jueves, mayo 07, 2026

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO, OBISPO ADELANTADO QUE VIVIÓ CON SU “FAMILIA EN MISIÓN”. Monseñor José Luis del Palacio

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO, OBISPO ADELANTADO QUE VIVIÓ CON SU “FAMILIA EN MISIÓN”

 

Monseñor José Luis del Palacio, obispo emérito del Callao

Santo Toribio es un modelo itinerante en el mundo y a nosotros los que hemos recibido este don de la itinerancia nos iluminó nuestra misión, especialmente la del Perú.

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, villa del antiguo reino de León, hoy de Valladolid, en el centro de España, en noviembre de 1538 en el seno de una familia de gran prestigio y de conocida tradición jurídica.

Era el tercero de siete hermanos y hermanas. Una de éstas, María Coco, fue monja dominica y murió con fama y santidad en el año 1614. Otra hermana, Grimanesa, lo acompañó al Perú como su ama de llaves y no se separó nunca de él. El futuro arzobispo murió en Saña, en la actualidad diócesis de Chiclayo (Perú), localidad lejana de su diócesis, durante una de sus frecuentes visitas pastorales el 23 de marzo de 1606.

Toribio, en dos terceras partes de su vida, fue un laico, como fueron los primeros apóstoles. Cuando fue nombrado arzobispo de Lima a los 39 años, ni siquiera había recibido las órdenes menores. Hubieron de concedérselas una tras otra: el subdiaconado, el diaconado, el sacerdocio, la consagración episcopal y enseguida el pallium arzobispal. Un hombre que hasta entonces jamás había puesto un pie en América, de la cual ignoraba todo. Realmente se trataba de un hombre nuevo, capaz de una mirada completamente nueva. Producto de la intuición y de la voluntad evangelizadora de Felipe II, que le escogió e impuso personalmente como capaz de suceder a Jerónimo de Loayza (primer arzobispo de Lima), al que el Rey de España estimaba tanto, en una sede tan importante y hasta entonces tan difícil como la de Lima.

Así lo recordaba su sobrina Mariana de Guzmán y Quiñones en el proceso de beatificación de su tío: “Sus hermanos lo persuadieron a aceptar, insistían diciéndole que, si deseaba morir mártir, pues así decía siempre, aquella era una buena ocasión para serlo”.

Después de su elección, Toribio escribió al Papa una carta donde le decía: “Sé bien que es un peso que supera mis fuerzas, y aunque yo me considero indigno de cargo tan alto, no he dudado en aceptarlo, confiando en el Señor y encomendando a él todas mis inquietudes” (15 de abril de 1580). Su escudo como arzobispo fue el escudo nobiliario de su familia: tres flores de lis, un castillo y un león rampante.

Toribio se embarcó hacia el Perú desde Sevilla, capital de las “Indias españoles de Occidente”, y desde donde las naves españolas iniciaban su larga travesía por el océano Atlántico hacia América, por lo general haciendo escala en las Islas Canarias.

Lo acompañaban su hermana Grimanesa, casada con un primo, Francisco de Quiñones; sus sobrinos Antonio, Beatriz y Mariana; su fiel secretario, don Antonio de Balcázar, que más tarde llegará a ser su procurador y vicario general; y un pequeño grupo de servidores, en total 32 personas. Era una pequeña comunidad en misión “ad-ad gentes” para evangelizar el Perú.

El nuevo arzobispo, hombre de letras, durante los largos meses de la travesía se dedicó ya al estudio del Nuevo Mundo que lo esperaba. En su biblioteca llevaba la “Gramática o arte general de la lengua general de los indios del reino del Perú”, del dominico fray Domingo de Santo Tomás, que luego sería obispo de la Plata. Fue la entrada a pie, en su inmensa diócesis, lo que le ofreció la posibilidad de encontrarse ya de modo inmediato con esa realidad compleja. El viaje desde Sevilla hasta Lima había durado tres meses y medio. Así, después de cinco años de sede vacante, Lima acogía a su nuevo arzobispo.

Entró en Lima el 12 de mayo de 1581 por la habitual ruta de los virreyes y autoridades a través de un barrio (“Bajo el puente”) de pescadores de indios, el Rímac, revistiéndose en la parroquia de san Lázaro.

El Perú, cuando Toribio llegó, estaba saliendo de una profunda crisis. El primer arzobispo de Lima, Monseñor Jerónimo de Loayza, había fallecido hacía cinco años, dejando las bases de la estructura jurídica de aquella naciente Iglesia. El imperio de los Incas había venido sufriendo los estragos de sangrientas guerras civiles entre los mismos incas antes de la llegada de los españoles, y también después entre los bandos de Pizarro y Almagro.

