Comienza en Lima el Año Jubilar por los 300 años de canonización de Santo Toribio de Mogrovejo, 13 diciembre 2025. Homilía del Cardenal Arzobispo Mons. Carlos Castillo, sucesor de santo Toribio en la sede limeña.
Al iniciarse el Año Jubilar en Perú por los 300 años de la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo, el arzobispo de Lima hizo un llamado a reconocer la presencia de Jesús en nuestra historia peruana.
Frente a la imagen de nuestro santo patrón, el Cardenal Carlos Castillo recordó que Toribio mostró una fe cristiana auténtica basada en el servicio, el trato digno y una espiritualidad profunda que no era ajena al sufrimiento de su pueblo.
La Iglesia de Lima dio inicio al Año Jubilar por los 300 años de la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo. Desde temprano, el Pueblo de Dios se congregó en los exteriores de la Iglesia de San Lázaro para caminar en procesión hacia la Catedral de Lima y participar de la Eucaristía oficiada por el Cardenal Carlos Castillo.
El recorrido, que atravesó el histórico puente Trujillo, pasó por Desamparados y culminó en la Plaza Mayor, estuvo acompañado por los obispos de la Arquidiócesis, los canónigos del Cabildo Metropolitano, clero limeño y hermandades. Este gesto simbólico recordó que la fe se vive "en camino", en medio de la historia concreta de los pueblos, tal como lo hizo santo Toribio en su incansable labor pastoral.
Encontrar al Señor en el corazón de nuestra historia
Al llegar a la Catedral de Lima, se celebró la Santa Misa del III Domingo de Adviento, en la que también se dio inicio oficial al Año Jubilar. Durante la homilía, el Cardenal Castillo retomó la pregunta de Juan Bautista en el Evangelio de hoy (Mateo 11, 2-11): «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». El Prelado invitó que interioricemos las palabras de Juan Bautista para preguntarnos si estamos «dispuestos a seguir creyendo en que sólo encontramos al Señor en el corazón de nuestra historia, por el lado de la caridad, el servicio, la solidaridad y el hermanamiento».
El Señor que esperamos para esta Navidad es el mismo que hizo ver a los ciegos, andar a los cojos, quedar limpios los leprosos, hacer que los sordos escuchen, hacer que los muertos resuciten y que los pobres sean evangelizados
El arzobispo de Lima subrayó que esta presencia del Señor no se impone por la fuerza ni por el poder, sino que se reconoce en el servicio y la caridad vivida. Cuando la Iglesia acompaña, cuida y sirve; cuando se convierte en signo permanente de amor en la historia, estamos reafirmando que el Señor ya está presente entre nosotros.
Toribio de Mogrovejo: Misionero, Santo y Pastor
Iniciar este nuevo Año Jubilar, por lo tanto, implica superar un «individualismo espiritual» que reduce la fe cristiana a salvar el alma personal, desentendiéndome del hermano y de lo que ocurre a mi alrededor. «Jesús nos demuestra que la caridad efectiva es capaz de transformar este mundo en una sociedad de hermanos», apuntó el arzobispo.
En este horizonte se presentó la figura de Santo Toribio de Mogrovejo como verdadero pastor. Se recordó que, al llegar a estas tierras marcadas por la enfermedad, la muerte y la dispersión, «primero, empezó a ver cómo estaba la situación de cada comunidad». Antes de anunciar el Evangelio – recordó el Cardenal Castillo – Toribio reunió a los pueblos, los escuchó, organizó y acompañó, «propiciando una Iglesia que no deje de dar ese signo como el fundamental».
La gran contribución de Toribio es que exista un país que pueda creer en Dios y que pueda creer en Jesucristo, pero siempre sobre la base de que haya justicia y no que el cristianismo sea un adorno
En otro momento, el Primado del Perú destacó que Toribio de Mogrovejo no sólo caminó pueblo por pueblo, también aprendió las lenguas originarias y defendió con firmeza y delicadeza la dignidad de los indígenas, dejando constancia del maltrato que sufrían. Su acción pastoral mostró que el cristianismo no puede convertirse en adorno ni en apariencia, sino que debe sostenerse sobre la justicia y el respeto a la persona humana.
El inicio del Año Jubilar fue también una invitación a revisar las formas de ser Iglesia hoy. Inspirados en Santo Toribio, el arzobispo de Lima alentó a superar estructuras cerradas y prácticas individualistas, para caminar hacia una Iglesia donde todos tengan voz: «Aquí opinamos todos, porque todos somos importantes. Ese es la Iglesia de Toribio; una Iglesia que escucha, acompaña y deja huella en la vida de su pueblo».
Que al concluir este Año Jubilar podamos promover una Iglesia que sabe alentar a su pueblo, fiel al Evangelio y al legado que nos dejó Santo Toribio de Mogrovejo.
Con el inicio de este Año Jubilar, se anunció que las reliquias de Santo Toribio de Mogrovejo recorrerán todos los decanatos de nuestra Arquidiócesis limeña.
