lunes, enero 12, 2026

SANTO TORIBIO MOGROVEJO EN LA WEB VATICANA DE LA CAUSA DE LOS SANTOS

Les comparto la interesante información de la web del dicasterio vaticano sobre la CAUSA DE LOS SANTOS con respecto a Santo Toribio. Primero, la relación y breve semblanza de los santos que fueron canonizados con él el mismo año; la biografía y los mensajes de los papas sobre Mogrovejo.

https://www.causesanti.va/it/celebrazioni/canonizzazioni/1726/12.html

Estamos en el Tercer Centenario de la canonización de Santo Toribio. En el mismo 1726, en el mes de diciembre, pero en tres momentos diferentes, fueron canonizados junto a Santo Toribio:

Día 10

Toribio de Mogrovejo

Obispo de Lima: laico originario de España, experto en derecho, elegido para esta sede, partió a América. Impulsado por un ardiente celo apostólico, visitó su vasta diócesis en varias ocasiones, a menudo a pie, cuidando con asiduidad del rebaño que le fue confiado. Erradicó abusos y escándalos entre el clero mediante sínodos; catequizó y convirtió a los indígenas, hasta que encontró su última morada en Sanna, Perú. Patrono del episcopado latinoamericano.

Jaime de las Marcas

Sacerdote de la Orden de los Frailes Menores, reconocido por su predicación y austeridad. Era un predicador apasionado, pero su severidad se suavizaba con la clemencia. Originario de Las Marcas, se hizo franciscano en 1415 y fue enviado a Europa del Este. Poseía un don para el encanto con palabras y gestos, y se manifestó especialmente en contra de la usura: para combatirla, inventó los Monti di Pietà.

Inés de Montepulciano

Virgen, que a los nueve años vistió el hábito de las santas vírgenes y sólo a los quince fue elegida, contra su voluntad, para guiar a las monjas de Proceno en Tuscia, dando después en el monasterio que fundó bajo la disciplina de Santo Domingo un admirable ejemplo de verdadera humildad.

Día 27

Francisco Solano

Sacerdote y misionero de la Orden de los Frailes Menores, que recorrió todas las regiones de América del Sur para la salvación de las almas y trabajó mediante la predicación y el testimonio para enseñar a los pueblos indígenas y a los mismos colonos españoles la novedad de la vida cristiana.

Peregrino Laziosi

Religioso de la Orden de los Siervos de María, que, acorde con su condición de siervo de la Madre de Dios, brilló en su devoción a su Hijo Jesús y en su solicitud por los pobres.

Juan de la Cruz

Sacerdote de la Orden Carmelita y Doctor de la Iglesia, fue el primero de los frailes en unirse a la reforma de la Orden, la cual apoyó con innumerables trabajos, trabajos y amargas tribulaciones. Como atestiguan sus escritos, ascendió a través de la noche oscura del alma a la montaña de Dios, buscando una vida de recogimiento interior en Cristo y dejándose quemar por la llama del amor de Dios. Finalmente descansó en el Señor en Úbeda, España.

Día 31

 Estanislao Kostka

De origen polaco, impulsado por el deseo de entrar en la Compañía de Jesús, huyó de la casa paterna y se dirigió a pie a Roma, donde, admitido en el noviciado por San Francisco de Borja, murió con fama de santidad, agotada en poco tiempo en el desempeño de los más humildes servicios.

Luis Gonzaga

Varón religioso, nacido de linaje principesco y conocido de todos por su pureza, dejó a su hermano el principado que había tenido y se unió a la Compañía de Jesús en Roma, pero, físicamente agotado por la asistencia que prestaba a los apestados, fue a la muerte siendo aún joven.

Patrón de la juventud católica

SÍNTESIS

Beatificación: 2 de julio de 1679; Papa Inocencio XI

Canonización: 10 de diciembre de 1726; Papa Benedicto XIII; Basílica Vaticana

Memorial litúrgico: 23 de marzo

Obispo de Lima: laico originario de España, experto en derecho, elegido para esta sede, partió a América. Impulsado por un ardiente celo apostólico, visitó su vasta diócesis en varias ocasiones, a menudo a pie, cuidando con asiduidad del rebaño que le fue confiado. Erradicó abusos y escándalos entre el clero mediante sínodos; catequizó y convirtió a los indígenas, hasta que encontró su última morada en Sanna, Perú. Patrono del episcopado latinoamericano.

