipulado misionero como un llamado divino
para este hoy tenso y complejo, un permanente salir con Jesús para
conocer cómo y dónde vive el Maestro. Y mientras salimos en su
compañía conocemos la voluntad del Padre, que siempre nos espera. Sólo
una Iglesia Esposa, Madre, Sierva, que ha renunciado a la pretensión
de controlar aquello que no es su obra sino la de Dios, puede
permanecer con Jesús aun cuando su nido y su resguardo es la cruz.
Cercanía y encuentro. Cercanía y encuentro son los instrumentos de
Dios que, en Cristo, se ha acercado y nos ha encontrado siempre. El
misterio de la Iglesia es realizarse como sacramento de esta divina
cercanía y como lugar permanente de este encuentro. De ahí la
necesidad de la cercanía del obispo a Dios, porque en Él se halla la
fuente de la libertad y de la fuerza del corazón del pastor, así como
de la cercanía al Pueblo Santo que le ha sido confiado. En esta
cercanía el alma del apóstol aprende a hacer tangible la pasión de
Dios por sus hijos.
Aparecida es un tesoro cuyo descubrimiento todavía está incompleto.
Estoy seguro de que cada uno de ustedes descubre cuánto se ha
enraizado su riqueza en las Iglesias que llevan en el corazón. Como
los primeros discípulos enviados por Jesús en plan misionero, también
nosotros podemos contar con entusiasmo todo cuanto hemos hecho (cf. Mc
6,30).
Sin embargo, es necesario estar atentos. Las realidades indispensables
de la vida humana y de la Iglesia no son nunca un monumento sino un
patrimonio vivo. Resulta mucho más cómodo transformarlas en recuerdos
de los cuales se celebran los aniversarios: ¡50 años de Medellín, 20
de Ecclesia in America, 10 de Aparecida! En cambio, es otra cosa:
custodiar y hacer fluir la riqueza de tal patrimonio (pater - munus)
constituyen el munus de nuestra paternidad episcopal hacia la Iglesia
de nuestro continente.
Bien saben que la renovada conciencia, de que al inicio de todo está
siempre el encuentro con Cristo vivo, requiere que los discípulos
cultiven la familiaridad con Él; de lo contrario el rostro del Señor
se opaca, la misión pierde fuerza, la conversión pastoral retrocede.
Orar y cultivar el trato con Él es, por tanto, la actividad más
improrrogable de nuestra misión pastoral.
A sus discípulos, entusiastas de la misión cumplida, Jesús les dijo:
«Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado» (Mc 6,31). Nosotros
necesitamos más todavía este estar a solas con el Señor para
reencontrar el corazón de la misión de la Iglesia en América Latina en
sus actuales circunstancias. ¡Hay tanta dispersión interior y también
exterior! Los múltiples acontecimientos, la fragmentación de la
realidad, la instantaneidad y la velocidad del presente, podrían
hacernos caer en la dispersión y en el vacío. Reencontrar la unidad es
un imperativo.
¿Dónde está la unidad? Siempre en Jesús. Lo que hace permanente la
misión no es el entusiasmo que inflama el corazón generoso del
misionero, aunque siempre es necesario; más bien es la compañía de
Jesús mediante su Espíritu. Si no salimos con Él en la misión pronto
perderíamos el camino, arriesgándonos a confundir nuestras necesidades
vacuas con su causa. Si la razón de nuestro salir no es Él será fácil
desanimarse en medio de la fatiga del camino, o frente a la
resistencia de los destinatarios de la misión, o ante los cambiantes
escenarios de las circunstancias que marcan la historia, o por el
cansancio de los pies debido al insidioso desgaste causado por el
enemigo.
No forma parte de la misión ceder al desánimo cuando, quizás, habiendo
pasado el entusiasmo de los inicios, llega el momento en el que tocar
la carne de Cristo se vuelve muy duro. En una situación como esta,
Jesús no alienta nuestros miedos. Y como bien sabemos que a ningún
otro podemos ir, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn
6,68), es necesario en consecuencia, profundizar nuestra elección.
¿Qué significa concretamente salir con Jesús en misión hoy en América
Latina? El adverbio «concretamente» no es un detalle de estilo
literario, más bien pertenece al núcleo de la pregunta. El Evangelio
es siempre concreto, jamás un ejercicio de estériles especulaciones.
Conocemos bien la recurrente tentación de perderse en el bizantinismo
de los doctores de la ley, de preguntarse hasta qué punto se puede
llegar sin perder el control del propio territorio demarcado o del
presunto poder que los límites prometen.
Mucho se ha hablado sobre la Iglesia en estado permanente de misión.