Con gran celo comenzó por aprender quechua, para así poder ser entendido por la gente simple. Concibió el ministerio episcopal como un anuncio de Cristo (kerigmático para todos). Estaba convencido de que la fe cristiana estaba abierta a toda cultura y era un don proporcionado al corazón de todo hombre y toda mujer.

Montado en su mula, fue un apóstol itinerante. Recorrió más de 40.000 km con ocasión de sus visitas pastorales en la arquidiócesis, a fin de mantener un contacto directo con los sacerdotes y con los fieles, por esto le fue dado el apelativo de “rueda en continuo movimiento”.

En estos largos viajes misioneros contemplamos a este gran pastor desarrollando innumerables obras de bien: enseñando la fe, impartiendo los sacramentos, agrupando y organizando los indios, extendiendo, en definitiva, el Reino de Cristo en la América Meridional. El buen jurista y doctor en leyes fue así también un catequista sencillo y totalmente entregado, que se ganó rápidamente el respeto y el afecto de sus fieles.

Si hay una faceta vital que define a Santo Toribio es la misionera-itinerante; es un evangelizador nato. De los 25 años en los que fue pastor de esa vasta arquidiócesis, dedicó 17 a recorrer el territorio en visitas pastorales; atravesó la cordillera de los Andes, anunciando la palabra de Dios, creando parroquias y promoviendo e impulsando toda obra de bien. Fue, como he dicho, un apóstol itinerante.

Santo Toribio en sus viajes administró más de un millón de confirmaciones. Además, no solo visitaba hasta las aldeas más aisladas, las granjas y las factorías, sino que se preocupaba por conocer personalmente a cada uno de los fieles. “Si se enteraba de que quedaba una oveja por confirmar en un lugar apartado, iba él mismo en su busca y la confirmaba”. O bien “iba a confirmar a los enfermos en sus propias casas si no podían ir a la iglesia”.

Algunas de sus peripecias apostólicas parecen de película, pero son reales, históricamente ciertas. Un día, el arzobispo, “tras haber confirmado a los habitantes de un poblado, se enteró cuando ya había trepado por una pendiente larga y muy abrupta, de que se había quedado un indio sin confirmar en el pueblo. Le dijeron que se lo llevarían. Pero como también le indicaron que el indio estaba un poco enfermo, dio media vuelta, bajó de nuevo por la larga y escabrosa cuesta para que el indio enfermo no se arriesgara a morir por el camino y fue a confirmarle. Cosa que llenó de espanto a todos los presentes, por lo peligroso que era el camino. Y, así, sin dejar de lado la aldea más pequeña, si no había más que un indio en uno de aquellos picachos tan elevados en los que a menudo se instalaban los naturales, le iba a visitar y a llevarle lo necesario para su salvación”.

Lo mismo sucedió en tiempos de “epidemia de viruela y de la peste general que diezmó las reducciones; como todos los indios se habían refugiado en sus casas o chozas, él iba de casa en casa o de choza en choza, enseñándoles el catecismo y confirmándoles. Visitaba la Iglesia con gran cuidado, revisaba y hacía revisar los libros parroquiales y mandaba a hacer un inventario de todos los bienes que poseía, no aceptando obsequios y remediando más bien a los necesitados con sus limosnas. No se detenía más tiempo del necesario a fin de no ser gravoso a los curas y a sus feligreses, pero no partía hasta quedar satisfecho de su obra”.

Su celo apostólico por la evangelización de los indios, la defensa de la justicia no tenía límites y le llevó a hacer tres concilios provinciales y trece sínodos diocesanos. Siempre con la preocupación de formar misioneros y presbíteros.

Entre sus obras se destaca por la celebración del Tercer Concilio de Lima. Hizo preparar y publicar el famoso catecismo trilingüe mayor y menor en español, quechua y aymara, que fue aprobado por aquel Concilio como instrumento obligatorio de evangelización en lengua indígena. Juan Pablo II en su primera visita al Perú en el año 1985, dijo: “En Santo Toribio descubrimos el valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona. Él fue un auténtico precursor de la liberación cristiana en el Perú”.

Otro éxito de Toribio y de su Concilio del año 1583 fue el seminario de Lima, el primero de América y uno de los primeros de todo el mundo que se abrió y mantuvo según los decretos del Concilio de Trento. Los seminaristas seguían las clases en la Universidad de San Marcos, ya que debían llegar al sacerdocio a través de los títulos universitarios.

Toribio escribe a Felipe II y le propone evangelizar España y Europa con sacerdotes que enviaría desde el Perú. Ahora es el momento de cumplir con la deuda de “nueva evangelización” que tiene Perú con España. Dice así: “Gracias a Dios hay tantos sacerdotes y religiosos aquí que podrían ser enviados a España para poblar los conventos, y ser afectados a muchos beneficios parroquiales y diocesanos. Aquí todos los conventos están llenos de religiosos y tengo más de cien sacerdotes con los que no sé qué hacer. Por eso podría enviarlos a España”. En realidad, el “Siglo religioso” solo acababa de empezar en el Perú y su desarrollo posterior no haría más que mantener y aumentar la presión de las vocaciones sacerdotales. Tanto y tan bien que el tercer sucesor de Santo Toribio como arzobispo de Lima, el excelente monseñor Arias de Ugarte, escribiría en 1630 a Felipe IV que solo en la Villa de Lima había más de 300 sacerdotes sin trabajo de evangelización.