BIOGRAFÍA

"Amad a los hombres que nos han sido confiados como amamos a Cristo, que es Verdad, ¡no costumbre!"

Descendiente de la noble familia Mogrovejo, Toribio nació en Mayorga (Valladolid) en 1538. Experto en derecho canónico, se ganó con justicia reputación de jurista insigne y enseñaba en la Universidad de Salamanca cuando el rey de España, Felipe II, decidió enviarlo a Perú como obispo de la Ciudad de los Reyes, que luego sería Lima, hoy capital del país.

Cuando el rey lo convocó en 1580, Toribio aún era laico. En un tiempo récord, recibió todas las órdenes, una tras otra, hasta el sacerdocio, y finalmente fue consagrado obispo. No le entusiasmaba su partida, pues imaginaba la situación que encontraría: Perú llevaba menos de cincuenta años bajo dominio español, pero quienes estaban al mando, y no el virrey enviado por la corte, eran los descendientes de los conquistadores.

Esta gente domina sin control. Son ellos quienes verdaderamente explotan a los indígenas, bajo el pretexto de una evangelización que tiene muy poco que ver con el Evangelio: las condiciones de esta gente que el obispo encuentra a su llegada son de extrema pobreza material, espiritual, cultural y humana. Los conquistadores, por otro lado, envidian los privilegios que han adquirido a expensas de los indígenas, y también hay muchos sacerdotes serviles que carecen de la fuerza para contraatacar.

Con estas premisas, comenzó el episcopado de 25 años de Toribio, junto con su labor como gran reformador, que condujo a la primera verdadera organización de la Iglesia peruana. Decidió comenzar por los sacerdotes, por su recuperación, especialmente a través de su propio y santo ejemplo.

Dedicó muchas horas a la meditación y la oración, consciente de que la vida espiritual de una persona crece en la medida en que reza. Y entonces se enamoró de los indígenas. Estudió sus lenguas, quechua y aymara, para poder comunicarse con ellos, participando en una "reevangelización" que hablaba, sobre todo, el lenguaje de la dignidad. Exigió a todos los sacerdotes que trabajaban en Perú que las estudiaran e incluso logró publicar el Catecismo de la Iglesia Católica en las lenguas indígenas, además del español.

Por amor a los indígenas, pasó casi diez años viajando, visitando cada rincón de su vasto territorio —miles de kilómetros— mucho más allá de las actuales fronteras peruanas. Convirtió a innumerables indígenas y confirmó a tres futuros santos: San Martín de Porres, San Francisco Solano[1] y Santa Rosa de Lima.

Durante su episcopado, Toribio fundó cien parroquias, convocó un concilio panamericano, dos concilios provinciales y doce sínodos diocesanos. Cuando la peste llegó al Perú, estuvo en primera línea entre los enfermos, dándoles todo lo que tenía.

Obviamente, [2]esto le granjeó la antipatía del virrey, quien nunca lo vio asistir a las ceremonias de la corte, y de los conquistadores. Pero a él no le importó. Su rebaño eran los indígenas, y él era un verdadero pastor. Murió durante uno de sus viajes, en Sanna, en 1606. Benedicto XIII lo canonizó en 1726; Juan Pablo II lo proclamó patrono del episcopado latinoamericano en 1983.

 

MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI CON MOTIVO DE LAS CELEBRACIONES DEL IV CENTENARIO DE LA MUERTEDE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO

Amados hermanos en el Episcopado,

Con motivo de las celebraciones del IV centenario de la muerte de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, saludo cordialmente al Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne y a los numerosos Arzobispos y Obispos que se han reunido para dar gracias a Dios por este eminente Pastor. Saludo también con afecto a los sacerdotes, personas consagradas y demás fieles, que se unen a la alegría de la Iglesia por el don que Dios le ha concedido en la forma de tan admirable Santo, a quien pueden invocar como intercesor y en quien encuentran un modelo de vida también para nuestros tiempos.

