Como primicia del libro, les comparto la nueva INTRODUCCIÓN por el Año Jubilar por el tercer centenario de su canonización
El pasado domingo 29 de diciembre del 2024, me encontraba embelesado frente al lienzo de Ribera en la iglesia de la Purísima, dispuesto a procesionar con los fieles de la diócesis de Salamanca para cruzar la puerta santa de la Catedral y lucrar la indulgencia del Año Jubilar 2025 de la esperanza.
Habían pasado 30 años de mi estancia en el Perú y casi 300 de la canonización de santo Toribio Mogrovejo. Y fue en este templo precisamente –por su proximidad al Colegio Mayor de Oviedo en el que se había formado- donde Salamanca lo celebró mediante un concurrido octavario acompañado de cohetes artificiales y hasta dos corridas de toros en la Plaza Mayor.
Cuando el 10 de diciembre de 1726 el Papa Benedicto XIII por la bula Quoniam Spiritus canonizó a Santo Toribio, la noticia conmovió la vasta sede metropolitana de Lima y a toda la Iglesia de Hispanoamérica, denominada por su pastor como la "nueva cristiandad de las Indias". Salamanca vibró de entusiasmo porque sentía vivamente la huella de su paso por las aulas y el Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo con su Rector al frente se encargó de celebrar y contar el acontecimiento en el solemne marco de fiestas barrocas. El 21 de julio de 1727 –unos ocho meses después de la canonización, en diciembre de 1726- Salamanca organizó el más espléndido espectáculo académico de carácter religioso. Todos los colegios mayores, la Universidad, el clero secular, las órdenes religiosas se unieron para aclamar al santo en la iglesia de la Purísima. Durante dos horas y media, cuatro pirotécnicos ayudados de espontáneos estuvieron disparando cohetes. Se trasladó la imagen del santo colegial desde su capilla del Colegio Mayor de Oviedo hasta las Madres Agustinas frente al Palacio Monterrey. Fue una profesión solemne en la que todas las fuerzas vivas de la ciudad tomaron parte. La estatua de santo Toribio, en hábito de colegial con la beca morada de terciopelo fue precedida por las de san Juan de Sahagún y santo Tomás de Villanueva.
300 años después. Con el Papa León XIV, que fue obispo de Chiclayo (Perú), lugar donde murió Santo Toribio ¿Quién conoce a Santo Toribio Mogrovejo, padre de América, forjador de la Iglesia del Perú, el Borromeo de los Andes, patrono de la iglesia de América, el Nuevo Moisés del mundo postmoderno, en frase del Papa Francisco, que supo cruzar orillas, las geográficas, culturales y, sobre todo, ¿la del amor fraterno? La cruda respuesta es que son muy pocos. Haced vosotros la prueba preguntando a la gente. En la empresa americana seguimos hablando de Colón, Pizarro, Cortés, Las Casas. Todos ellos "grandes", pero de algún modo polémicos, alimentando leyendas, negras o rosas. Santo Toribio nos lo pone fácil, crea lazos, tiende puentes, crea familia, forja un pueblo, siembra fraternidad. Dar a conocer su vida, misión y trascendencia es el propósito de la obra que se reedita gracias a la generosa acogida de los lectores que agotaron la primera edición y a la solicitud de los promotores de la celebración del Tercer Centenario de la canonización entre los que se encuentra el Ayuntamiento de Mayorga. La primera edición salió en plena pandemia y, con las prisas, sin prólogo ni introducción. La presente, por el jubileo del tercer centenario de su canonización, incorpora este texto y el sugerente prólogo de Monseñor Luis Argüello, a quien agradezco muy de veras.
Con ocasión del IV centenario del Seminario Mayor Arquidiocesano "San Carlos y San Marcelo" de Trujillo, el Papa León XIV escribió una carta llena de afecto, el 17 de septiembre del 2025, agradeciendo al Señor por los cuatro siglos de historia y recordando también su propio paso por esa casa de formación, donde sirvió como profesor y director de estudios. El Pontífice destacó que la tarea esencial del seminario sigue siendo la misma de siempre: "estar con el Señor, dejar que Él los forme, conocerlo y amarlo, para poder parecerse a Él".
Al final de su carta se refirió a santo Toribio: "Queridos hijos, al concluir quiero asegurarles que tienen un lugar en el corazón del Sucesor de Pedro. El seminario es un don inmenso y exigente, pero nunca están solos en este camino. Dios, los santos y toda la Iglesia caminan con ustedes, y de modo particular su obispo y sus formadores, que los ayudan a crecer «hasta que Cristo sea formado en ustedes» (Ga 4,19). Reciban de ellos la guía y la corrección como gestos de amor. Recuerden también la sabiduría de santo Toribio de Mogrovejo, tan querido en Trujillo, que amaba decir: "No es nuestro el tiempo, es muy breve, y Dios nos tomará estricta cuenta del modo como lo hemos empleado" (cf. C. García Irigoyen, Sto. Toribio, Lima 1908, 141). Aprovechen, pues, cada día como un tesoro irrepetible".
Providencialmente coincide el tercer centenario de la canonización del ilustre universitario salmantino Toribio Mogrovejo -en 1726- con el quinto centenario de la incorporación del dominico Francisco de Vitoria a la Universidad salmantina, en 1526. Lo entiendo y asumo como la mejor lección de su alma mater que también es la mía. Si Alfonso X el Sabio, en Las siete partidas definió la universidad como "Ayuntamiento de maestros y de escolares, que es hecho en algún lugar con voluntad y entendimiento de aprender [todos] los saberes", Mogrovejo no sólo los aprendió de modo notable, sino que los vivió y compartió de modo sobresaliente, santamente.
Te invito cordialmente a que goces de su compañía con la lectura de esta resumida pero documentada y entretenida de su vida y misión.
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