Toribio era muy caritativo, “no guardaba para sí ni siquiera la camisa”. “Decía que los pobres eran bancos a través de los cuales iban al cielo los tesoros de los ricos”. “Personalmente no poseía nada, daba todo a los pobres”, sobre todo a los pobres indios, ya que su casa Episcopal era un verdadero “refugio para los pobres de la mañana a la noche y les daba de comer de su propio plato, sentándolos a su mesa”. Un día, un indio aprovechó para apoderarse de un plato de plata que pertenecía al arzobispado. Los sirvientes se dieron cuenta y empezaron a golpearle. El indio gritó. “El arzobispo preguntó por qué la estaban maltratando. Le contestaron que era porque había cogido el plato de plata y se lo llevaba. Entonces, Toribio ordenó que le dieran el plato para que se lo llevase libremente porque le habían maltratado”.

“Solo verlo era ya un sermón”. Vivía “en continua oración y meditación, a las que dedicaba seis o siete horas diarias, muchas veces de rodillas, en la tribuna que tenía reservada en su Catedral”.

Santo Toribio fue sobre todo un apóstol itinerante en ese áspero mundo andino. Hizo cuatro visitas pastorales generales y muchas otras parciales a su inmensa diócesis. Por consiguiente, fue la imagen cabal del obispo apóstol y misionero itinerante. Murió precisamente durante una de estas visitas pastorales, el Jueves Santo, 23 de marzo del año 1606, en Saña, en el lejano norte del Perú. Fue beatificado por el papá Inocencio XI el 28 de junio del año 1679 y canonizado por Benedicto XIII el 10 de diciembre del año 1726.

Un santo atrae otro santo, pero en Perú surgieron una comunidad de santos en cuarenta años. El primero, San Francisco Solano (1549-1610), franciscano, guardián en el convento del Rímac. Lima. La joven laica Rosa de Lima (1586-1617) que dio testimonio de la función evangelizadora de la mujer, aprendió el catecismo de Santo Toribio, fue confirmada junto a su hermana en el pueblo de Quives. También era laico San Martín de Porres (1579-1639), miembro de la orden terciaria dominica de Lima, en la que ingresó en el año 1602, en vida de Toribio a los veintidós años. Martín, nacido en Lima, era hijo de un español natural de Burgos y de una negra libre, mulato, por tanto. El manantial de Santidad en el virreinato continuará con San Juan Macías (1585-1645), también laico, un comerciante que a los treinta y ocho años ingresa como hermano Lego dominico en el convento limeño de la Magdalena en el año 1623. Murió en ese mismo convento del que era portero y “padre de los pobres”.

Aparece así en Perú una comunidad de santos en donde están presentes todos los carismas, como lo que pretende la Iglesia hacer hoy con la Nueva Evangelización siguiendo el Concilio Vaticano II.

Viendo la importancia de la vida de Santo Toribio de Mogrovejo, compré toda la edición del_ libro de Don Vicente Rodríguez Valencia, Toribio de Mogrovejo, Organizador y apóstol del Sur América en dos tomos, editado por el Instituto de Investigaciones Científicas (Madrid 1956). Le regalamos un ejemplar a todos los Obispos del Perú, dedicándoselo así: “Que la vida de Santo Toribio le ayude en su ministerio episcopal. Con todo cariño. José Luis y Antonio, Equipo Itinerante responsable del Camino Neocatecumenal en el Perú (enero 1984)”.

 El Papa Francisco lo denominó “Nuevo Moisés” porque cuenta la historia que hizo brotar agua de una roca en Chimbote. San Juan Pablo II, el día 10 de mayo de 1983, lo nombró patrono de los obispos de Hispanoamérica. Hemos celebrado en el año 2006 el IV Centenario de la muerte de este gran apóstol de la evangelización del Nuevo Mundo y, más precisamente, de la América del Sur española. El Concilio Plenario Latinoamericano del año de 1899 lo llamó “El astro más luciente del episcopado del Nuevo Mundo”.

En mi experiencia personal, puedo decir que llegué a Lima el 23 de marzo de 1976 y, rezando laudes, en el avión, me di cuenta de que era el día de su festividad. Me interesé mucho por su vida, he tratado de seguir sus huellas itinerantes y me ha empujado a dar mi vida anunciando el evangelio del Perú. Teníamos en común que su guía era el concilio de Trento y el mío era llevar el Concilio Vaticano II.

 

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