    Asimismo, deseo instar a todos a considerar esta efeméride como una oportunidad providencial para revitalizar el camino de la Iglesia en las diversas diócesis, inspirándose en la vida y obra de Santo Toribio. De hecho, se distinguió por su dedicación abnegada a la construcción y el fortalecimiento de las comunidades eclesiales de su tiempo. Lo hizo con un gran espíritu de comunión y colaboración, buscando siempre la unidad, como demostró al convocar el Tercer Concilio Provincial de Lima (1582-1583), que dejó un valioso legado de doctrina y normas pastorales. Uno de sus frutos más preciados fue el llamado Catecismo de Santo Toribio, que resultó ser un instrumento extraordinariamente eficaz para instruir en la fe a millones de personas durante siglos, y para hacerlo de manera sólida y conforme a la auténtica doctrina de la Iglesia, uniendo así, desde lo más profundo, más allá de cualquier diferencia, a quienes se identifican porque tienen «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,5).

    Consciente de que la vitalidad de la Iglesia depende en gran medida del ministerio sacerdotal, el santo Arzobispo fundó el Seminario Conciliar de Lima, que aún funciona. Es de esperar que siga dando frutos abundantes, especialmente en estos tiempos en que urge promover las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, para afrontar la inmensa tarea de construir comunidades cristianas que se reúnan con alegría para la celebración dominical, frecuenten los sacramentos, fomenten la vida espiritual, transmitan y cultiven con esmero la fe, den testimonio de una esperanza firme y practiquen siempre la caridad.

    El profundo espíritu misionero de Santo Toribio se evidencia en algunos detalles significativos, como su esfuerzo por aprender varios idiomas para poder predicar personalmente a todos aquellos confiados a su cuidado pastoral. Fue también un modelo de respeto a la dignidad de toda persona humana, sea cual sea su condición, en quien siempre buscó inspirar la alegría de sentirse un verdadero hijo de Dios.

    En esta ocasión, invoco la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, para que proteja al Pueblo de Dios que camina por Latinoamérica y lo guíe hacia la alegría de vivir su fe en Cristo plena y coherentemente. Con estos sentimientos, les imparto con gusto mi Bendición Apostólica, con especial atención a la Iglesia en el Perú, y en particular a la Arquidiócesis de Lima.

Vaticano, 23 de marzo, festividad de Santo Toribio de Mogrovejo, año del Señor 2006.

BENEDICTO XVI

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO A CHILE Y PERÚ
(15-22 DE ENERO DE 2018)

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Palacio Arzobispal (Lima)
Domingo 21 de enero de 2018

 

    Queridos hermanos en el episcopado:

    Gracias por las amables palabras que me dirigió el Cardenal Arzobispo de Lima y el Presidente de la Conferencia Episcopal en nombre de todos los presentes. Esperaba con interés estar con ustedes. Guardo gratos recuerdos de la visita ad limina del año pasado. Creo que conversamos mucho entonces, por lo que lo que diré hoy no será extenso.

    Los días que he pasado entre ustedes han sido intensos y gratificantes. He podido escuchar y experimentar las diversas realidades que conforman este país —una representación— y compartir de primera mano la fe del santo y fiel Pueblo de Dios, que tanto nos hace bien. Gracias por la oportunidad de "tocar" la fe del Pueblo, de este Pueblo que Dios les ha confiado. Y, de verdad, aquí, ¡no se puede evitar tocar! Si no tocas la fe del Pueblo, la fe del Pueblo no te tocará; pero estar allí, con las calles llenas, es una gracia y te hace caer de rodillas.

    El lema de este viaje nos habla de unidad y esperanza. Es un programa arduo, pero a la vez estimulante, que nos hace pensar en la labor de Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de esta Sede y patrono del episcopado latinoamericano, ejemplo de «constructor de unidad eclesial», como lo definió mi predecesor, San Juan Pablo II, en su primer viaje apostólico a esta tierra.[1]

    Es significativo que este santo obispo sea representado en retratos como un "nuevo Moisés". Como saben, en el Vaticano se conserva una pintura que representa a Santo Toribio cruzando un gran río, cuyas aguas se abren a su paso como si fuera el Mar Rojo, para alcanzar la otra orilla, donde lo espera un nutrido grupo de indígenas. Detrás de Santo Toribio hay una gran multitud, los fieles que siguen a su pastor en la obra de evangelización.[2] Esta pintura se encuentra en la Pinacoteca Vaticana. Esta hermosa imagen me brinda la oportunidad de centrar mi reflexión con ustedes en ella.  Santo Toribio, el hombre que supo alcanzar la otra orilla.

    Lo vemos desde el momento en que recibió el mandato de venir a estas tierras con la misión de ser padre y pastor. Dejó tierra firme para adentrarse en un universo totalmente nuevo, desconocido y desafiante. Se dirigió hacia la tierra prometida guiado por la fe como «la certeza de lo que se espera» (Heb 11:1). Su fe y confianza en el Señor lo impulsaron entonces, y lo impulsarían durante toda su vida, a cruzar a la otra orilla, donde lo esperaba en medio de una multitud.