Homilía (Homilía del Cardenal Carlos Castillo
"¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". Si Juan tenía algunas dudas de que aquella profecía que hemos leído en la primera lectura de Isaías se estaba realizando, porque veía los signos de Jesús, y le consternaba la posibilidad de que Él era, pero tenía dudas porque le quedaba una herencia larga, a Juan, de ser hijo de sacerdote, y que, por lo tanto, el signo que daba Jesús, los signos de los tiempos que inauguró Jesús, de que los ciegos vean, los cojos anden, los leprosos queden limpios, los sordos oigan, los muertos resuciten y los pobres sean evangelizados, todavía no cabía en él y, sin embargo, existían […].
Varias veces he contado ese chiste de Mafalda, en donde está una señora en la esquina con su hijita llorando, y da un palmazo a la chica y le pega un cachetadón y le dice: "¡Paz!". Y Mafalda voltea y dice "alegórica la señora". ¿Cómo se puede anunciar la paz a golpes? Y es que lo que estamos celebrando hoy día, camino a la Navidad, y que también encuentra en Toribio la misma semejanza y sintonía con Jesús, es que la única manera de traer la paz al mundo es con la paz, esa paz que el Papa León XIV nos recuerda es desarmada y desarmante, y que implica suscitar, susurrar, hablar al oído, convencer […].
Y así fue Toribio. Toribio viene cuando hubo una pandemia. Había ya pasado la pandemia, pero había bajado la población. Algunos autores dicen que había once millones y Toribio encontró 800 mil peruanos. Todavía está por verificarse eso estadísticamente, pero una buena cantidad se había ido a la vida eterna.
¿Y qué hace Toribio? Se viene a pie a verificar qué estaba pasando. Y va por cada pueblo. Y para que vean ustedes como verdadero pastor —y eso lo ha dicho el Santo Padre en estos últimos días—, en primer lugar, no va a decirles: "Conviértanse a Dios, Jesucristo es la verdad. ¡Todo el mundo católico!". Primero empezó a ver cómo estaba la situación de cada comunidad porque todos los que quedaban enfermos o que quedaban desolados por la muerte de los otros, estaban dispersos. Los empezó a reunir como comunidad antigua, como ayllu, para preguntarles: "¿Qué cosas hacemos en esta situación?".
Escuchen ustedes los testimonios hasta ahora, si van a Chachapoyas o a alguno de esos lugares, en donde les cuentan cómo hacía Toribio. Reunía a la comunidad humana y solamente después de organizar la comunidad les va manifestando quién es él, qué cosa ha venido a traer y les anuncia el Evangelio. Entonces, humaniza y ahí sí cristianiza, pero no sin humanizar.
Nosotros somos al revés: "si no crees en Jesús, te condenas". Así que le damos miedo a la persona, entonces, toda miedosa dice: "Sí, sí, sí". Y después no sigue como persona, sigue solamente haciendo alabanzas y después no ayuda a su hermano. Esos errores han habido en la evangelización y estamos tratando en la Iglesia desde hace sesenta años, con el Concilio Vaticano II, de rectificar ese camino: comprender que al mundo se le habla primero en su lenguaje y se le va suscitando la fe poco a poco, con delicadeza, y humanidad, como lo hizo Toribio.
Y dado que está aquí la Virgen de Copacabana, vamos a resumir ese método con lo que hizo Toribio. Esta Virgen estaba en San Lázaro y no se llamaba de Copacabana, sino que se llamaba la Virgen del Reposo. Y en uno de los viajes de Toribio, que se fue, el virrey (creo que es García Hurtado de Mendoza), agarró a los indios de San Lázaro y se los llevó a la reducción. Y al llevarlos a la reducción, ellos se llevaron a la Virgen. Y lo que sufrieron ahí, reducidos, cuando eran indios "adelantados", lo que inclusive amargó a Toribio más todavía, porque, no eran, vamos a decir así, simples campesinos. Eran personas que habían sido, en el tiempo precolonial, personas dirigentes.
Y se fue Toribio a la reducción por una simple razón: la reducción de Santiago, esa que queda al final de lo que queda de la avenida Grau. Y entonces, ¿qué había pasado? ¿Por qué fue Toribio? Porque esa imagen había llorado. Y entonces, atendiendo el clamor del llanto de la Virgen por los indios, dijo: "Aquí salen todos", y se vino con todos ellos. Y por eso les pidió que le dejaran esta Virgen aquí, en la catedral, para hacerle su templo. ¿Por qué razón Toribio actuó así? Porque la imagen, la idea, la visión, lo que llamamos la advocación de la Virgen de Copacabana, es una advocación que se había hecho mundial desde Puno.