Salir con Jesús es la condición para tal realidad. Salir, sí, pero con
Jesús. El Evangelio habla de Jesús que, habiendo salido del Padre,
recorre con los suyos los campos y los poblados de Galilea. No se
trata de un recorrido inútil del Señor. Mientras camina, encuentra;
cuando encuentra, se acerca; cuando se acerca, habla; cuando habla,
toca con su poder; cuando toca, cura y salva. Llevar al Padre a
cuantos encuentra es la meta de su permanente salir, sobre el cual
debemos reflexionar continuamente y hacer un examen de conciencia. La
Iglesia debe reapropiarse de los verbos que el Verbo de Dios conjuga
en su divina misión. Salir para encontrar, sin pasar de largo;
reclinarse sin desidia; tocar sin miedo. Se trata de que se metan día
a día en el trabajo de campo, allí donde vive el Pueblo de Dios que
les ha sido confiado. No nos es lícito dejarnos paralizar por el aire
acondicionado de las oficinas, por las estadísticas y las estrategias
abstractas. Es necesario dirigirse al hombre en su situación concreta;
de él no podemos apartar la mirada. La misión se realiza siempre
cuerpo a cuerpo.
Una Iglesia capaz de ser sacramento de unidad
¡Se ve tanta dispersión en nuestro entorno! Y no me refiero solamente
a la de la rica diversidad que siempre ha caracterizado el continente,
sino a las dinámicas de disgregación. Hay que estar atentos para no
dejarse atrapar en estas trampas. La Iglesia no está en América Latina
como si tuviera las maletas en la mano, lista para partir después de
haberla saqueado, como han hecho tantos a lo largo del tiempo. Quienes
obran así miran con sentido de superioridad y desprecio su rostro
mestizo; pretenden colonizar su alma con las mismas fallidas y
recicladas fórmulas sobre la visión del hombre y de la vida, repiten
iguales recetas matando al paciente mientras enriquecen a los médicos
que los mandan; ignoran las razones profundas que habitan en el
corazón de su pueblo y que lo hacen fuerte exactamente en sus sueños,
en sus mitos, a pesar de los numerosos desencantos y fracasos;
manipulan políticamente y traicionan sus esperanzas, dejando detrás de
sí tierra quemada y el terreno pronto para el eterno retorno de lo
mismo, aun cuando se vuelva a presentar con vestido nuevo. Hombres y
utopías fuertes han prometido soluciones mágicas, respuestas
instantáneas, efectos inmediatos. La Iglesia, sin pretensiones
humanas, respetuosa del rostro multiforme del continente, que
considera no una desventaja sino una perenne riqueza, debe continuar
prestando el humilde servicio al verdadero bien del hombre
latinoamericano. Debe trabajar sin cansarse para construir puentes,
abatir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del
encuentro y del diálogo, educar al perdón y a la reconciliación, al
sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz.
Ninguna construcción duradera en América Latina puede prescindir de
este fundamento invisible pero esencial.
La Iglesia conoce como pocos aquella unidad sapiencial que precede
cualquier realidad en América Latina. Convive cotidianamente con
aquella reserva moral sobre la que se apoya el edificio existencial
del continente. Estoy seguro de que mientras estoy hablando de esto
ustedes podrían darle nombre a esta realidad. Con ella debemos
dialogar continuamente. No podemos perder el contacto con este
sustrato moral, con este humus vital que reside en el corazón de
nuestra gente, en el que se percibe la mezcla casi indistinta, pero al
mismo tiempo elocuente, de su rostro mestizo: no únicamente indígena,
ni hispánico, ni lusitano, ni afroamericano, sino mestizo,
¡latinoamericano!
Guadalupe y Aparecida son manifestaciones programáticas de esta
creatividad divina. Bien sabemos que esto está en la base sobre la que
se apoya la religiosidad popular de nuestro pueblo; es parte de su
singularidad antropológica; es un don con el que Dios se ha querido
dar a conocer a nuestra gente. Las páginas más luminosas de la
historia de nuestra Iglesia han sido escritas precisamente cuando se
ha sabido nutrir de esta riqueza, hablar a este corazón recóndito que
palpita custodiando, como un pequeño fueguito encendido bajo las
aparentes cenizas, el sentido de Dios y de su trascendencia, la
sacralidad de la vida, el respeto por la creación, los lazos de
solidaridad, la alegría de vivir, la capacidad de ser feliz sin
condiciones.