    1. Quiso ir a la otra orilla en busca de los lejanos y dispersos. Para ello, tuvo que abandonar las comodidades del obispado y recorrer el territorio que le fue confiado, en continuas visitas pastorales, intentando llegar y permanecer donde había necesidad, ¡y cuánta! Salió al encuentro de todos por caminos que, según su secretario, eran más para cabras que para personas. Tuvo que enfrentarse a los climas y entornos más diversos; «de 22 años de episcopado —22 y pico—, 18 los pasó fuera de Lima, fuera de su ciudad, recorriendo su territorio tres veces»,[3] que abarcaron desde Panamá hasta el inicio de la capitanía de Chile, que no sé dónde comenzó en ese momento —quizás en la cima de Iquique, no estoy seguro—, pero hasta el inicio de la capitanía de Chile. Como algunas de sus diócesis, ¡nada más! Durante dieciocho años, tras recorrer su territorio tres veces, supo que esta era la única forma de cuidado pastoral: estar cerca, distribuir los dones de Dios, una exhortación que también dirigía continuamente a sus sacerdotes. Pero no lo hizo con palabras, sino con su testimonio, estando él mismo en la primera línea de la evangelización. Hoy lo llamaríamos un obispo "de calle". Un obispo con las suelas desgastadas por caminar, por salir al encuentro de los demás para "anunciar el Evangelio a todos, en todo lugar, en toda ocasión, sin vacilaciones, sin reticencias y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todos; no puede excluir a nadie".[4] ¡Qué bien lo sabía Santo Toribio! Sin miedo ni reticencias, entró en nuestro continente para anunciar la Buena Nueva.

    2. Quería llegar a la otra orilla, no solo geográficamente sino también culturalmente. Así, promovió la evangelización en su lengua materna por diversos medios. Con el Tercer Concilio de Lima, ordenó la redacción y traducción de catecismos al quechua y al aymara. Animó al clero a estudiar y dominar la lengua de sus fieles para poder administrar los sacramentos de forma comprensible. Pienso en la reforma litúrgica de Pío XII, cuando comenzó a reintroducirla en toda la Iglesia... Visitando a su pueblo y conviviendo con él, se dio cuenta de que no bastaba con llegar físicamente, sino que era necesario aprender a hablar el idioma de los demás: solo así el Evangelio podía ser comprendido y penetrar en los corazones. ¡Cuán urgente es esta visión para nosotros, pastores del siglo XXI! Debemos aprender un lenguaje totalmente nuevo, como el digital, por ejemplo. Conocer el lenguaje actual de nuestros jóvenes, nuestras familias, nuestros niños... Como vio claramente Santo Toribio, no basta con llegar a un lugar y ocupar un territorio; Debemos ser capaces de generar procesos en la vida de las personas para que la fe arraigue y tenga sentido. Y para ello, debemos hablar su idioma. Debemos llegar donde se generan nuevos temas y paradigmas, llegando con la Palabra de Dios a lo más profundo del alma de nuestras ciudades y nuestros pueblos.[5] La evangelización de la cultura nos exige adentrarnos en el corazón mismo de la cultura para que sea iluminada desde dentro por el Evangelio. Anteayer, en Puerto Maldonado, me conmovió profundamente cuando, entre todos los indígenas presentes, de tantas etnias, tres me trajeron una estola: todos pintados, con sus hábitos, ¡eran diáconos permanentes! ¡Ánimo, ánimo, eso hizo Toribio! En aquella época no había diáconos permanentes, había catequistas, pero en su lengua, en su cultura, y él se puso ahí… Me conmovió ver a esos diáconos permanentes.

