II Carta Pastora post II asamblea sinodal arquidiocesana 2026: “Caminando con Jesús y Santo Toribio de Mogrovejo hacia la forma sinodal y misionera de nuestra Iglesia de Lima», del Cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima.
Es un documento que traza una hoja de ruta «guiados por el Espíritu y abriéndonos a cada realidad humana, buscando responder desde la fe y con el amor gratuito de Dios».
«Esta carta quiere ser un eco fiel de sus esfuerzos para continuar nuestro camino de conversión y de servicio pastoral». Con estas palabras, el anunció la publicación de la II Carta Pastoral que recoge los frutos de la II Asamblea Sinodal Arquidiocesana de Lima.
A los 300 años de la canonización de Toribio de Mogrovejo, la II Carta Pastoral a la Iglesia de Lima recuerda el compromiso de nuestro santo patrón con las culturas nativas, enraizando su misión en el corazón de los pueblos y retomando la suavidad del Evangelio como «único modo de anunciar la fe». Respecto a ello, el documento señala: «Toribio luchó muy fuertemente contra la mentalidad impositiva de cierta parte del clero que aprovechaba su lugar de doctrineros para oprimir y dominar la vida de los indios. Él quería que los mismos nativos evangelizaran a sus congéneres. Por eso, realizó una abundancia de sínodos con los pobladores de norte a sur y de este a oeste».
Les comparto el podcast del P. Juan Bytton en el que entrevista al Cardenal acerca de su II Carta Pastoral: https://www.youtube.com/watch?v=_OR1WdMy_0s , el índice de todo el documento y todo el capítulo 2º dedicado a la pedagogía -de “suavidad”- evangelizadora de Santo Toribio.
Introducción
I. La misión que convoca a la Iglesia
1. La prioridad de la misión
2. La fidelidad a la Tradición
3. La Iglesia es Pueblo de Dios en camino
4. Evangelizar es mucho más que adoctrinar
5. Nos vamos haciendo cristianos: un proceso
6. La importancia de los ministros ordenados, el obispo y el Papa
II. La presencia misteriosa de Dios en todos los pueblos y la pedagogía evangelizadora de Toribio
III. Recogiendo el clamor de nuestro pueblo como signo de Dios
1. Recogiendo el clamor emergente en nuestra época
2. Comprendiendo los cinco clamores más importantes
Clamor 1. El clamor por ser escuchados, acogidos
y acompañados: saliendo hacia los hermanos y hermanas
más lejanos
Clamor 2. El clamor porque la dignidad y la vida humana
sean valoradas y defendidas
Clamor 3. El clamor porque la ecología integral sea asumida;
y la vida social, especialmente de los pobres, sea promovida
y cuidada con delicadeza y justicia
Clamor 4. El clamor por fortalecer la familia y por lograr el
entendimiento intergeneracional en favor del bien común
Clamor 5. El clamor que brota de la fe popular y sus amplias
manifestaciones, que reclaman la sintonía de nuestra
evangelización con los valores más hondos que están
en movimiento de esas expresiones y que impulsan a una
formación adecuada
IV. Nuestros intentos de respuesta al llamado de Dios
en los clamores del pueblo
1. El sentido de los nueve temas debatidos
2. Sentido de nuestra respuesta en siete propuestas
2.1. Primera propuesta: Un mejor diagnóstico de los distintos
problemas y realidades en cada parroquia y en toda
la arquidiócesis
2.2. Segunda propuesta: Una mejor formación integral y vivencial
(contenidos, estructuras, participantes) que suponga, ante todo,
la experiencia actual y su confrontación con la experiencia
vital que nos presenta el Evangelio
2.3. Tercera propuesta: Un mayor hermanamiento intra e
interparroquial (“parroquias hermanas”)
2.4. Cuarta propuesta: Una renovada espiritualidad diocesana
2.5. Quinta propuesta: Planes y acciones dirigidos a una mejor
comunicación
2.6. Sexta propuesta: Un mayor y efectivo compromiso
como Iglesia con los sufrimientos e iniciativas que vienen
del clamor del pueblo
2.7. Séptima propuesta: Instituciones y organizaciones a generar
A. Ministerio de la Acogida y de la Escucha
B. Voluntariado de la Caridad
C. Pastoral de las Comunicaciones
D. Vicaría de la Formación
V. La nueva forma de la Iglesia en esta nueva etapa misionera
II. La presencia misteriosa de Dios en todos los pueblos y la pedagogía evangelizadora de Toribio
A los 300 años de la canonización de Toribio de Mogrovejo, protector de los indios, celebramos el reconocimiento que hizo de la presencia de Dios a través de las comunidades que, si bien fueron dispersadas por una pandemia que Toribio encontró al llegar – reduciéndose la población de once millones a ochocientos mil –, consideró más adecuado para la evangelización que, los nativos que quedaron vivos, vuelvan a sus comunidades primeras, y los reunió nuevamente en sus propios ayllus, no indistintamente como ocurrió en la intención ciertas autoridades civiles que trataron más de “amontonarlos” y “reducirlos” que de reunirlos.