Para hablar a esta alma que es profunda, para hablar a la
Latinoamérica profunda, a la Iglesia no le queda otro camino que
aprender continuamente de Jesús. Dice el Evangelio que hablaba sólo en
parábolas (cf. Mc 4,34). Imágenes que involucran y hacen partícipes,
que transforman a los oyentes de su Palabra en personajes de sus
divinos relatos. El santo Pueblo fiel de Dios en América Latina no
comprende otro lenguaje sobre Él. Estamos invitados a salir en misión
no con conceptos fríos que se contentan con lo posible, sino con
imágenes que continuamente multiplican y despliegan sus fuerzas en el
corazón del hombre, transformándolo en grano sembrado en tierra buena,
en levadura que incrementa su capacidad de hacer pan de la masa, en
semilla que esconde la potencia del árbol fecundo.
Una Iglesia capaz de ser sacramento de esperanza
Muchos se lamentan de cierto déficit de esperanza en la América Latina
actual. A nosotros no nos está consentida la «quejumbrosidad», porque
la esperanza que tenemos viene de lo alto. Además, bien sabemos que el
corazón latinoamericano ha sido amaestrado por la esperanza. Como
decía un cantautor brasileño «a esperança è equilibrista; dança na
corda bamba de sombrinha» (João Bosco, O Bêbado e a Equilibrista).
Cuidado. Y cuando se piensa que se ha acabado, hela aquí nuevamente
donde nosotros menos la esperabamos. Nuestro pueblo ha aprendido que
ninguna desilusión es suficiente para doblegarlo. Sigue al Cristo
flagelado y manso, sabe desensillar hasta que aclare y permanece en la
esperanza de su victoria, porque —en el fondo— tiene conciencia que no
pertenece totalmente a este mundo.
Es indudable que la Iglesia en estas tierras es particularmente un
sacramento de esperanza, pero es necesario vigilar sobre la
concretización de esta esperanza. Tanto más trascendente cuanto más
debe transformar el rostro inmanente de aquellos que la poseen. Les
ruego que vigilen sobre la concretización de la esperanza y
consiéntanme recordarles algunos de sus rostros ya visibles en esta
Iglesia latinoamericana.
La esperanza en América Latina tiene un rostro joven
Se habla con frecuencia de los jóvenes —se declaman estadísticas sobre
el continente del futuro—, algunos ofrecen noticias sobre su presunta
decadencia y sobre cuánto estén adormilados, otros aprovechan de su
potencial para consumir, no pocos les proponen el rol de peones del
tráfico de la droga y de la violencia. No se dejen capturar por tales
caricaturas sobre sus jóvenes. Mírenlos a los ojos, busquen en ellos
el coraje de la esperanza. No es verdad que estén listos para repetir
el pasado. Ábranles espacios concretos en las Iglesias particulares
que les han sido confiadas, inviertan tiempo y recursos en su
formación. Propongan programas educativos incisivos y objetivos
pidiéndoles, como los padres le piden a los hijos, el resultado de sus
potencialidades y educando su corazón en la alegría de la profundidad,
no de la superficialidad. No se conformen con retóricas u opciones
escritas en los planes pastorales jamás puestos en práctica.
He escogido Panamá, el istmo de este continente, para la Jornada
Mundial de la Juventud del 19 que será celebrada siguiendo el ejemplo
de la Virgen que proclama: «He aquí la sierva» y «se cumpla en mí» (Lc
1,38). Estoy seguro de que en todos los jóvenes se esconde un istmo,
en el corazón de todos nuestros chicos hay un pequeño y alargado
pedazo de terreno que se puede recorrer para conducirlos hacia un
futuro que sólo Dios conoce y a Él le pertenece. Toca a nosotros
presentarles grandes propuestas para despertar en ellos el coraje de
arriesgarse junto a Dios y de hacerlos, como la Virgen, disponibles.
La esperanza en América Latina tiene un rostro femenino
No es necesario que me alargue para hablar del rol de la mujer en
nuestro continente y en nuestra Iglesia. De sus labios hemos aprendido
la fe; casi con la leche de sus senos hemos adquirido los rasgos de
nuestra alma mestiza y la inmunidad frente a cualquier desesperación.
Pienso en las madres indígenas o morenas, pienso en las mujeres de la
ciudad con su triple turno de trabajo, pienso en las abuelas
catequistas, pienso en las consagradas y en las tan discretas
artesanas del bien. Sin las mujeres la Iglesia del continente perdería
la fuerza de renacer continuamente. Son las mujeres quienes, con
meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe. Es un
serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza
eclesial y social de cuanto realizan. Acompañaron a Jesús misionero;
no se retiraron del pie de la cruz; en soledad esperaron que la noche
de la muerte devolviese al Señor de la vida; inundaron el mundo con el
anuncio de su presencia resucitada. Si queremos una nueva y vivaz
etapa de la fe en este continente, no la vamos a obtener sin las
mujeres. Por favor, no pueden ser reducidas a siervas de nuestro
recalcitrante clericalismo; ellas son, en cambio, protagonistas en la
Iglesia latinoamericana; en su salir con Jesús; en su perseverar,
incluso en el sufrimiento de su Pueblo; en su aferrarse a la esperanza
que vence a la muerte; en su alegre modo de anunciar al mundo que
Cristo está vivo, y ha resucitado.