    3. Quiso alcanzar la otra orilla de la caridad. Para nuestro Patrón, la evangelización no podía darse sin la caridad. Sabía, de hecho, que la forma más sublime de evangelización era plasmar en la propia vida el don del amor de Cristo por cada hombre. Los hijos de Dios y los hijos del diablo se manifiestan en esto: quien no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco quien no ama a su hermano (cf.  Jn 3,10). Durante sus visitas, pudo presenciar los abusos y excesos que sufrían las poblaciones indígenas, por lo que no dudó, en 1585, en excomulgar al gobernador de Cajatambo, enfrentándose a todo un sistema de corrupción y a una red de intereses que «se granjeaban la hostilidad de muchos», incluido el Virrey.[6] Así nos muestra al pastor que sabe que el bien espiritual nunca puede separarse del justo bien material, y más aún cuando se ponen en riesgo la integridad y la dignidad de las personas. La profecía episcopal no teme denunciar los abusos y excesos cometidos contra su pueblo. Y de esta manera, recuerda a la sociedad y a las comunidades que la caridad debe ir siempre acompañada de la justicia, y que no hay auténtica evangelización que no anuncie y denuncie toda violación de la vida de nuestros hermanos y hermanas, especialmente la de los más vulnerables. Es una advertencia contra cualquier tipo de coquetería mundana que nos ate de manos por trivialidades... La libertad del Evangelio...

    4. Quiso alcanzar la otra orilla en la formación de sus sacerdotes. Fundó el primer seminario después del Concilio de Trento en esta parte del mundo, promoviendo así la formación del clero nativo. Comprendió que no bastaba con ir a todas partes y hablar el mismo idioma, sino que era necesario que la Iglesia generara sus propios pastores locales y así se convirtiera en una madre fecunda. Por ello, defendió la ordenación de personas mestizas —cuando se debatió mucho—, intentando incentivar que el clero, si quería distinguirse en algo, fuera por la santidad de sus pastores y no por su origen étnico.[7] Y esta formación no se limitó a estudiar en el seminario, sino que continuó en las continuas visitas que les hacía; estaba cerca de sus sacerdotes. Allí podía ver de primera mano el estado de sus sacerdotes y cuidar de ellos. Cuenta la leyenda que en las Vísperas de Navidad su hermana le regaló una camisa para que la usara durante las fiestas. Ese día fue a visitar a un sacerdote y, al ver las condiciones en las que vivía, se quitó la camisa y se la dio.[8] Es el pastor que conoce a sus sacerdotes. Intenta acercarse a ellos, acompañarlos, animarlos, amonestarlos; les recordó que eran pastores y no comerciantes, y que por lo tanto debían cuidar de los indígenas y defenderlos como hijos.[9] Pero no lo hace desde un escritorio, y así puede conocer a sus ovejas y ellas reconocen en su voz la voz del Buen Pastor.

    5. Quiso alcanzar la otra orilla, la de la unidad. Promovió de manera maravillosa y profética la formación e integración de espacios de comunión y participación entre los diferentes componentes del Pueblo de Dios. San Juan Pablo II lo destacó cuando, en estas tierras, dirigiéndose a los obispos, dijo: «El Tercer Concilio de Limena es fruto de esta tensión, presidido, alentado y dirigido por Santo Toribio, que dio como frutos un precioso tesoro de unidad en la fe, normas pastorales y organizativas, y al mismo tiempo, inspiraciones válidas para la anhelada integración latinoamericana».[10] Sabemos bien que esta unidad y este consenso fueron precedidos por grandes tensiones y conflictos. No podemos negar las tensiones —existen—, las diferencias —existen—; una vida sin conflictos es imposible. Pero estos exigen que, si somos hombres y cristianos, los afrontemos y los aceptemos. Pero acéptenlos en unidad, en un diálogo honesto y sincero, mirándonos a la cara y precaviéndonos de la tentación de ignorar lo sucedido o de quedar prisioneros de ello, sin horizontes que nos permitan encontrar caminos de unidad y vida. Es fuente de inspiración, en nuestro caminar como Conferencia Episcopal, recordar que la unidad siempre prevalecerá sobre el conflicto.[11] Queridos hermanos obispos, trabajen por la unidad; no permanezcan prisioneros de las divisiones que reducen y limitan la vocación a la que hemos sido llamados: ser sacramento de comunión. No olviden que lo que atraía a las personas en la Iglesia primitiva era ver cómo se amaban. Esta fue, es y será la mejor evangelización.

    6. Y para Santo Toribio llegó el momento de partir hacia la última orilla, hacia esa tierra que lo esperaba y que saboreaba al alejarse continuamente de la orilla. Esta nueva partida no la hizo solo. Como en el cuadro que comenté al principio, fue al encuentro de los santos, seguido por una gran multitud. Es el pastor que supo llenar su maleta de rostros y nombres. Eran su pasaporte al cielo. Hasta el punto de que no quisiera omitir la nota final, el momento en que el pastor entregó su alma a Dios. Lo hizo en un pueblo entre su gente y un aborigen tocó la flauta para que el alma de su pastor se sintiera en paz. Que el Cielo nos conceda, hermanos, que cuando tengamos que hacer nuestro último viaje, podamos experimentar estas cosas. Pidámosle al Señor que nos lo conceda.[12]

Oremos unos por otros y oremos por mí.