Toribio no aceptó el método de la “extirpación de idolatrías”; más bien, siguiendo al Jesuita José de Acosta, que había recogido de Bartolomé de Las Casas el “único modo de anunciar la verdadera religión” que es la suavidad, implantó este método que abriría una síntesis de fe que persiste hasta hoy. Es verdad que como jurista cuidó mucho de seguir las exigencias que la Iglesia impartió de acuerdo con el imperio español, pero reconoció los valores propios de las comunidades, y en sus visitas recorrió 40,000 km, reuniéndose, preguntando y comprendiendo a cada pueblo. De allí el arraigo tan grande de la fe.
Es por eso que Toribio luchó muy fuertemente contra la mentalidad impositiva de cierta parte del clero que aprovechaba su lugar de doctrineros para oprimir y dominar la vida del pueblo nativo. Entendió que, siendo su Pastor, sus ovejas requerían de una atención especial que implicaba escuchar, conocer y comprender. Exigió que los curas aprendiesen el quechua, preocupándole mucho cuando no se evangelizaba en sus lenguas. Por eso mismo, luchó también por la ordenación de nativos y mestizos, gesto que algunos obispos y curas de la época despreciaban.
Así, Toribio, al tratar de reunir a la población recuperando lo familiar comunitario prehispánico, permitió que recobraran identidad y personalidad y, por ello, en sus largas visitas, promovió que los pueblos originarios tomaran conciencia del valor y dignidad de su identidad cultural, de su propia capacidad subjetiva como poblaciones dignísimas. Además, buscó que reconocieran los aspectos positivos de su religión natura
Toribio quería que los mismos nativos evangelizaran a sus congéneres, y si desechaban alguna creencia poco valiosa, lo hicieran por su propia voluntad, no forzados. Finalmente, en todas sus visitas llevaba cantidad de legajos con observaciones, denuncias y quejas del pueblo nativo dirigidas al rey, para eliminar las injusticias; así promovió el uso del derecho de nativos respecto al derecho de españoles.
La fama de Toribio, entonces, no es solo por los decisivos concilios - especialmente el III de Lima - sino por la abundancia y diversidad de sínodos que realizó con los pobladores de norte a sur y de este a oeste. Le reconoció al propio pueblo nativo su capacidad de reunirse, conversar y decidir, es decir de ser sujeto activo y no objeto pasivo. Y pudo transmitirles la fe para que tuviera un carácter inculturado. A manera de ejemplo, una costumbre propia del Perú es colocar cruces en la punta de los cerros. Según la cosmovisión de la cultura prehispánica, los cerros representan una divinidad debido a que de allí proviene el agua y la vida. Al explicarles Toribio cómo Dios Padre está más allá, y el Hijo es la imagen de Dios en base a la cual todo es creado, Jesús media para darnos todos los bienes, Toribio suscitó que nuestro pueblo pusiera en lo alto de los cerros la cruz de Jesús, porque no eliminó el reconocimiento de los cerros como un don para vivir, más bien profundizó su sentido conduciéndolos al fundamento. Así quedaron las cruces en los cerros como algo propio del Perú.
Por todo lo aquí narrado, hoy podemos decir que esta nueva etapa sinodal estará marcada por la herencia pastoral y misionera que Toribio dejó a toda la arquidiócesis. En su momento Francisco, y ahora León XIV, nos invitan a retomar el camino de la suavidad evangelizadora, es decir, de escuchar y comprender a nuestro pueblo actual, sus palabras, sus intuiciones, sus deseos y sueños, sus convicciones, sus iniciativas, sus propuestas, y sus sentimientos, para que podamos tener “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fl. 2, 5), en nuestro ser Iglesia y en la vida cotidiana de los limeños y limeñas de hoy. En estos años, nuestra iglesia de Lima ha ido recuperando su vocación misionera, y es hora de desarrollarla en todas sus posibilidades.
Solo reconociendo los nuevos signos de los tiempos y respondiendo a ellos evangelizando oportunamente, podemos vivir la fe cristiana y realizar el ser de la Iglesia, porque hemos de aprender a empalmar esos signos con el signo fundamental de los tiempos que es Jesús. En otras palabras, leemos los signos de Jesús en los tiempos actuales y actuamos en nuestra Iglesia intentando hacer la voluntad de Dios Padre, como Él la hizo hace más de veinte siglos
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