La esperanza en América Latina pasa a través del corazón, la mente y
los brazos de los laicos
Quisiera reiterar lo que recientemente he dicho a la Pontificia
Comisión para América Latina. Es un imperativo superar el clericalismo
que infantiliza a los Christifideles laici y empobrece la identidad de
los ministros ordenados.
Si bien se invirtió mucho esfuerzo y algunos pasos han sido dados, los
grandes desafíos del continente permanecen sobre la mesa y continúan
esperando la concretización serena, responsable, competente,
visionaria, articulada, consciente, de un laicado cristiano que, como
creyente, esté dispuesto a contribuir en los procesos de un auténtico
desarrollo humano, en la consolidación de la democracia política y
social, en la superación estructural de la pobreza endémica, en la
construcción de una prosperidad inclusiva fundada en reformas
duraderas y capaces de preservar el bien social, en la superación de
la desigualdad y en la custodia de la estabilidad, en la delineación
de modelos de desarrollo económico sostenibles que respeten la
naturaleza y el verdadero futuro del hombre, que no se resuelve con el
consumismo desmesurado, así como también en el rechazo de la violencia
y la defensa de la paz.
Y algo más: en este sentido, la esperanza debe siempre mirar al mundo
con los ojos de los pobres y desde la situación de los pobres. Ella es
pobre como el grano de trigo que muere (cf. Jn 12,24), pero tiene la
fuerza de diseminar los planes de Dios.
La riqueza autosuficiente con frecuencia priva a la mente humana de la
capacidad de ver, sea la realidad del desierto sea los oasis
escondidos. Propone respuestas de manual y repite certezas de
talkshows; balbucea la proyección de sí misma, vacía, sin acercarse
mínimamente a la realidad. Estoy seguro que en este difícil y confuso
pero provisorio momento que vivimos, las soluciones para los problemas
complejos que nos desafían nacen de la sencillez cristiana que se
esconde a los poderosos y se muestra a los humildes: la limpieza de la
fe en el Resucitado, el calor de la comunión con Él, la fraternidad,
la generosidad y la solidaridad concreta que también brota de la
amistad con Él.
Todo esto lo quisiera resumir en una frase que les dejo como síntesis,
síntesis y recuerdo de este encuentro: Si queremos servir desde el
CELAM, a nuestra América Latina, lo tenemos que hacer con pasión. Hoy
hace falta pasión. Poner el corazón en todo lo que hagamos, pasión de
joven enamorado y de anciano sabio, pasión que transforma las ideas en
utopías viables, pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que
nos convierte en continuos peregrinos en nuestras Iglesias como
—permítanme recordarlo— santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló
en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de
su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión
evangelizadora.
A ustedes, hermanos obispos del CELAM, a las Iglesias locales que
representan y al entero pueblo de América Latina y del Caribe, los
confío a la protección de la Virgen, invocada con los nombres de
Guadalupe y Aparecida, con la serena certeza de que Dios, que ha
hablado a este continente con el rostro mestizo y moreno de su Madre,
no dejará de hacer resplandecer su benigna luz en la vida de todos.
Gracias.

lunes, septiembre 04, 2017

LA EXPO DE ROSA DE SANTA MARÍA DE LA UCSS y CL en la CATEDRAL

LA EXPO DE ROSA DE SANTA MARÍA DE LA UCSS y CL en la CATEDRAL

Con la calidad y buen gusto de las anteriores exposiciones (Señor de
los Milagros, Santo Toribio, San Pablo, Galileo...) el Movimiento
Comunión y Liberación del Perú y la Universidad Católica Sedes
Sapientiae nos muestra en 20 paneles una selección de los momentos
estelares de nuestra Santa limeña Rosa de Santa María, recreando su
vida humana y espiritual, enmarcada en su ambiente familiar, social,
cultural, religioso, rescatando lo mejor de su iconografía y
acercándola al mundo cultural de nuestro tiempo.
Como muestra itinerante, está destinada a recorrer cuantos lugares de
la nación lo soliciten en coordinación con el Arzobispado de Lima y
las entidades promotoras.
Pude saborearla desde el primer momento y la comparto con gusto
deseando que se beneficien de ella el mayor número de personas.

Instituto de Estudios Toribianos Copyright © 2011 | Template created by O Pregador | Powered by Blogger