[1] Discurso al Episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.

[2] Véase Milagro de Santo Toribio, Pinacoteca Vaticana.

[3] JM Bergoglio, Homilía en la celebración eucarística, Aparecida (16 mayo 2007).

[4] Exhortación. ap.  Evangelii gaudium, 23.

[5] Cf.  ibíd., 74.

[6] Véase Ernesto Rojas Ingunza, El Perú de los Santos, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, Lima (2016), 57.

[7] Véase José Antonio Benito Rodríguez, Santo Toribio de Mogrovejo, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, trabajo y tiempo, 178.

[8] Cf.  ibíd., 180.

[9] Véase Juan Villegas, Fiel y evangelizador. Santo Toribio de Mogrovejo, patrón de los obispos de América Latina, Montevideo (1984), 22.

[10] Discurso al Episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.

[11] Cf. Exhortación. ap.  Evangelii gaudium, 226-230.

[12] Cf. Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la Celebración Eucarística, Aparecida (16 de mayo de 2007).



[1]Cuando llegó San Francisco Solano a Lima ya era religioso y sacerdote, por lo que sólo confirmó a Martín y a Rosa. Al otro santo que podría haber confirmado fue a san Juan Macías, pero lo más seguro es que ya hubiese sido confirmado en España.

[2] A mí no me parece obvio pues el virrey -en virtud del Patronato Regio- tenía entre las cinco misiones la de EVANGELIZAR y apoyar la causa misionera. Cuando no lo hacía estaba fuera de la ley o faltando a la caridad como le pasó a uno de los virreyes que coincidió con Toribio como fue el Marqués de Cañete.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Archivo

Etiquetas

santo toribio de mogrovejo (19) imagenes (12) biografía (5) antonio san cristobal (3) concilio limense (3) eventos (3) anecdotas (2) armando nieto sj (2) carabayllo (2) conferencia (2) enciclopedia catolica (2) evangelización (2) exposicion (2) jose antonio benito (2) juan luis cipriani (2) libros (2) sevilla (2) ucsm (2) ucss (2) IET (1) Meeting per la Amicizia fra i popoli (1) abogado (1) adriano tomasi (1) alfredo saenz (1) angel justo estebaranz (1) antigrama (1) archivo de indias (1) arquetipo (1) arquitectura virreinal (1) bautizo (1) bibliografía (1) capu (1) carlos rosell (1) carlos salinas (1) carta (1) catecismo (1) catedral (1) centro cultural España (1) concha contreras (1) concilio plenario latinoamericano (1) corazon (1) credo (1) crisol de lazos solidarios (1) defensor y padre del indio (1) deperu.com (1) documento (1) eguiguren (1) el dragon (1) enrique llano (1) escatologia (1) facultad de teologia pontifica y civil de lima (1) hogar santo toribio (1) iglesia de san marcelo (1) jmj (1) jose de acosta (1) jose maria iraburu (1) josé antonio del busto (1) las calles de lima (1) lima (1) manuel tovar (1) mezquita catedral de cordova (1) miguel león gómez (1) mision (1) monasterio santa clara (1) mula volteadora (1) multatuli (1) museo de salamanca (1) museo nacional historia pueblo libre (1) nacimiento (1) obispo de quito (1) parroquias (1) patrimonio religioso (1) patrono de los obispos (1) patrono episcopado (1) pectoral (1) ramiro valdivia cano (1) razon (1) reconciliacion (1) reforma (1) revista peruana de historia eclesiastica (1) ruta toribiana (1) san francisco de borja (1) sermon (1) severo aparicio (1) señor de los milagros (1) sinodos diocesanos (1) sínodo de piscobamba (1) takillakkta (1) telejuan19 (1) teologia conciliar (1) tomas morales sj (1) trento (1) valladolid (1) via conciliar (1) video (1) visitas (1)

Instituto de Estudios Toribianos Copyright © 2011 | Template created by O Pregador | Powered by Blogger Adaptado por: Angel Santa María (angelomar@outlook.com)