Ustedes ya han escuchado hablar de la playa de Copacabana, ¿no?, en Brasil. Esa es prolongación de la Virgen de los campesinos. No es que ese nombre viene del Brasil, va al Brasil desde Puno. Porque el drama de los campesinos en toda América, y también en el trato que los portugueses hicieron con los campesinos brasileños, fue terrible. Por eso, entonces, él la mantiene aquí en reserva, le dice su vida al virrey, devuelve a los indios a San Lázaro, a sus tierras. Después le construye el actual templo de Copacabana y recién traslada la allí.
Esta es la imagen que estaba antes en San Lázaro y ahora pasó con el nombre de Nuestra Señora de Copacabana – que antes era Virgen del Reposo – y, por haber llorado, él la erigió en la patrona universal de los indios, siendo Toribio su protector. Esta delicadeza permanente de Toribio de fijarse en un problema y solucionarlo. Veinticinco años gobernó en nuestra arquidiócesis y tuvo la maravilla, no solamente de ir pueblo por pueblo, tuvo la maravilla de aprender quechua y aimara en el barco, y después de usarlo para poder tratar con la gente.
Pero no solo eso: Toribio defendió a los indígenas de una manera muy sutil. En sus viajes les preguntaba y hacía legajos. Tomaba nota y todo lo mandaba a la corona quejándose del maltrato que existía. La gran contribución de Toribio es que exista un país que pueda creer en Dios y que pueda creer en Jesucristo, pero siempre sobre la base de que haya justicia y no que el cristianismo sea un adorno.
Hoy día, necesitamos hacer que, si somos cristianos, no sea un adorno, sino que efectivamente tengamos personas, pueblos, con felicidad, con trabajo, saliendo del hambre y de la miseria, y en donde todos podamos vivir como hermanos verdaderos. Por eso se habla del Perú como promesa. Lindo, ¿no? Porque también se habla de Israel como promesa. Dios hizo una promesa a Abraham, y esa promesa hemos de cumplirla convirtiéndonos todos y viviendo esta experiencia de pacificación que logró Toribio por su compromiso con la gente.
Sé que en todas las parroquias se están reuniendo para conversar preciosamente, 129 parroquias, y que la primera semana del año de Toribio, el 6 de enero próximo, se va a reunir nuestra segunda Asamblea Sinodal de Lima. Tendremos que ver qué forma tiene este fondo cristiano que tenemos todos. ¿De qué forma hacer la Iglesia? ¿Qué formas hay que cambiar? Una cosa, por ejemplo, que pasa mucho con todos los que quieren salvar su alma es que no conversan con el del lado. Incluso estando en comunidades y en grupos en donde todos se ponen sus uniformes y sus medallas y el vecino no interesa.
"Nosotros rezamos - me decía una señora - si tenemos algún problema, rezamos para que la Virgen lo solucione". Pero eso de visitar a la otra, enterarnos de su problema, decimos "no, ¿para qué?". Tenemos una comunidad individualista. Tenemos que superar varias maneras de ser.
Igual cuando los curas decimos: "Aquí kermés y tanta plata se obtiene. ¡Y si no se obtiene, entonces cerramos la Iglesia!". Tenemos que cambiar esa Iglesia de arriba abajo, donde todo se ordena y nadie opina. Aquí opinamos todos, porque todos somos importantes. Esa es la Iglesia de Toribio: hizo hablar a su pueblo, lo acompañó lo escucho y lo comprendió. Y por eso dejó una huella imborrable, porque lo amó.
Y termino con esa anécdota. Fui a visitar Chachapoyas como primer pueblo antes de asumir, porque fue en febrero, cuando me nombraron arzobispo, y fui después ordenado el dos de marzo. Y el obispo me dice: "Tome mi báculo". Entonces yo le digo: "No, monseñor, usted es el jefe aquí". Pero el obispo de Chachapoya insistió y, en la misa, con toda la gente dijo: "Ahora sí, acepta el báculo", "Porque aquí, en Chachapoyas, no llega un arzobispo de Lima desde hace 400 años". El último había sido Toribio.
Esto es muy importante porque Toribio ha dejado una huella, y esa huella es porque realmente pasó por el corazón, la vida, el palpitar, las búsquedas y las esperanzas de nuestro pueblo. Todo sacerdote, en ese sentido, es un obispo. Somos pastores, somos ministros, y necesitamos inspirarnos en el Pastor que nos dio la luz, que fue fiel a Jesús en todo momento, a ese Jesús que recordamos en la Navidad, comportándose siempre como un pequeño, y como un adulto con sensibilidad por los pequeños. Todos los que, a veces, alardeamos y nos creemos un poco más de lo que somos, tenemos que entrar en ese proceso de conversión.
Que Dios nos bendiga todo durante ese año y que, al finalizarlo en el 2026, al empezarlo con unas sugerencias y decisiones juntos, podamos aplicarlas y hacer de nuestra Iglesia una Iglesia linda, que aliente siempre a su pueblo y que pueda transformar por completo, por medio de la educación humana y cristiana, la vida de este pueblo, con gente honesta que la dirija y para que nadie nos siga destruyendo con leyes contrarias a la vida y a la paz de nuestro país como aun ocurre.
Amén
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